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Desde que comencé a viajar por el mundo, no habían faltado esos encuentros azarosos, esas colisiones con otras almas viajeras que luego quedaban en la nada porque uno se dirigía a Estambul y el otro a Bangkok, o sencillamente porque no era el momento para ninguno. Ahora, en cambio, sentía que los astros se alineaban, aprestándose a dar cauce a un destino. Laura y yo dejamos la carpa y caminamos hacia los montes que rodeaban el poblado, y cruzamos un puente ferroviario oxidado saltando de durmiente en durmiente como si fuéramos pulgas accionando un xilofón gigante. Del otro lado había una acequia. Mojando mi mano hasta los nudillos comprobé la agradable temperatura del agua, que corría bajo el sol filtrado por las copas de los árboles, brillante, como si hubiera sido otra sustancia. Y sin decir una palabra acordamos que era un sitio excelente para un baño que el viaje ya nos pedía. Así, en esa situación edénica, vi su cuerpo por primera vez seguir el patrón del otoño y constelar su sinceridad con el paisaje. Alrededor nuestros, los árboles, y la vaca que lejos bebía de la acequia, tampoco se ocultaban tras vestiduras. Con imprescindible timidez Laura sumergió en la acequia su leve humanidad, y comenzó a bañarse. Ya los dos en el agua, conversamos:
- Entiendo que no puedas vivir sin viajar, -dijo Laura- porque a mi me pase lo mismo. No me imagino ningún motivo para dejar de ir a Nueva Zelanda, a no ser por otro viaje.
- Entiendo que no puedas vivir sin viajar, -dijo Laura- porque a mi me pase lo mismo. No me imagino ningún motivo para dejar de ir a Nueva Zelanda, a no ser por otro viaje.
- Laura, la invitación a Alaska está hecha…

El resto del viaje por Salta tuvo la gracia de un paso de baile. Aquellos días en Alemanía fueron magia pura. Además, excedía los límites de mi comprensión racional como un pueblo abandonado de 50 habitantes había albergado dos decisiones claves en mi vida, la de volverme nómada, y ahora, la de compartir este nomadismo con alguien. Aunque Laura no me había dado un “sí”, nos referíamos a la posibilidad de viajar juntos cada vez con más frecuencia, aunque Laura siempre tenía la cautela de anticipar cada bocado de fantasía con un condicional. A veces estas frases sonaban cómicas: “En el hipotético caso de que coordinemos algo, me gustaría que después de Alaska fuéramos a Asia y visitáramos Filipinas”
El viaje nos seguía poniendo frente a todas las clásicas situaciones de los viajes, y nos servía a ambos para comprobar que podíamos compartir tal experiencia. Después de dos noches en Cafayate salimos por la RN40 rumbo a Cachi. Hasta San Carlos viajamos en la caja de una F-100 de la municipalidad de ese pueblo. Como si fuera una delegada del reino de las chatas enviada a rendir pleitesía a la nueva pareja de viajeros, la camioneta de la municipalidad de San Carlos llevaba oportunamente en su caja un colchón sommier, sobre el que flotábamos sobre la ruta nacional 40.

En San Carlos esperamos unos 45 minutos por un camión. Como si los vehículos más frecuentes de las rutas argentinas estuvieran visitándonos cual reyes magos para presentarse ante Laura, lo que frenó fue un Mercedes 1114. Y no cualquier 1114, sinó uno cuya carga consistía de ladrillos de adobe, y cuyos choferes nos ordenaron subir a techo. Allí, en una plataforma de madera sobre la cabina, viajábamos como en una alfombra voladora por los Valles Calchaquíes. Y de adobe también estaba hecho todo el entorno que se desenrollaba a nuestro paso, las casas con sus galerías con columnas moldeadas con volutas jónicas o dóricas, como en una Acrópolis desplazada al Cono Sur. Acaso un tanto obsesionado con los símbolos, no pude dejar de advertir en el adobe una metáfora de la transformación de la tierra en materia sólida de construcción, y por ende en letra o embajada de cualquier sueño, como el que empezábamos a tejer Laura y yo.

