jueves 27 de octubre de 2011

LATINOAMERICA, OLVIDA AL SATÉLITE Y ESCÚCHATE A TI MISMA




Construir identidad desde abajo. No importa cuánto dure o qué tan arduo sea el proceso, porque está es la única vía que nos queda a los humanos para reconciliarnos con nosotros mismos. La humanidad está amordazada frente a un espejo defectuoso –los medios- que injertan una imagen fabricada a priori: así quieren que nos veamos entre nosotros: egoístas, peligrosos, pandilleros, terroristas, raperos, no inscriptos en el AFIP….

Pensaba en todo esto arriba del latoso jeep que nos transportaba a Siloé, en las laderas de Cali. Ibamos a dar una charla especial en la Asociación Cultural La Red, que desde 1998 lucha por la inclusión social desde el arte en esta zona marginal y marginalizada.

 

Las personas que estaban invitadas a nuestra charla eran líderes de cada comité, a saber: el de hip-hop, el de alfabetización de adultos mayores, el encargado de las “mingas” o cooperación vecinal para recuperar espacios urbanos.
 
Ellos son los formadores de opinión en su entorno, y por eso nos parecía oportuno que presenciaran nuestra charla.
 
¿El objetivo? Como siempre, invertir el proceso, desterrar al satélite traicionero. Una población periférica del planeta, los suburbios de Cali, sólo puede conocer a sus hermanos sirios o paraguayos a través de lo que les llega por la señal de televisión. Esto es conocimiento mediatizado. ¿Qué intentamos nosotros por todos nuestros medios –charlas, libros, y blogs? Que el conocimiento se extienda horizontalmente de pueblo en pueblo como un reguero de pólvora. La próxima revolución – la necesaria- es la del conocimiento. Sin fusiles y sin bombas decía Gieco, yo le agrego humildemente el coro: con la pluma –como Martí-, con palabras, con lucidez. Por eso nos regocija contrabandear las imágenes de un mundo mejor con nuestro proyector portátil. Compartir con la gente de Siloé las sonrisas lejanas de los niños Shuar en Amazonía, y las experiencias exitosas de cooperativismo entre el campesinado paraguayo en la Provincia de San Pedro. (Cosa que les dio ánimo porque ellos mismos están sembrando una hectárea de piña)
 
Por eso, cuando nos vean en la ruta, con la mochila, haciendo dedo, sepan que nuestra ambulante precariedad ampara esa sigilosa antorcha. Así vamos por el mundo, dispuestos a convidarle ese fuego a quien lo pida y a convertirnos en trampolines de cuanta palabra valga la pena ser dicha.
 
Para saber como apoyar nuestro proyecto educativo, puedes leer aquí.



martes 25 de octubre de 2011

INTERCAMBIO EDUCATIVO CON EL TALLER DE ARTE BOTERITOS


Diez meses han pasado ya desde que iniciamos esta etapa del viaje, y en esos casi 300 días muchas han sido las experiencias que hemos vivido gracias a nuestro Proyecto Educativo. Hemos trabajado con adolescentes, con adultos mayores, con niños de la calle y hasta con comunidades aborígenes. Pero hasta ahora, nunca habíamos tenido la posibilidad de interactuar con chicos con discapacidad cognitiva. No utilizo el término “discapacidad mental” por una simple razón: la mente no sólo tiene que ver con el aprendizaje. Hablar de mente es también hablar de emociones, de sentimientos. Y si de eso se trata, estos chicos tienen una capacidad mayor que muchas otras personas…



Llegamos a la Fundación Taller de Arte Boteritos sin ningún plan. Nos habían invitado, en primera instancia, a conocer el sitio y luego considerar la posibilidad de compartir nuestras fotos con los chicos. Cuando la puerta se abre y nos presentamos, un torrente de niños descontrolados se abalanza sobre nosotros en un abrazo apretado, como si fuéramos amigos que hace tiempo no se ven. Pablo, el profesor de música, nos invita a unirnos a la ronda para presentarnos y así calmar la ansiedad de los chicos. “Hoy es un día especial, estamos de cumpleaños”, dice en voz alta, y todos aplauden para festejar. Empezamos contándoles sobre nosotros y uno por uno se van presentando. Más tarde nos sirven torta y jugo, y cuando el festejo termina, viene la gran sorpresa: “Los chicos quieren compartir con ustedes un acto de teatro”, anuncia Pablo.



La Fundación Boteritos no es una escuela como cualquier otra. Helena, la directora, nos aclara: “Nuestro objetivo no es que los chicos aprendan a leer o a escribir; nosotros buscamos que vengan aquí a ser felices.” Si ese es el plan, están en buen camino. Mientras suena la música y los actores se preparan, doy un vistazo a mi alrededor. Las paredes están forradas con cuadros, pinturas y fotos. Además de teatro, los niños tienen clases de danza, de cerámica, de dibujo y de circo. Una estimulación continua desde el arte que los ayuda a desarrollar su ingenio y su creatividad, y a fortalecer su autoestima.




What a wonderful world suena en el ambiente. Luis y Ángela toman sus puestos y comienza el show. Están muy concentrados, pero a pesar de ello no pierden oportunidad de mirarnos de reojo, para ver si estamos atentos. Es una escena de amor en la que Luis conquista el corazón de Ángela con cortejos y piruetas. Hasta ahí, todo bajo control. El problema viene cuando al terminar el acto, Luis nos indica con toda autoridad que ahora es nuestro turno de repetir la rutina. ¿Podrá Juan conquistar mi corazón en el patio de Boteritos? ¿Lograrán sus métricas piernas imitar la destreza acrobática de Luis?



El número no estuvo tan mal, pero el veredicto de Luis es claro: “Ella sí pudo”, dice señalándome. “Yo te voy a mostrar otra vez como se hace para que aprendas”, le comunica a Juan. Y volvemos a repetir el acto para deleite de todos.


“Esa sí que no me la esperaba”, me confiesa Juan de regreso. ¿Queríamos interactuar con ellos? ¡Deseo cumplido!

Al día siguiente volvemos a la Fundación para mostrar nuestras fotos. Todos los niños vuelven a saludarnos y se acomodan en el salón, atentos. Los nerviosos, confieso, somos nosotros. Las fotos que tenemos son las mismas que mostramos siempre a niños pequeños, pero nos cuesta adivinar si lograremos algún tipo de devolución de su parte. Es difícil porque no todos tienen el mismo nivel de respuesta. Aún así, las fotos de los camellos, los elefantes y los pingüinos nunca nos fallan. Es más, resultó que en las clases de danza, la profesora les había enseñado danzas árabes, por lo que nos encontramos con algunas niñas matándonos a preguntas sobre todo lo referido al tema.

