domingo 30 de mayo de 2010

LA NENA Y EL VAGABUNDO – A LOVE STORY (Cap.II)

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Desde que comencé a viajar por el mundo, no habían faltado esos encuentros azarosos, esas colisiones con otras almas viajeras que luego quedaban en la nada porque uno se dirigía a Estambul y el otro a Bangkok, o sencillamente porque no era el momento para ninguno. Ahora, en cambio, sentía que los astros se alineaban, aprestándose a dar cauce a un destino. Laura y yo dejamos la carpa y caminamos hacia los montes que rodeaban el poblado, y cruzamos un puente ferroviario oxidado saltando de durmiente en durmiente como si fuéramos pulgas accionando un xilofón gigante. Del otro lado había una acequia. Mojando mi mano hasta los nudillos comprobé la agradable temperatura del agua, que corría bajo el sol filtrado por las copas de los árboles, brillante, como si hubiera sido otra sustancia. Y sin decir una palabra acordamos que era un sitio excelente para un baño que el viaje ya nos pedía. Así, en esa situación edénica, vi su cuerpo por primera vez seguir el patrón del otoño y constelar su sinceridad con el paisaje. Alrededor nuestros, los árboles, y la vaca que lejos bebía de la acequia, tampoco se ocultaban tras vestiduras. Con imprescindible timidez Laura sumergió en la acequia su leve humanidad, y comenzó a bañarse. Ya los dos en el agua, conversamos:

- Entiendo que no puedas vivir sin viajar, -dijo Laura- porque a mi me pase lo mismo. No me imagino ningún motivo para dejar de ir a Nueva Zelanda, a no ser por otro viaje.

- Laura, la invitación a Alaska está hecha…


El resto del viaje por Salta tuvo la gracia de un paso de baile. Aquellos días en Alemanía fueron magia pura. Además, excedía los límites de mi comprensión racional como un pueblo abandonado de 50 habitantes había albergado dos decisiones claves en mi vida, la de volverme nómada, y ahora, la de compartir este nomadismo con alguien. Aunque Laura no me había dado un “sí”, nos referíamos a la posibilidad de viajar juntos cada vez con más frecuencia, aunque Laura siempre tenía la cautela de anticipar cada bocado de fantasía con un condicional. A veces estas frases sonaban cómicas: “En el hipotético caso de que coordinemos algo, me gustaría que después de Alaska fuéramos a Asia y visitáramos Filipinas”

El viaje nos seguía poniendo frente a todas las clásicas situaciones de los viajes, y nos servía a ambos para comprobar que podíamos compartir tal experiencia. Después de dos noches en Cafayate salimos por la RN40 rumbo a Cachi. Hasta San Carlos viajamos en la caja de una F-100 de la municipalidad de ese pueblo. Como si fuera una delegada del reino de las chatas enviada a rendir pleitesía a la nueva pareja de viajeros, la camioneta de la municipalidad de San Carlos llevaba oportunamente en su caja un colchón sommier, sobre el que flotábamos sobre la ruta nacional 40.




En San Carlos esperamos unos 45 minutos por un camión. Como si los vehículos más frecuentes de las rutas argentinas estuvieran visitándonos cual reyes magos para presentarse ante Laura, lo que frenó fue un Mercedes 1114. Y no cualquier 1114, sinó uno cuya carga consistía de ladrillos de adobe, y cuyos choferes nos ordenaron subir a techo. Allí, en una plataforma de madera sobre la cabina, viajábamos como en una alfombra voladora por los Valles Calchaquíes. Y de adobe también estaba hecho todo el entorno que se desenrollaba a nuestro paso, las casas con sus galerías con columnas moldeadas con volutas jónicas o dóricas, como en una Acrópolis desplazada al Cono Sur. Acaso un tanto obsesionado con los símbolos, no pude dejar de advertir en el adobe una metáfora de la transformación de la tierra en materia sólida de construcción, y por ende en letra o embajada de cualquier sueño, como el que empezábamos a tejer Laura y yo.



