
Empezar un nuevo viaje me hizo reflexionar un poco sobre la libertad, y sobre la diferencia entre ésta y la sensación de libertad. Mientras la primera es un ave en extinción, la segunda está a la venta en los centros comerciales, y se exhibe en cines, en distintos envases y formatos. ¿Nunca han discutido con esas personas que consumen películas de aventura pero tienen miedo a los cambios en su propia vida?
Los antropólogos teorizan que allá por la década de 1880, las clases patricias porteñas establecieron la marca registrada del gaucho como representante de la libertad y la argentinidad, eso sí, después de haberlos acusado de vagos y haberlos perseguido hasta hacerlos desaparecer. (Como se haría luego con los pueblos originarios). Este mecanismo perverso de hipócrita entronización de opuestos sigue hoy vigente. Nuestra sociedad, a la hora de ofrecer bienes de consumo, es tan mercenaria como para lucrar con su propia antítesis aletargada por contraindicaciones, con recetas que podrían poner en duda sus propios fundamentos.
Hay algo que todo viajero tiene en común con los artistas y con los gauchos. Como todo ideal que hace tambalear la disponibilidad de mano de obra para el sistema o sus leyes y órdenes básicos, el viajero y todos los soñadores en general han sido colocados en un ambiguo altar. Es el frasco de caramelos sobre la alacena. Te lo muestran, pero no te lo dan. El fetiche del viajero permite la cuota necesaria de sustitución simbólica de la libertad real, con la que es lícito fantasear aunque no esté en oferta genuina. Este, sin embargo, es un préstamo sin predicativo: la sociedad precisa de gente atenta, despierta, con una dosis de culpa o duda suficiente como para regalar los mejores años de su juventud a un call center. Para el que amaga a andar por la vida con pajaritos en la cabeza la sociedad inventó sus propias fábricas de jaulas, anticuerpos inhibidores del deseo de libertad. No somos muy distintos del burro que camina mientras su jinete lo amenaza mostrándole una vara de madera. Eso explica el comportamiento histérico de muchos de nosotros frente a las cosas que deseamos. Lo vemos, lo deseamos. O al menos lo deseamos hasta que percibimos que asoma por el costado la vara de madera…
Los modelos de vida heroicos, abnegados, la libertad de viajar por el mundo escribiendo poesías o cazando mariposas o recluirse en una comunidad agraria son modelos de fuga o de vida bohemios que el sistema nos ordena consumir solo si asumen el formato de una superproducción de Hollywood o el envase de un buen libro. Si el bohemio es Leonardo Di Caprio y discute apasionadamente contra la aristocracia en el salón de baile del Titanic, estamos todos de su lado. Ahora, si el que quiere vivir de vender retratos a lápiz un mes por cada país del mundo sos vos, hasta el verdulero de la esquina está capacitado par decretar tu locura, haciendo carne de una ideología que ni comprende ni le es propia. Cualquiera puede explicarte que de esa manera no vas a tener aportes jubilatorios ni un curriculum apropiado. Cabe entonces preguntarse si la calidad de vida psíquica no cuenta. Pasar 20 años trabajando en una oficina y 10 años más, con suerte, luego de un ascenso, en la de al lado, se nos pinta como una receta feliz. Ya que si bien cualquiera de los potenciales peligros de un viaje (las enfermedades, los robos y las tierras desconocidas) deberían bastar para que no nos animemos a seguir nuestros sueños, el stress, la comida chatarra, el cáncer y el exceso de trabajo en cambio son una autoflagelación que se justifica por el mero hecho de garantizarnos un empleo estable. Sufrir por el trabajo es respetable en una sociedad que venera el masoquismo del alma, quizás algo influenciada por un macabro entrecruzamiento entre tango y cristianismo.
Retomemos la idea. Por todo esto el viajero, y el soñador de cualquier tipo, al margen de que su ambición sea viajar, subir montañas en ojotas o vivir de la comida orgánica han sido puestos en un altar ambiguo. Soñarlo, esta bien, querer vivirlo en primera persona, no. Claro que el ser humano desborda por algún lado, y toda esa gente que está convencida de que es feliz a su manera termina charlando el tema con su terapeuta o con el psiquiatra en el peor de los casos. Allí están los laboratorios y sus ansiolíticos que sabrán hacer de esta carencia de realidad un negocio rentable. Para eso están las mega-producciones de cine, con personajes que desafían a su sociedad y que aplaudirán todas nuestras tías aunque después nos condenen por salir a la calle sin paraguas, y por invertir en nuestra juventud sin calcular milimétricamente los planes para la vejez. Y sino, por supuesto, está esa otra acepción más devaluada de la palabra sueño cuya receta es prender un par de sahumerios y sabotear las casillas de correo de tus amigos con presentaciones en Power Point enviadas en cadena. Estas enumeran todas las virtudes que no ponemos en práctica en la vida real y todas nuestras asignaturas pendientes. Son todos chupetes, huesitos que nos tira el sistema.
Por eso amigos, no se contenten con leer este blog, ni con leer mis libros, salgan ahí afuera, los que no lo hayan hecho ya, que las rutas y el mundo esperan. Cuando regresen encontrarán a Buenos Aires igual que como la dejaron: los taxistas canosos seguirán añorando la falsa seguridad que había durante la dictadura, y en la calle Florida todos hablarán de las fluctuaciones del dólar o venderán shows de tango a los turistas brasileños recién bajados del crucero. Y por antigüedad en ese loquero con cien barrios nadie te va a dar un premio. El ser humano siempre encuentra motivos para boicotear sus propios deseos, y en ejercicio de ese mecanismo mucha gente termina creyendo que si no realizaron ese viaje tan soñado es porque fue imprescindible recibirse en tiempo record, o no perder el trabajo, o porque no tenían con quien dejar el perro. Quizás, simplemente, no lograron reunir el coraje, pero somos mucho más diestros para encontrar peros y justificaciones que para admitir nuestras limitaciones. Como afirmara Mark Twain, en veinte años estaremos más afligidos por las cosas que hemos dejado de hacer que por las que hicimos. Por eso, ojalá este blog no te alcance, realmente espero que, en algún punto, decidas ser el protagonista de tu propia historia, inclasificable, quimérica, necesaria. A viajar, que estar vivos es mucho más que cumplir con los signos vitales, y el éxito social cuya persecución nos limita inconcientemente es tremenda limosna comparada con la capacidad de mirar dentro y estar en paz con uno mismo.
Este nuevo viaje que hoy se inicia, ojalá sea chispa de tus propios sueños. Que la pantalla que nos divide y une no se vuelva custodia de un imposible, sino más bien una invitación a saltar del otro lado. Sólo vos amparás y dosificas la fuerza de tus intenciones, y sos dique de tu propio caudal. Que las murallas y rutinas que un día elevaste para proteger tu vida no se transformen jamás en tu propia prisión. ¡Mientras tanto, lector desconocido, gracias por caminar a mi lado!