Nos fuimos felices, con el corazón lleno y con ganas de volver, como siempre. Pero esta vez hay buenas noticias: tenemos la posibilidad de compartir más allá de este post. Sucede que la Fundación está en una búsqueda de estimulación continua, y se nos ocurrió ser el nexo entre ellos y la comunidad viajera. Sabemos que hay muchos artistas en el camino que podrían compartir sus conocimientos con estos niños, tal vez en forma de taller en el que todos pudieran participar. No hace falta mucho tiempo, con una semana de compromiso es suficiente. No hay dinero de por medio, pero la Fundación podría ofrecer alojamiento a cambio de las mañanas compartidas con sus alumnos. Y si hay alguien que quiera participar pero no sabe qué taller dar, no es problema, también sirve. Lo importante es querer compartir y aprender. Si hay algún interesado, puede escribirnos a este mail.

Pero hay todavía más: en el año 2013 el Boteritos Circus tiene planeada una gira en Argentina, con el apoyo del gobierno. Para que eso se concrete necesitan contactarse con escuelas de Buenos Aires y alrededores (creo que hasta Rosario pueden llegar). No piden alojamiento, sólo invitaciones formales de escuelas que les permitan dar una función para sus alumnos. Así que si hay alguna maestra/directora/padre que esté leyendo esto y quiera formar parte del proyecto, contáctese con nosotros a este mail.

Y por último, para aquellas personas que deseen ayudarnos a seguir adelante con este proyecto, dejo aquí el enlace de cómo convertirse en nuestro cómplice. Gracias a todos lo que nos ayudan a que este Proyecto siga rodando.

lunes 24 de octubre de 2011

HIP HOP POR LO ALTO: DISPARANDO PALABRAS DESDE LA ESTRATOSFERA

 

 

Nuestra visita más especial fue el domingo, para participar del festival “Hip Hop por lo alto”, un encuentro de músicos y grafiteros cuyo fin era visibilizar al barrio (literalmente, pues culminó con una descendiente marcha nocturna de antorchas) Acompañados por Silvio, quien tiene su micro emprendimiento de venta de chatarra llegamos a la casa de su cuñado Henry. Nos recibe con el equipo de audio al máximo. Si trazamos una línea isométrica que mida los decibeles del continente, ésta atravesaría sin dudas los barrios más pobres. El nos explica: “De chicos nos crían con malos pensamientos hacia la gente de otros estratos”. Eventos como este nos permiten visibilizar al barrio, que la gente vea que no todo es como lo muestra la televisión, que hay gente que intenta salir adelante desde el arte”


Es que en Colombia la gente tiene oficialmente asignado un valor numérico que aclara su clase social, del 1 al 8. Aquí en Siloé, estamos en el primer peldaño de esta estratosfera (aunque paradójicamente estamos bien arriba en la ladera). Lo que nos sorprende es el cuidado con que la gente del estrato más bajo cuida sus plantas, planta árboles y abre caminos, algo que no siempre vemos en las zonas comparables de otros países.   
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Después del almuerzo vamos en el auto de Silvio hasta la comuna Lleras Camargo, donde los grafiteros hacen la previa del festival. Preludio de aerosoles. Los medios son del poder, pero los muros pertenecerán siempre al pueblo. Los más niños observan la destreza con que los jóvenes avezados rosean su caligrafía mutante. La gama cromática es psicodélica. Si es o no es arte me parece una discusión obtusa. Es, al fin y al cabo, comunicación, y ese es el nombre de la arena donde sucede la cinchada. Sus criptogramas no aparecerán en los catálogos de las galerías, pero es indistinto. Lo que el gatillo del pulverizador combate es la anomia de una clase postergada que necesita nombrarse a sí misma para gambetear la camisa de fuerza de los mecanismos de identificación/estigmatización del sistema.






En un cruce de calles el barrio bulle detrás de los stands donde se estampan remeras con la frase “Made in Siloé”. Las gualas no dejan de descargar bandas de jóvenes llegados desde todo Cali. Las vendedoras del barrio están contentas, sus mangos frescos cortados en rodajas tienen demanda. La metáfora proviene de estos climas tropicales y no de las Pampas: hay que ser muy pobre para que te falte un mango. El evento avanza bajo el lema “alianza con la convivencia”. Todo el barrio está ansioso, pero todavía no llega el sonido y el show se pospone. Las chicas se pintan corazones alados en los cachetes. En el cruce de calles ya no cabe un alma y muchos vecinos se trepan a los balcones.



 



Pronto la primera banda de hip hop sube al escenario: son niños de todas las edades, y es la danza lo que los mantiene lejos de la calle y las pandillas. La siguiente banda es un dúo. Tengo que admitir que cuando hacen su aparición con ropa militar y sus caras en betún experimenté una decepción prematura. Tardé algunos segundos en detectar la ironía. Luego las letras se abrieron paso, explicando, a mi juicio, el sentir de toda una generación. La banda se llama: Kirios.




“La realidad que se vive en Colombia, agobia. Es una parodia”
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“Comprando armas, pagando su poder, asustan a los pobres que no tiene que comer”

“No cantamos perreo, ni choque ni sandungueo, no denigro a la mujer en mis canciones, no maltrato relaciones”

“Yo no represento a Miss Universo, sino a la señora que vende mangos en la esquina para el pueblo”

Varias cosas nos llamaron a la reflexión. En zonas similares de Argentina, en las villas del Gran Buenos Aires, las expresiones artísticas como la cumbia villera reciclan la violencia, en vez de buscar la salida de esta. Claro que son un producto de nuestra historia, pero eso no justifica el fenómeno ni lo blinda inmune a la crítica moral. Aquí en Siloé o en Lleras Camargo, la gente frustrada también tendría sus motivos para salir a matar policías. Vienen de generaciones de desplazados, por la Violencia del ’46, por las bananeras o por las expropiaciones durante la bonanza cafetera. Pero optan por mantener en guardia su caballerosidad. “¿Si tu viejo es zapatero, zarpale la lata? Para nada ¿Dejate de joder y no te hagás la loca, andá a lavarte bien la boca? Tampoco. La precariedad económica no en todos los países deviene necesariamente en precariedad humana, aunque nos hayamos acostumbrado a ello. Los samanas, los sadus, en fin, la gente de la calle con quien también conversé en India poseen mil veces menos y son capaces de dominar una sonrisa tan apacible que te inquieta. En las empinadas callejuelas y escalinatas de Siloé nos encontramos con una dignidad y ganas de salir adelante que merecerían réplicas. En su hip hop lo demuestran. No despliegan un discurso que busca conmover a partir de hacer explícita la vileza del entorno en el que se encuentran, como en la cumbia villera. Más bien el vector es inverso: ellos nombran los demonios que los oprimen, desde dentro o desde fuera, en una retórica que no excluye la autocrítica y que nunca viste de héroes a pandilleros o narcos.