Y además de las rutas y de esos vehículos que nos llevan, está el principal ingrediente de cualquier viaje. Al llegar a Angastaco, mientras pedíamos una parcela en el camping municipal, conocimos a Marcelo Ruedas. Marcelo, un hombre de mediana edad que llevaba con orgullo su sombrero negro y su quena. Nos contó que venía de Jasimaná, una comunidad bien alto en los valles, a 15 horas a pie de Cafayate. Ahora se dirigía a Cachi, pero había perdido en micro y esperaría hasta mañana. Entre muchas cosas nos contó que él y sus amigos músicos querían reintroducir el quechua en el folclore de su pueblo, pero que no tenían libros de texto ni diccionarios. Con Laura le prometimos conseguirle algunos en Buenos Aires y regresar para donárselos, y de paso organizar uno de los eventos educativos. De pronto, estábamos pensando en plural.

La aventura no acabó allí. Tras una estadía en Cachi, salimos a hacer dedo con el plan de cruzar la Cuesta del Obispo hacia Salta. Entonces nos frena un Falcon modelo 72. Eran Beno y Teo, dos estudiantes de medicina franceses que estaban, técnicamente hablando, chapita. Pero era un locura linda la suya, conducían insensiblemente su Falcon por la ruta 40 como si fuera un vehículo blindado. Lo increíble era que no se dirigían a Salta, sino a San Antonio de los Cobres. Es decir, pensaban cruzar el Abra del Acay (4985 m) en ese Falcon, por la ruta más alta de la Argentina. Siempre dudé que llegáramos, pero nunca pensamos en bajarnos. Era la tentación de la figurita difícil, del tramo más huidizo y solitario de la RN40.




Más allá del default de chapa en que incurría el Falcon (había notado un agujero en el techo vinílico antes de subir) estaba el factor caos que reinaba dentro. Cada vez que nos zamarreábamos en una curva un universo de libros se batía en la luneta trasera, y caían sobre nuestros hombros, para luego seguir su procesión hasta el suelo, donde se amigaba con otras guías de viaje y toda clase de chucherías, como un táper con remolachas. Teo y Beno se alternaban al volante. Teo, de pelo corto, sombrero de paja, lentes y aspecto prolijo, parecía estar cometiendo ese viaje como para compensar la opresión de una aritmética de alma interna. Daba volantazos mientras mordía una espiga de yuyo y se meneaba al son de Buena Vita Social Club, que sonaba en el stereo. A la altura de La Poma pinchamos una goma, y la vedad que nos sorprendimos que los chicos tuvieran un auxilio. De hecho lo tenian, estaba sepultado en el baúl debajo de diarios húmedos, cartones de vino y envases. A medida que subíamos la ruta era cortada por caudalosos arroyos, y cada vez que los cruzábamos, con el Falcon a toda máquina, el agua entraba por el hueco de la caja de cambios como un géiser, mientras Beno, que en esas ocasiones gustaba de subirse al techo, gritaba como si lo estuvieran crucificando.

Tras una estadía breve en San Antonio de los Cobres, donde el viento parecía estar entusiasmado en un proceso de cancelación de lo creado hasta ahora sobre la faz de la tierra, llegamos a Salta. Con Laura no dejábamos de sorprendernos ante lo vivido, ante la magia que nos había envuelto en todo el viaje. Salta había cumplido su parte del trato, nos había enamorado. ¿Quizás era muy pronto? Pero como resistirse y coquetear ante esas palabras que vienen corriendo a nuestra lengua desde el fondo del alma, ante esa intuición nunca antes sentida de que, juntos, podíamos compartir un mundo? Y en eso estamos. Desde Salta regresamos a Buenos Aires para participar de la Feria del Libro. Ahora, lentamente, Laura acomoda su mundo a la inminente partida. Yo tengo poco que acomodar, ya estaba en la ruta. A finales de junio partimos, juntos, hacia Alaska, con nuestras fuerzas sumadas por cumplir con nuestro proyecto mimado, el de explorar los caminos menos transitados del continente difundiendo los valores de la hospitalidad en escuelas, aldeas y comunidades. América espera, nunca me sentí mejor acompañado para un desafío…

martes 25 de mayo de 2010

LA NENA Y EL VAGABUNDO – A LOVE STORY- (Cap.1)



Un capítulo de “Vagbundeando en el Eje del Mal” (mi libro) culminaba con la siguiente reflexión:

“…¿encontraré algún día una princesa vagabunda? ¿o seré siempre un picaflor disculpado por las circunstancias? Quien arroja esta moneda al aire debe conformarse con destilar lo eterno de lo efímero. Sólo la distancia, cruza centáurica entre voluntad y sentencia, acaricia los pies llagados del caminante.”