Y además de las rutas y de esos vehículos que nos llevan, está el principal ingrediente de cualquier viaje. Al llegar a Angastaco, mientras pedíamos una parcela en el camping municipal, conocimos a Marcelo Ruedas. Marcelo, un hombre de mediana edad que llevaba con orgullo su sombrero negro y su quena. Nos contó que venía de Jasimaná, una comunidad bien alto en los valles, a 15 horas a pie de Cafayate. Ahora se dirigía a Cachi, pero había perdido en micro y esperaría hasta mañana. Entre muchas cosas nos contó que él y sus amigos músicos querían reintroducir el quechua en el folclore de su pueblo, pero que no tenían libros de texto ni diccionarios. Con Laura le prometimos conseguirle algunos en Buenos Aires y regresar para donárselos, y de paso organizar uno de los eventos educativos. De pronto, estábamos pensando en plural.
La aventura no acabó allí. Tras una estadía en Cachi, salimos a hacer dedo con el plan de cruzar la Cuesta del Obispo hacia Salta. Entonces nos frena un Falcon modelo 72. Eran Beno y Teo, dos estudiantes de medicina franceses que estaban, técnicamente hablando, chapita. Pero era un locura linda la suya, conducían insensiblemente su Falcon por la ruta 40 como si fuera un vehículo blindado. Lo increíble era que no se dirigían a Salta, sino a San Antonio de los Cobres. Es decir, pensaban cruzar el Abra del Acay (4985 m) en ese Falcon, por la ruta más alta de la Argentina. Siempre dudé que llegáramos, pero nunca pensamos en bajarnos. Era la tentación de la figurita difícil, del tramo más huidizo y solitario de la RN40.

Más allá del default de chapa en que incurría el Falcon (había notado un agujero en el techo vinílico antes de subir) estaba el factor caos que reinaba dentro. Cada vez que nos zamarreábamos en una curva un universo de libros se batía en la luneta trasera, y caían sobre nuestros hombros, para luego seguir su procesión hasta el suelo, donde se amigaba con otras guías de viaje y toda clase de chucherías, como un táper con remolachas. Teo y Beno se alternaban al volante. Teo, de pelo corto, sombrero de paja, lentes y aspecto prolijo, parecía estar cometiendo ese viaje como para compensar la opresión de una aritmética de alma interna. Daba volantazos mientras mordía una espiga de yuyo y se meneaba al son de Buena Vita Social Club, que sonaba en el stereo. A la altura de La Poma pinchamos una goma, y la vedad que nos sorprendimos que los chicos tuvieran un auxilio. De hecho lo tenian, estaba sepultado en el baúl debajo de diarios húmedos, cartones de vino y envases. A medida que subíamos la ruta era cortada por caudalosos arroyos, y cada vez que los cruzábamos, con el Falcon a toda máquina, el agua entraba por el hueco de la caja de cambios como un géiser, mientras Beno, que en esas ocasiones gustaba de subirse al techo, gritaba como si lo estuvieran crucificando.
Tras una estadía breve en San Antonio de los Cobres, donde el viento parecía estar entusiasmado en un proceso de cancelación de lo creado hasta ahora sobre la faz de la tierra, llegamos a Salta. Con Laura no dejábamos de sorprendernos ante lo vivido, ante la magia que nos había envuelto en todo el viaje. Salta había cumplido su parte del trato, nos había enamorado. ¿Quizás era muy pronto? Pero como resistirse y coquetear ante esas palabras que vienen corriendo a nuestra lengua desde el fondo del alma, ante esa intuición nunca antes sentida de que, juntos, podíamos compartir un mundo? Y en eso estamos. Desde Salta regresamos a Buenos Aires para participar de la Feria del Libro. Ahora, lentamente, Laura acomoda su mundo a la inminente partida. Yo tengo poco que acomodar, ya estaba en la ruta. A finales de junio partimos, juntos, hacia Alaska, con nuestras fuerzas sumadas por cumplir con nuestro proyecto mimado, el de explorar los caminos menos transitados del continente difundiendo los valores de la hospitalidad en escuelas, aldeas y comunidades. América espera, nunca me sentí mejor acompañado para un desafío…