“Pobre el que con 17 años, sueña con nadar en piscinas repletas de billetes”
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Esta conciencia de clase y sobre todo de un destino deseable es la que agrega a Siloé una dimensión más alllá de la física. Siloé está construida de ladrillo, caña y chapa, pero también de palabras, sonrisas y miradas.


viernes 21 de octubre de 2011

SILOÉ: ETNOGRAFÍA DE UNA INTIMIDAD URBANA.



 


Quizás este post no tenga las fotos coloridas a las que los lectores de blog de viajes tradicionales estén acostumbrados. Es que a veces la realidad propone una trágica poesía visual, que mis letras y mis fotos se empecinas en recoger como copas…

Siempre había escuchado hablar de Cali como sinónimo de salsa, pero más que adentrarnos en esa imagen for export, nos interesa explorar la intimidad urbana de la primera gran ciudad colombiana (3.5 millones de habitantes) que pisamos. Como siempre, leo las guías de viaje para tener un panorama de la ciudad. Pero presto más atención a lo que omite que a las recomendaciones. En el caso de Cali, la Lonely Planet envía a los viajeros extranjeros al barrio colonial de San Antonio. Les recomienda to linger over a beer or an ice cream con una automaticidad que preocupa. Le dedicamos una tarde a tal paseo, pero nuestra curiosidad se centra en cambio en los barrios marginales que se acodan en sus límites, como Aguas Blancas o en sus laderas, como Siloé.
 

Como otras ciudades colombianas, Cali arrastra los estigmas simbólicos de un país envuelto en guerras fratricidas. Los colombianos vivieron acuartelados en sus ciudades durante décadas, porque en las carreteras los retenes de la guerrilla y los secuestros eran una lotería desfavorable para los estratos sociales superiores. Entonces las ciudades no desarrollaron espacios públicos, sino que por el contrario cultivaron el espacio privado como estado supremo. La gente se atrincheró en babélicos centros comerciales copiados de Miami, con sus bancos, restaurantes y fuentes. No las plazas, sino shoppings como Unicentro, Cosmocentro o Chipichape son los verdaderos nodos sociales, donde bajo la custodia de la seguridad privada las mujeres con sus tetas operadas flotan por un universo de aire acondicionado con aroma a fresas. Esta obsesión defensiva por la pulcritud es común a buena parte de la clase media colombiana que ama la Listerina, viste a la moda, y según mi amigo Vladimir, discrimina por los olores y la vestimenta. Como hormigas que se olfatean por sus antenas, muchos colombianos atribuyen la estética desalineada a la pobreza y a la mendicidad, que en última instancia se encadenan subterráneamente a la amenaza del marihuanero o guerrillero, aterradora sinonimia.




Y hay una zona de la ciudad que encarna estas desviaciones de las buenas costumbres: se llama Siloé. Más de uno desearía ocultamente fumigarlo con Listerina desde un enjambre de helicópteros. De golpe, una de esas avenidas alineadas con franquicias se revela, le crecen malezas en sus aceras, se llena de vendedores ambulantes de minutos y, por fin, se vuelve una angosta trocha empinada ¡despega hacia la realidad! Bienvenidos a Siloé. Allí arriba viven los otros, los temidos, los pandilleros. Protagonizan todas las columnas policiales sin excepción. Nadie que viva en Siloé dará su domicilio real a la hora de presentarse a un trabajo. Nunca lo llamarían. Paradójicamente, de Siloé son todos los guardias de seguridad que hacen sentir protegidos a los caleños upmarket cuando hacen sus compras en el shopping.
 
 

A bordo de una guala que transita esa trocha vamos nosotros. Las gualas son jeeps, algunos de fabricación rumana marca Aro, adaptados para el transporte de los pasajeros, que muchas veces viajan parados sobre el paragolpe y aferrados al techo del vehículo. Mujeres negras que parecen torneadas en ébano se levantan del cordón de la calle y buscan puesto como pueden en las gualas saturadas. Siempre suena música de alguna parte, música que parece sincronizar con la propia kinesis de la gente: es la salsa de la supervivencia.


 


Junto a nosotros viaja Shirley, integrante de la Asociación Centro Cultural La Red, que desde el año 1998 viene luchando por generar conciencia de pertenencia en el barrio. Desde el arte, el hip hop, los grafities o los programas de alfabetización para adultos mayores, La Red propone mecanismos de auto-inclusión, ante la total ausencia del estado. Cuando Shirley afirma que fue la misma gente de Siloé la que construyó calles y escuelas “a punta de minga” la mujer que viaja sentada a mi lado y amamanta a su beba asiente. Aquí nadie guarda secretos. Sin tanto centro comercial, los hábitos de consumo se centran más en el mercado comunitario cercano y la distancia de individuo a individuo es menor, no sólo en el apretado jeep sino en la vida, en el saludo ambulante entre vecinos que se cruzan en una acera.
 
 


Bajamos de un salto del jeep. Estamos en la comuna 20, llamada “Brisas de Mayo”, poblada mayoritariamente por gente que vino de Popayán en los años 70 en busca de un paraíso urbano. Privados de los espacios centrales, invadieron la ladera y construyeron sus casas, humildes pero sólidas, alentados y apoyados logísticamente por una guerrilla urbana llamada M-19, famosa por haber tomado el Palacio de Justicia en Bogotá en 1985 y robado –atajate esta metáfora- la espada de Bolívar. Las fuerzas armadas procedieron con su habitual diligencia a erradicar, cual maleza, el asentamiento, que sólo fue tolerado cuando los enfrentamientos dejaron varios muertos. Laura reparó con rapidez que los muertos del vecino cementerio privado “Jardines del Recuerdo” sí tienen papeles de propiedad de sus tumbas, pero en cambio la policía no deja de molestar a quienes quieren vivir en paz.
 