Cuando escribí esas líneas, aún no era conciente de que miles de personas la leerían. De hecho, nunca había publicado un libro de forma masiva, en una editorial. Más bien, las frases cayeron como una cascada de terapéutica autosinceridad frente al procesador de texto. Pero estaba arrojando, sin saberlo, una botella al mar.

Y la botella flotó hasta alguien del otro lado. Alrededor de Navidad de 2009 Laura, quien había comprado el libro en El Ateneo, terminaba de leer esas líneas y se quedaba pensando en las similitudes con su propia vida, en sus propias historias de amor capituladas cada vez que no podía compartir con alguien su sueño de viajar por el mundo. Tras varios intentos fallidos de cambiar a su pareja, Laura se había aventurado al mundo sola, dejando huellas en Bolivia, Perú, Centroamérica e India. Siempre con la mochila, aunque nunca a dedo. Era de San Nicolás de los Arroyos, pero tras cada viaje regresaba a Buenos Aires, donde trabajaba como inconforme vendedora de una agencia de viajes. Cuando compró el libro en El Ateneo, ya había sacado la visa para irse a Nueva Zelanda, con el plan de recorrer Asia desde allí. También le molestaba lanzarse a esa aventura sola, pero se contentaba pensando que en el mismo viaje era más factible conocer a alguien con una sensibilidad compatible. Ahora leía sobre este viajero errante que escribía libros y que confesaba en ellos su soledad, sintió por un instante la necesidad de escribirme, quizás para solidarizarse con esa cruzada que también le concernía a ella, la de conjugar los verbos amar y viajar.

En el momento, decidió guardar esas reflexiones para sí, pero luego sucedió algo extraño, sin lo cual quizás el resto de la historia no hubiera germinado jamás. A principio de febrero de 2010, Laura soñó que ambos viajábamos a dedo hacia Alaska. Desde entonces, y durante dos meses, nos escribirnos interminables correos electrónicos, compartiendo nuestros deseos de viaje, de movimiento continuo, de exploración del infinito planisferio, y también compartiendo el tremendo peso de no tener alguien al lado para compartir todo aquello. El hecho que ella aún no hubiera sacado su pasaje a Nueva Zelanda le daba a la historia una posibilidad de ser. ¿Acaso querría viajar hasta Alaska conmigo? O acaso debería dejar de soñar…

Era abril y yo ya había llegado a Bolivia cuando decidimos conocernos en persona. Llevaba dos meses y medio de viaje, venía cumpliendo con mi agenda, documentando los conflictos mineros en San Juan y Catamarca, y realizando mi proyecto educativo (ver menú)… pero tenía el alma en off. Había pactado conmigo mismo que mantendría mi soledad en tanto no apareciera alguien con quien compartir la ruta. Laura llegaría en avión a Salta en pocos días, por lo que yo hacía dedo de prisa desde Sucre hacia la frontera argentina. Además, después de viajar 10 días con Laura, como habíamos planeado, debía asistir a la Feria del Libro de Buenos Aires.

Yo no esperaba nada en especial y, como ella, tenía una mezcla de ansiedad y difusa expectativa. Era lo más parecido a recibir visitas que le puede suceder a un nómada. Y en lugar de preparar mi casa para la ocasión, y a falta de casa, preparaba la provincia entera. Ya había pensado que empezaríamos nuestro viaje por la ruta 68, que va a Cafayate. “Los paisajes son áridos, rojizos, con pueblos adornados con viñas como oasis – había pensado- y además hay asfalto, lo que viene bien para un primer viaje a dedo”. Volveríamos luego por los Valles Calchaquíes y la ruta 40, al oeste, con un poco más de dificultad y adrenalina. En conjunto, me parecía que la provincia ofrecía texturas de viaje muy diversas, con valles, cuestas y altiplanos, y con situaciones técnicas –asfalto, ripio, distintos niveles de tráfico-. Si Laura quería un primer viaje a dedo, Salta funcionaba como una miniatura del mundo. Y si acaso algún cupido andaba de turno por allí, también confiaba en la complicidad de Salta. Era mi cuarto viaje a la provincia, y me sentía local.