En una de estas viviendas amplias, encaramada en una colina funciona el centro cultural. Un hombre moreno llamado Teo nos abre la reja. Sentados a la mesa del jardín, Shirley nos cuenta que todo funciona en base a la educación autogestionada. Los mismos chicos que bailan hip hop enseñan a leer a los ancianos mayores. Hay un cine club y una biblioteca que abarca desde cuentos infantiles hasta las obras completas de Edgar Allan Poe. Todo con el sudor y el desvelo de militantes solteros que accedieron, como Shirley, a la universidad, y vierten su educación para mejorar su comuna.



El día que llegamos se había organizado una minga: toda la comunidad cooperaba para restaurar un espacio público puntual, la canchita de fútbol. Jóvenes con crucifijos y tatuajes que tararean letras de Calle 13 alisan la cancha, otros plantan árboles. “Aquí la gente se reúne para las mingas, las rumbas y los velorios” – asegura Heber un joven con aire de rapero. Aunque el terreno no debe tener más de 20 metros, la policía quiere quitárselo y exhibe viejos títulos de propiedad. Eso sí, para reclamarlo esperaron a que los chicos terminaran de pintar la línea de mediocampo. Par restaurar el esfuerzo colectivo una mujer revuelve una olla popular con fréjoles y carne de cerdo. Como falta para que la frejolada esté lista, compro un cigarrillo suelto y me eyecto a perderme por los pasillos estrechos del barrio.



 
Cuando me dijeron que Siloé era una okupación, o invasión, para ponerlo en la jerga latina, me imaginé un endeble entramado de chapas y estera. Pero me equivoqué, si bien no hay lujos ni terminaciones elegantes, las casas han sido construidas con dignidad y optimismo, siempre haciendo lugar para un hipotético segundo piso antes de echar losa. Es un cubismo proletario en textura mixta, con materiales de ladrillo a la vista, con techos de chapa anclados con la ayudita de alguna piedra, pero con solidez al fin. Sonia, una mujer que vive aquí hace 21 años, lo declara con orgullo: “es muy rico vivir aquí”. La mujer, que tiene un pequeño comedor en la esquina, se ha internado conmigo por uno de los pasillos, esos pasadizos del que uno ve emerger canes cimarrones como conosieurs de su suburbio. En un recodo, dos chicas coquetas de polleras frescas y blancas mecidas por la brisa estudian un catálogo de Avón.
 

Dos casas más adelante está la humilde morada de Sonia, de una simpleza enaltecida por canteros de rosas y crisantemos. Cuando me invita a entrar mi pulso se acelera por la oda al cariño que descubro. En la cocina un inquilino en cuero lee un librillo titulado “Cómo enriquecerse espiritualmente” – acaba de llegar del campo, es un alma anónima que no es dueña de una sola baldosa de esta ciudad. Aún así me saluda con la misma educación y alegría de la vida con que lo hacen los colombianos más apoderados, demostrando que en Colombia la calidez es un valor trasversal a los estratos. Una lona verde impide ver la chapa desnuda del techo, pero la vista hacia la apática y humeante ciudad en el llano es la venganza de los siloenses.




Me despido de Sonia y me escurro por otros pasillos. En un poste encuentro un esténcil, con el contorno familiar del Che con el rostro retocado con una amplia sonrisa y la leyenda: “El Che feliz en Siloé”. No desentonaría encontrarse a la bicicleta del Pocho Leprati imprimiendo su descanso fantasmal sobre uno de los muros. Nuestras visitas a Siloé fueron muchas. Bajo una torre de alta tensión que quedó cercada por la barriada conversé otra tarde con Emilio, un hombre que regresa del trabajo. Se gana la vida enterrando a los ricos en el vecino cementerio privado. En una ciudad con 1800 asesinatos por año, casi nunca tiene franco. Parece que en la lucha de clases, a veces la victoria es morosa.

sábado 8 de octubre de 2011

MISION CUMPLIDA: ¡YA TENEMOS LA COMPU PARA LA ESCUELITA SHUAR!




¡Sí amigos, lo logramos entre todos! Esta es la computadora portátil que pudimos comprar con los aportes de todos nuestros cómplices, y que será donada a la escuelita de Tsunki, una comunidad Shuar en la Amazonía Ecuatoriana. Es una IBM –Le Novo ThinkPad T-1300, con 160 Gb de disco rígido, 2 Gb de RAm, lectora de DVD, y Windows XP.

Nosotros fuimos sólo el enlace, un eslabón de esta cadena, pero los que lo hicieron posible fueron ustedes. Los dos estamos felices, porque pusimos a prueba el apoyo con que contamos y el resultado positivo nos da valor para encarar nuevos proyectos. Queremos profundizar en este rumbo, porque ya nos es imposible ver nuestra odisea a dedo por el mundo sólo como un medio para cumplir nuestro sueño. De ahora en adelante, para sentirnos coherentes, necesitaremos dejar una huella, mejorar aunque sea un poquito las condiciones de vida de esas comunidades que tan bien se portan con nosotros.


Cada participación fue tan importante como las demás. Por eso agradecemos a nuestros cómplices ¡Somos pocos pero pisamos fuerte! ¡Estamos orgullosos de ustedes! En especial van un par de gracias de corazón a quienes se tomaron el desafío como personal y aumentaron su aporte. Aunque no nos gusta dar nombres, queremos mencionar a:

* Andrés Tarruella, - gurú honorario de la base de apoyo Buenos Aires, que siempre está atento a las necesidades del proyecto–. Esta vez hizo una colecta entre sus amigos y familia para darnos el empujón que nos hacía falta. Gracias a los que se sumaron a su iniciativa!

* Marcelo Maquez, por la colecta entre sus compañeros de trabajo, y las gestiones realizadas ante IBM para conseguir la compu en oferta, pero principalmente por comprometerse a llevar la computadora en persona. ¡Animo! ¡Te esperan ríos con anacondas y baldes de chicha de yuca escupida que deberás beber obligado!