Pasé a buscarla por el aeropuerto a medianoche, en colectivo, y nos volvimos a la casa del conductor que me había llevado de San Pedro a Salta, y quien me había ofrecido su jardín para acampar. Fue una alegría corroborar que detrás de la fotito del MSN había una persona real. Laura era esbelta, pequeña, y me causaba una sorpresa paradojal que sus diminutas huellas pudieran albergar sueños de viajes tan grandes. Al otro día salimos, y llegamos a la rotonda de Limache en un modesto Renault 4, el primer vehículo al que nos subimos juntos. Fue en la ruta donde comenzamos a conocernos. Y qué mejor lugar…





El primer día llegamos, en varios tramos, a la localidad salteña de La Viña, donde los niños de 5 años pasean a caballo y donde este hombre dedica las tardes de su vida a cuidar la calidad de los cigarrillos que el resto de los argentinos fuman sin cuidado en cualquier esquina. Es él quien separa las hojas más tiernas de las más rancias. Habíamos llegado en el Ford Galaxy de Rubén, un empleado de salud pública al que le dábamos nostalgia de las excursiones de pesca que hacía con su hijo a pesar de la mirada condenatoria de su señora. Nos adoptó y terminamos esa noche comiendo empanadas juntos. Por la noche armamos la carpa en el camping municipal. Ya la ruta había comenzado a complotar a nuestro favor: Rubén nos había puesto en el altar por nuestro estilo de vida. “Yo los admiro” –decía- y no dejaba de remarcar que él hubiera deseado tener una compañera que le siguiera en ese rumbo de la vida. Con Laura nos dirigíamos cortas miradas cómplices pero inconclusas, con la excusa de reírnos de las palabras de Rubén, aunque quizás también con la urgencia de aprobarlas en la mirada del otro. En la carpa, no había confianza aún para hacer cucharita, pero nada me impidió decirle: “Me permito la indulgencia de disfrutar tu compañía sin pensar en el tiempo”.





Segundo día en la ruta. La misión de ese día, parada obligada, era el pueblo ferroviario fantasma de Alemanía. El motivo de mi visita era más personal. Fue allí donde, en 2002, entendí que quería dedicar el resto de mi vida a los viajes y a la literatura. Entonces mis sueños se sobrepusieron a mis temores, y me sentí libre por primera vez. Desde entonces viajaba, pero jamás había regresado para agradecer la inspiración que el pueblecillo, que apenas figura en mapas, me había brindado. Y ahora volvía con Laura, una fantástica compañera a quien aún no me animaba a tomar de la mano. Era obvio que había en el aire una tensión, fruto de la utopía de abrazo agazapada en nuestro pulso, y en las miradas. Cupido disparaba flechas demasiado mórbidas…




Entonces, otra vez, la ruta. Un Peugeot 307 se detuvo y se ofreció llevarnos a Alemanía. En el camino, apoltronados en el asiento trasero, el vaivén de la ruta 68 no hacía más que lanzarnos el uno sobre el otro. Y cada vez hacíamos menos esfuerzo por contrarrestar esa sabia inercia. Era raro, sentía como si todas las personas que aparecían en nuestro camino hubieran estado siguiendo un guión e instrucciones precisas. La pareja que manejaba el 307 no nos dirigió la palabra en todo el viaje, dejándo que nos concentráramos en lo nuestro. Hasta la letra de los Chalchaleros, que sonaba en el estéreo, parecía que nos hablaba cuando decía “La puerta de mi ilusión va quedando entreabierta”. Nuestras cabezas habían quedado frágil pero decididamente encimadas, y la palabra estaba tan devaluada que nadie emitía una para describir, habilitar o explicar el hecho. Entonces llegamos a destino, totalmente embobados y silenciosos ante lo obvio y no declarado. Nos bajamos del 307, y cruzamos -aún sin darnos la mano- el puente que da acceso al poblado, donde sólo viven unas 8 familias. Éramos un allegro inconcluso.


Lo primero que hicimos fue armar la carpa y almorzar unos sándwiches. Durante ese picnic, con atención, uno podía observar las curiosas flechas con las que un Cupido -seguramente ya próximo a jubilarse- hacía blanco. En el lapso de una hora, un grillo, una vaquita de San Antonio, y un trébol se abalanzaron sobre mi, montados en el viento. El enorme planisferio Michelín estaba desplegado sobre el césped, y entre bocado y bocado señalábamos destinos, algunos cercanos, otro no tanto. Nuestros dedos caían como sentencias sobre Uzbekistán, Alaska o Christmas Islands, -donde según Laura habitan los únicos cangrejos en el mundo que no saben nadar y saltan con sus tenazas en el aire cada vez que los persigue una ola-. Mientras todo el planisferio era bombardeado por nuestros dedos inconformistas hubo un momento de pausa… El silencio y un intuitivo roce de narices fueron preludio del beso. (Continua)

jueves 20 de mayo de 2010

EVENTO EDUCATIVO EN VILLA LUGANO. ¿A CUANTAS CUADRAS QUEDA EGIPTO, PROFE?