* Leticia y Daniela Pacheco, Marcelo Troncoso, Inés Lombardini, Betina Pucheta, Ivonne Mariel, Federico Gargiulo (su fascinante caminata alrededor de Tierra del Fuego relatada en su libro “Huellas de Fuego” merece ser leída), Julieta Sassano  y el programa de radio “Encuentro con la Gente” FM 98.9 de San Nicolás de los Arroyos. Gracias por su generosidad.

Nosotros llevamos dos semanas en la ciudad de Cali, donde para compensar con tanta selva amazónica y comunidades andinas, nos hemos involucrado con la gente de Siloé, una barrio popular –originalmente una invasión propulsada por la guerrilla M-19 como bastión urbano- sobre la ladera. Hemos realizado charlas y estamos conociendo sus experiencias de educación popular como estrategia de auto-inclusión. Ya subiremos más informes.

¡Gracias a todos los que nos ayudan a ayudar! Para saber cómo sumarte a esta movida, hacé clic aquí. 

viernes 7 de octubre de 2011

PRIMEROS EVENTOS EDUCATIVOS EN COLOMBIA


  
Es muchas veces el azar el que nos lleva de escuela en escuela con el proyecto educativo que realizamos con el apoyo de nuestros lectores. Esta vez, el nexo fue Marlene, a quien conocimos vendiendo libritos artesanales. Marlene era maestra, y cuando le explicamos nuestra misión no dudó en abrirnos las puertas del colegio público José Eustacio Rivera, en el pueblo de Isnos. Como eso quedaba a 25 km de donde estábamos, acordamos madrugar al día siguiente para viajar allí a dedo, y alojarnos en casa de Berenice, su amiga. Como Colombia era un nuevo país en nuestra vuelta al mundo, estábamos ansiosos de debutar en sus aulas!





“La mayoría de los chicos vienen de veredas rurales” –expresó Marlene, “y por eso intento incentivarlos con cosas novedosas para su entorno. Una vez les leí poesías de Girondo…” Nosotros, cargando nuestras mochilas y un proyector portátil, cuadrábamos perfectamente en la categoría de novedad, y no dudamos en armar una muestra para los adolescentes.




Dos días más tarde realizamos una charla en San Agustín, pero esta vez abierta a toda la comunidad. Esta se realizó en el Hotel “Hipona Plaza”. Fue una linda mezcla de gente vinculada con la industria turística local, y hippies. Al final se armó una tertulia y terminamos todos cantando junto a William, el mismo dueño del hotel, quien tocaba la guitarra, y bebiendo unos canelazos.

Gracias a todos los que nos están ayudando a expandir este proyecto educativo. Esta semana, si todo sale bien, -como ya muchos saben- estaremos comprando la computadora que donaremos a la escuela de la comunidad Tsunki, en la Amazonía Ecuatoriana.

miércoles 5 de octubre de 2011

PRIMEROS PASOS EN COLOMBIA: AL PAN, PAN Y AL CAFÉ, TINTO



Después de una agradable estadía en casa de Arturo en Ibarra, quién se comportó como un mayordomo asegurándose que nunca nos faltara el helado de paila, seguimos viaje hacia Colombia. Viajar más al norte de Ibarra es para mí como atravesar un muro invisible. Allí fijé en 2008 la frontera norte de mis vagabundeos sudamericanos. No se trata de un país más, sino de un mito sudamericano: Colombia. Sinónimo para algunos sólo de guerrilla y narcotráfico, el país esconde una hospitalidad tan deliciosa como el café que produce. La violencia que ha envuelto a la región por décadas, ha sido quizás sembrada por la otra especialidad local,  la cocaína. El conflicto generado por  una guerrilla que perdió el norte de su ideología, narcos refugiados en haciendas con mini-zoos y paramilitares paladines del ganado y la propiedad privada han dejado cientos de miles de desplazados y un tejido social confuso.


Nuestros pasos en el país están destinados a mostrar la otra Colombia, la de los modales caballeros y la gente que quiere salir adelante. Ansiamos demostrar la grandeza de un pueblo que a pesar de tanto conflicto se reserva el derecho a sonreir y ayudar. Logramos cruzar la frontera en Ipiales con poco resto de luz, por lo que nos apresuramos a la ruta, esta vez con un cartel que dice: “Desde Argentina por Colombia”. Todos nuestros amigos nos avisaron con cierta alarma de que hacer dedo en Colombia es casi imposible, por la desconfianza de la gente causada por los conflictos internos, por lo que Laura y yo nos preparamos para lo peor…  Como siempre que cruzamos una frontera, vestimos lo mejor posible, y notamos que esto también ayuda para el “dedo”. En apenas un minuto dos mujeres en un lujoso Hyundai nos arriman un kilómetro hasta el desvío hacia Pasto, y allí esperamos 25 minutos por una utilitaria Hafei de dos hombres que van a Sibundoy. No tenemos ni idea dónde queda el pueblo, pero aceptamos el tramo a falta de cualquier otro plan, porque buscar dónde acampar en un pueblo siempre será más fácil que hacerlo en Pasto.


El conductor es un hombre negro, callado, que en todo el viaje se limita a decir que estamos locos por el estilo de vida que llevamos. Nos deja en las oscuras calles de su pueblo casi a medianoche, frente a la comisaría. No tenemos mapa y sólo sabemos que estamos en el departamento de Alto Putumayo, en los límites entre los Andes y la Amazonía. Lo primero que vemos al bajarnos del vehículo es un militar con una ametralladora como las que no veía desde que estuve en Afganistán. Siento emoción, pero abrazarlo es una mala idea. Mejor, le pregunto donde podemos acampar. Como el terreno baldío que propone es poco tentador, le sugiero a Laura de que caminemos a ver qué pasa. Que sea sábado no ayuda, en el pueblo los jóvenes tomaron las calles en busca de bares y billares, otra pasión local. Caminamos muy marginalmente por una callecita donde a una mujer y una niña le preguntamos otra vez ¿saben dónde podríamos armar nuestra carpa? A la mujer se le ilumina la cara y no demora un segundo “¿Por qué no vienen a mi casa? Yo les doy posada”. Nos sentimos super felices de que Colombia nos esté dando la bienvenida de esta manera.


La mujer se llama Blanca, y vive en una calle de tierra. Entramos en una habitación decorada con un cuadro de Jesucristo y –un poco más arriba- otro de Garfield. Para liberar una cama, Blanca alza en brazos a una chica que estaba dormida y la lleva a otro cuarto. No deja de esbozar una sonrisa luminosa como su pelo blanco y lacio. Recién a la mañana conversamos. La mujer nos pregunta si queremos un tinto. Bastante sorprendidos le decimos que no bebemos alcohol por la mañana, pero ellas nos explica que es así como llaman al café. El “tinto” es un café débil, aguado, pero dulce y agradable. Nos reímos juntos en el inmenso patio en el que crían gallinas, chanchos y cuyes. Sus hijos juegan alrededor mientras ella despluma un pollo para caldo. Pronto se acercan y nos ofrecen acompañarnos a conocer el mercado, donde los indígenas cantza intercambian productos con los colonos. Los chicos están más entusiasmados con nuestra presencia que cualquiera de los niños que conocimos en este viaje. Gisel le obsequia a Laura un sobre con sus fotos carnets, un rosario, un anillo con forma de estrella y un Mickey Mouse de plástico. A la hora del almuerzo está lloviendo, y todos los niños a coro insisten para que nos quedemos hasta el día siguiente. ¡No podemos decir que no! Colombia ya nos cautiva con su hospitalidad.



Durante la tarde lluviosa conversamos con Blanca en la cocina. La batería metálica de ollas colgadas, los atados de puerro y cilantro listos para transformarse en sopas espesas, todo indica una cocina de madre tradicional que da alimentos sanos a sus hijos, no sopas Quick de madre moderna y atolondrada. En esta conversación nos cuenta lo que la matemática ya delataba, que la media docena de niños no son sus hijos, sino sus nietos, cuyos padres están trabajando en la ciudad, sin tiempo para criarlos. Blanca confirma lo que Laura ya notó ayer, que la joven que ella alzó de la cama tenía parálisis cerebral. No podemos creer que después de haber criado una hija discapacitada de la que no se puede distanciar, Blanca esté criando a sus nietos y además tenga el corazón dispuesto para recibir viajeros. Más tarde, dormimos una siesta arrullados por el chapoteo de la lluvia en el techo de chapa y las risas de los niños, la mejor canción de cuna que conozco. Por la noche, toda la familia a la que se suma un hijo bombero con uniforme y todo, bebe un tinto colectivo.


Salimos finalmente rumbo a San Agustín. El dedo no presenta complicaciones. El chofer de una camioneta de esas que ofician de taxis nos dice: “Yo les colaboro!” y nos lleva hasta Mocoa. La ruta es sinuosa, angosta, y pedregosa y zigzaguea por montañas cubiertas de selva. La ruta es conocida como el trampolín de la muerte, por obvios motivos. Necesitamos tres horas para cubrir los 80 km. En Mocoa, una mujer que estacionaba su auto nos lleva hasta la ruta sólo porque le preguntamos cómo llegar. Apenas podemos creer la amabilidad. Para terminar de convencernos de que Colombia es lo que es y no lo que dicen que es, un camionero bonachón nos lleva a nosotros y a tres ciclistas extranjeros en la caja de Isuzu. Pasamos controles militares, saludamos a los uniformados sentados desde nuestros cajones de fruta vacíos. En el camino el camionero nos invita un “tintico” (café) y pan con queso a los cinco. Es cinco contra uno ¡la hospitalidad colombiana se la banca! “Aquí la gente es bien querida” –dice el camionero. Me doy cuenta de que son bien concientes de su solidaridad.



Llegamos a San Agustín, un pueblo colonial en el departamento de Huila, donde exploramos la precisa estatuaria funeraria dejada atrás por una cultura que desapareció sin dejar rastro. Llegamos al Parque Arqueológico a bordo de una “zorra” como llaman aquí a los carros tirados a caballo. Enormes guardianes monolíticos tallados en una sola pieza hacia el 1000 a.C. custodian las cámaras funerarias en donde los agustinianos enterraban a sus muertos. Todos están en pose agresiva, mostrando sus dientes y con un hacha en la mano.  En el Alto de los Ídolos, sin embargo, una estatua muestra una mujer embarazada permitiendo que algunos imaginen que se trataba de un matriarcado. Algunos dicen que los agustinianos eran la extensión más septentrional de la cultura inca. Sin duda eran andinos, como lo sugiere la complexión ancha de los torsos esculpidos, que se explica en la necesidad de los pulmones de expandirse y captar más aire para la vida en altura. Su cultura desapareció, perdimos su rastro para siempre. Sin embargo, yo siento que nos observan a través de los ojos de piedra que dejaron esculpidos para siempre. Me pregunto –recíprocamente- qué tan eternas serán estas palabras.


Vendiendo libritos artesanales conocimos a Berenice, una abogada de Isnos, quien nos invita a su casa y nos oficia de guía por la hermosa campiña que rodea al poblado. Llegamos en un inmenso camión Kenworth, yo parado entre el acoplado y la cabina, en un verdadero acto de trucksurfing. La zona está sembrada de cafetales. Mientras que el “eje cafetero” de Armenia-Manizales-Pereira es la zona productora emblemática el departamento de Huila es el que ha recientemente ha sido galardonado a nivel internacional. En casa de Berenice descansamos varios días, y lavamos ropa y mochilas. Incluso tomamos mate, gracias a un paquete de yerba souvenir de las vacaciones de un amigo. Berenice jamás había osado abrir el paquete, menos después de leer las instrucciones y enterarse que se precisaba insertar una bombilla (¿de luz?).  Durante esos días, acompañados de nuestra amiga, salimos a recorrer las haciendas.




“Colombia es un país donde el verde es de todos colores” – dijo Aurelio Arturo, y le doy la razón mientras nos perdemos en colinas que son como un fondo de pantalla de Windows. Entramos en un establecimiento donde se produce panela. La caña guadúa, la misma que observamos en la Amazonía ecuatoriana, aquí no sólo forma los esqueletos que sostienen a esas bellas techumbres de teja rojiza desgastada que abundan en la Colombia rural, sino que triturada y deshidratada forma la panela. Se disuelve en agua para formar “aguapanela”, se usa como edulcorante natural, se confeccionan dulces y confituras, en fin, una sustancia comodín. Estas mismas fértiles colinas producen el café y también la sustancia para endulzarlo. Quizás hacer una lectura antropológica de su agricultura sea demasiada aventura, pero yo me juego a que es esa mezcla de café y panela la que bendice a los colombianos con esa despierta  lucidez en la comunicación –que uno extraña en el sur del mundo andino- y esa dulzura del tono y el carácter. 

martes 4 de octubre de 2011

EL LADO OSCURO DE LAS ROSAS



Primer ensayo de escritura conjunta.... por Juan y Laura

Pensemos, ¿Qué relación puede haber entre las rosas, los supermercados de los EE.UU. y las malformaciones en los nacimientos en el norte de Ecuador?