Mientras seguimos con nuestros preparativos para retomar la expedición Argentina-Alaska a dedo, Laura y yo continuamos con el proyecto educativo que también desarrollamos durante el viaje, en las escuelas de los pueblos y aldeas en los que vamos recalando. Este proyecto es posible gracias a nuestros cómplices, que nos ayudan mes a mes con pequeñas donaciones.

Justamente Eleonora y Fabián, dos de nuestros cómplices, fueron quienes nos ayudaron a coordinar este evento. Eleonora trabaja de voluntaria en el AFOC (Asociación por el Fortalecimiento Comunitario), en un barrio de viviendas que el gobierno construyó para reubicar a un grupo de familias que vivían al costado de las vías en La Paternal.



La actividad consistió, como siempre, en una proyección fotográfica en las que desfilaron paisajes y personas de todas las culturas del mundo, gente que nos bendijo con su hospitalidad en nuestros viajes. Los chicos también vieron los autos y camiones en que viajamos, los lugares donde hemos dormido, distintas comidas del mundo que hemos comido, etc. Luego, a consigna de las coordinadoras de AFOC fue pedirles que dibujen cualquier imagen que les haya gustado.


El evento era más pertinente de lo que nosotros mismos pensábamos, ya que el tema que el AFOC trabaja actualmente es el de la tolerancia. Los chicos de este barrio, por un lado, soportan a diario una gran carga de discriminación de sus vecinos, y son tipificados como “chicos de la villa”, “negritos”, etc. Por otro lado, ellos mismos se vuelven emisores de discriminación, ya que de pronto, un grupo de familias se asentó precariamente en las cercanías, como una vez lo habían hecho ellos en La Paternal. Curiosamente, en lugar de solidarizarse, muchos tienen una actitud de repelencia e intolerancia. Nietzsche decía que a las personas les gusta infligir a otros los males que le aquejan… Esto lo notamos cuando los chicos le hicieron burla a una foto de un nene salteño y a otra en donde había una familia de egipcios negros de Luxor.


Los chicos se portaron bárbaro. Con Laura temíamos no poder captar su atención por más de unos pocos minutos, pero mostraron muchísima curiosidad. Uno de ellos, Elián, nos preguntaba en que país había sido tomada cada foto. Se sorprendieron mucho al ver los camellos (prometerles que iban a ver camellos había sido una de las estrategias para que se sentaran). Uno de ellos recordó haber visto uno en el zoológico. Otro, desorientado, preguntó a cuántas cuadras quedaba Egipto. La nena en la foto eligió un paisaje de Siwa, un oasis del Sahara, para su dibujo.



La mayoría de los chicos dibujó, para nuestra perplejidad, un mochilero haciendo dedo. Pensábamos que iba a dibujar camellos, pero resultaron ser animalejos difíciles de llevar al papel, y los pocos que lo intentaron, después de un par de líneas desafortunadas, buscaron formas más familiares, como los autos. Algunas de las fotos mostraban las tiendas de los beduinos de Siria. Inmediatamente preguntaron: Profe, ¿esa gente es pobre? Supongo les hizo acordar sus asentamientos en las vías. Nadie dibujó las tiendas beduinas….




Dos nenas nos muestran orgullosas sus diseños. Ojalá pasaran por la ruta automóviles tan divertidos.



El dibujo más preciso fue el de Elián, que incluso dibujó mi remera roja del Movimiento Mundial de la Salud de los Pueblos, que tenía puesta mientras hablaba con ellos, e incluso mi mochila. La verdad que la pasamos muy bien viendo a estos chicos “viajar por el mundo” durante una hora y conocer a los habitantes de los Valles Calchaquíes, de los desiertos de Siria y los altiplanos de Tíbet…

Gracias a todos los que nos apoyan para que podamos darnos el lujo de usar nuestro tiempo en trabajo comunitario, en lugar de actividades lucrativas. Para saber cómo sumarte a nuestros cómplices fijate en este
enlace mágico….