A mí nunca me gustaron las rosas. Ni su color, ni su perfume, ni su significado. La rosa me parece una flor soberbia, vanidosa, con una belleza tan icónica que eclipsa a la importancia del gesto de obsequiarla. Son flores caras, flores perfectas, flores que no crecen en cualquier jardín (no al menos las que se aprecian por su pomposidad). Por eso siempre preferí las margaritas.

Para la historia, en cambio, éstas han sido las flores predilectas. Mosaicos griegos y manuscritos chinos dan cuenta del cultivo de rosas desde el siglo XVI a.C. Los sibaritas (de la polis griega de Sybaris) acolchaban los lechos con sus pétalos. No faltaron ni en los jardines colgantes de Babilonia ni en los monasterios medievales. Desde el 1700, variedades chinas introducidas en Europa dieron origen a híbridos, como el Híbrido de Te generado por Guillot en Francia hacia 1867. Desde entonces se amplió la paleta cromática, la floración y se potenció el aroma. Era el origen de la rosa moderna, pero también de la manipulación. Tras haber exaltado banquetes romanos y nutrido la imaginería de los mitos griegos, la rosa comenzaba a encarnar el cliché del amor a nivel popular. Se transformó incluso en el emblema del socialismo internacional, en honor a Rosa Luxemburgo (1871-1919), teórica marxista de origen judío. Esta democratización de la rosa, no podía ocurrir sin ciertos sacrificios…

14 de febrero, día de San Valentín. Lugar: cualquier ciudad del planeta tierra. Un joven le regala una rosa a su enamorada. La acción se repite millones de veces si miráramos el planeta desde arriba. La rosa es impecable. ¿Pero cuál es el precio oculto de este esplendor? En Ecuador, tercer productor mundial de rosas después de Holanda y Colombia, tenemos la oportunidad de conocer más esta actividad y sus costos humanos y ambientales. No muy lejos de Mitad del Mundo, en las zonas aledañas a Cayambe, en los luminosos y cálidos valles al norte de Quito, encontramos la principal zona productiva. Aquí, los valles se están “plastificando” con invernaderos dedicados a la rosicultura. Dentro, los pobladores locales que antes cosechaban sus propias tierras, venden su hora de trabajo a grandes empresas que exportan estas flores perfectas a los mercados de EE.UU y Europa.




Y sucede que no hay manera de producir esas rosas perfectas, con sus pétalos en amplio despliegue, que no sea fumigándolas con pesticidas y fertilizantes ¿Cuál es la consecuencia? Pudimos entenderlas mejor cuando visitamos la Escuela para Niños con Discapacidad Mental del INFA, en Ibarra. Fuimos invitados por Mercy, una maestra que había asistido a nuestra presentación y que comprendió al pie de la letra nuestra misión en este viaje.

No era la primera vez que tomábamos contacto con niños con discapacidad. Sin embargo, esta ocasión estaría marcada por un dato tan curioso como alarmante. Sucede mientras que por lo general el origen de la discapacidad es difícil de determinar, aquí la mayoría de los niños provienen de uno de los sectores más productivos del Ecuador: Cayambe. Sí, el sitio que da origen a las rosas más hermosas del mundo, recibe año a año a un número creciente de niños con discapacidades mentales. ¿Casualidad, coincidencia? En absoluto. Los químicos y fertilizantes que se usan son tan poderosos que no distinguen entre plagas, pulgones y humanos. Y los grandes empresarios son tan irresponsables que no sólo descartan la posibilidad del negocio orgánico, sino que ni siquiera se molestan en proteger a las mujeres embarazadas.




“Si viene el veneno con un embarazo de dos meses, no hay más wawa”, declara resignada María, una mujer que vive de los cultivos de rosas. ¿Y si el embarazo está más avanzado? ¿Si la mamá no tiene con quien dejar al bebé y lo tansporta con ella en su awayo? Las respuestas son evidentes, y asisten al colegio que estamos visitando. La impotencia entonces es por partida doble: querer tanto con ellos y poder tan poco, y a la vez saber que en muchos casos este conflicto se podría haber evitado.

Nuestra furia de novatos se ve aplacada con la enorme sonrisa de Mercy, que adivina nuestros pensamientos y trata de dirigirnos hacia lo que sucede hoy en día. “Lo que está hecho, hecho está. Y ahora tenemos la misión de capacitar a estos niños y contener a sus familias, para que puedan ser lo más independientes posibles dentro de su propia casa.” Claro que su trabajo es valiosísimo, pero también lo seria una toma de conciencia colectiva. ¿Dónde hay más amor: en una rosa de película, o en una más pequeña que ha sido producida de manera natural, protegiendo el medioambiente y las personas que allí viven? No hay mucho que pensar, pero parece que “San Yanquilìn” no admite un 14 de febrero sin rosas rojas…y así estamos.

Afortunadamente no todos los empresarios piensan con la billetera. La etiqueta “Flor Ecuador”, un sello que garantiza la producción bajo las más estrictas normas medioambientales, está tomando impulso. El problema radica en que los principales clientes son los supermercados estadounidenses, que buscan las flores producidas a menor costo y de bella apariencia para ampliar su margen de ganancia. Y por ende el mercado orgánico queda fuera de juego.

Por eso les pedimos a los enamorados del mundo que antes de comprar rosas se informen sobre su procedencia. Es preferible gastar un poco más y sostener una buena causa. Y si las flores orgánicas no están a su alcance regale margaritas: son más baratas, crecen en cualquier jardín y son más originales. Pero por favor, díganle “no” a las flores del mal.


Para saber más sobre como apoyar nuestro proyecto educativo y social, entra aquí. 

lunes 3 de octubre de 2011

LA VIDA JUNTO A LA LÍNEA DEL ECUADOR





Pasamos varios días recorriendo Quito, ya basados en el amplio departamento de Falco en el barrio de Floresta. Falco es jefe de área de la Facultad de Bellas Artes. Tiene cierta obsesión por la lucha libre mexicana y una heladera recubierta de stickers de toda clase, desde Jesucristo hasta los Transformers. Si se siente solo, sienta a la mesa a una piñata de Mazinger Z que rescató de algún vertedero. Ahora sienta a estos dos mochileros. Falco es una de esas personas que cree que el arte debe salir de los muros de la Academia. Por eso junto a un colectivo de trabajadoras sexuales de la periferia de Quito creó una “Nuestra Señora de la Cantera”, una especie de Virgen de las prostitutas, con una iconografía, digamos, contemporánea.



Las Iglesias de Quito nos asombraron aunque, la verdad, ya estamos algo hartos de las Iglesias. Las guías de viaje las catalogan con una precisión tal que uno imaginaría que los mochileros son investigadores eclesiásticos. El pasado colonial común a toda Latinoamérica hace que en cada ciudad nos espere una iglesia de San Francisco, una de la Merced y, como olvidar, la de La Compañía. Sí señores, estamos hartos de merodear esas demostraciones de fuerza de las ordenes religiosas que del siglo XVI al XIX se dedicaron a ver quién la tenía más grande. Sorprende la de San Francisco, que encarna una visión que hubiera espantado al verdadero San Francisco de Assís, ese genial asceta naturista que encontraba a Dios en los pajarillos, no en los altares labrados en oro. Con todo, las macizas catedrales de piedra levantadas por artesanos indígenas captan bajo el cielo tormentoso de Quito un dramático tratamiento lumínico.



Y finalmente llegamos a la Mitad del Mundo, nada más ni nada menos que al sitio que marca oficialmente la línea del Ecuador. OK, el GPS –dispositivo alcahuete si lo hay-ha venido a decir que el monumento de piedra de 30 metros está desplazado 240 metros del centro exacto del mundo. Pero no deja de ser mágico para dos caminantes que llegaron hasta aquí a dedo desde los congelados paralelos antárticos. De pronto nos damos cuenta que llevamos casi un año y medio siendo “Acróbatas del Camino” en plural, y unos 9 meses de exploración continua de Sudamérica. Parados sobre la línea del Ecuador, en tierra de plátanos y mariposas, el recuerdo del puerto de Ushuaia y de los témpanos parece irreal. Más que el fetiche geodésico, nuestra alegría celebra nuestros pasos juntos. ¡Ahora nos falta la otra mitad del mundo!




La historia dice que una misión francesa liderada por Charles Marie de La Condamine realizó en 1736 las mediciones que señalaron que por aquí efectivamente pasaba la latitud 0º 0’ 0’’. Algo menos conocido es que esas mismas investigaciones dieron origen al sistema métrico decimal, que vino a destronar a los codos, pulgadas y pies para lamento de ingleses y descuartizadores. La comitiva francesa no realizó su trabajo específicamente en este sitio, sino que fueron meses de trabajo caminando por los cerros hasta Cuenca. Tanta labor lógica la compensaban, al parecer,  con una dosis comprensible de farra. Y traigo el tema a colación porque en un viaje anterior me encontré de pronto en la plaza de Victoria del Portete, un pueblito cerca de Cuenca, rodeado de “cholos” de ojos celestes que se jactaban de descender de alguna cañita al aire fabriqué aux France. Los franchutes no eran tontos, bien podrían haberse ido con sus compases y teodolitos al Africa, ya que la línea también atraviesa ese continente, pero los leones eran compañía menos tentadora. De todas maneras, su epopeya métrica le dio nombre a un país.



Le digo a Laura que me encantaría acampar sobre la línea del Ecuador con una pata tendida hacia cada hemisferio. Aunque eso es imposible dentro del parque, esa noche terminamos en Calacalí, un pueblo vecino también emplazado sobre la línea ecuatorial. En Ecuador es muy fácil hacer amigos. Cuando en el comedor donde pedimos un plato de achiras de cerdo con papas preguntamos dónde acampar las dos señoras que atienden nos ofrecen su jardín. Son madre e hija, y como hoy es sábado aseguran que la plaza se llenará de borrachos – de hecho, ya hay grupos de jóvenes escuchando reguetón con los parlantes de sus autos al máximo. Para nosotros, la situación se traduce en mucho más que solucionar el tema alojamiento. Es una oportunidad de conocer las preocupaciones diarias de una familia promedio, dueña de un comedor. Es verlas filtrar los granos para preparar el morocho, y levantarse a las cinco de la mañana para preparar el caldo de cabeza de res llamado “huagrasinga”. Rosario se queja de que su marido está de mal humor porque ella le prohibió que saliera con sus amigos a apostar en las peleas de gallos. Su madre atiende problemas similares: en un momento vemos como dos buenos vecinos le traen a remolque de hombro a su marido, borracho, con la lengua literalmente afuera y arrastrando las piernas. Ambas, crían a sus sobrinos, abandonados por su madre cuando tenían año y medio y tres, y cuyo padre trabaja en Quito y los ve una vez al mes. Es un cuadro lastimosamente latino: dos mujeres progresando a pesar de sus maridos holgazanes.



Cuando empecé a viajar, mi motivación central a la hora de escribir pasaba por enarbolar el mensaje de que era posible recorrer el mundo encontrando gente dispuesta a ayudarlo a uno. Supongo que la continuidad de esta vuelta al mundo sigue siendo prueba de ello. Pero cada vez más mi pluma se inclina para retratar estas batallas cotidianas, de Latinoamerica y del mundo. A veces me encuentro con viajeros cuya motivación me parece casi deportiva. Llegar a México, a Alaska, o adonde sea. A nosotros también nos pone contentos llegar: el año pasado logramos pisar la Antártida, hace poco estuvimos en una zona aislada del Amazonas Ecuatoriano, y ahora sonreímos sobre la línea del Ecuador. Pero siendo franco, cada vez se me hace más difícil no involucrarme, hacer un viaje desnudo de miradas y de ideología. América nos rodea: no sus monumentos, me refiero a la genial, impar América, este locus terribilis capaz de sobrevivir a sí mismo, a los sueños que se emboscan –no en nuestros corazones ya satisfechos- sino en los ojos oscuros de sus habitantes, entre sus cejas. La tía de Rosario, llega, nos saluda y levantando la bolsa con huesos de pollo que lleva para su perro pronuncia un iracundo discurso sobre el 2012, dice que van a venir sequías y que los gobernantes deberían prepararnos para sembrar tomates en la bañera. Mientras, uno de los niños que corretean por el comedor le refriega el muslo con un masajeador eléctrico comprado por Sprayette. Eso, también, es América.