miércoles 24 de marzo de 2010

CAZADOR DE HORIZONTES Y ABSURDOS CAMINA POR LAS YUNGAS


Viajar es la eterna cacería del horizonte. Y ese animal herido va dejando rastros, incluso se deja acariciar –en los mapas- pero otra vez, con malicia, lo vemos soberano en la lejanía. Es por definición, una cacería interminable. Por suerte, así lo es. Siguiendo a esta presa es que dejé Andalgalá, con la intención precisa poner rumbo hacia Bolivia, y la difusa calma para aceptar cuanto sucediera en el camino. Sólo precisaba hacer base algunos días en Salta o San Miguel de Tucumán para reimprimir libros, postales artesanales, y reparar algunos ítems de mi equipo.

En una F-100 cargada de fardos de pastura para caballo crucé la Cuesta de Chilca, desde Andalgalá hasta Aconquija. En el sinuoso camino ví cardones en flor, e incluso un cóndor describiendo sus aureolas en la niebla. Mi conductor contó incluso que había trabajado en la mina en alguna ocasión, y que se había llevado algunas rocas con pepitas de oro que terminó vendiendo a unos hippies de Córdoba. Una vez en Aconquija, se forma una fértil pampa de altura en la que los locales siembran zapallo y papa semilla. Es además, una zona de turismo local. Cuando le dije que pensaba hacer dedo, un lugareño de voz pausada me dio su opinión, que hubiera dejado perplejo a cualquier erudito de los silogismos: “Los camiones en general te llevan o no.” Es lo que yo pensaba….



Tras un breve tramo en un camión de Vialidad Provincial me subí a la Ranger de un productor de papas que galopaba hacia Concepción, ya en la Provincia de Tucumán. Fui testigo admirado de la transición hacia las yungas, en la ladera oriental del Aconquija. Mientras en el oeste, mirando hacia Catamarca, es designio de cardones y arbustos ralos, aquí en las laderas occidentales, que retienen la humedad que llega del Atlántico, los cardones pegan un salto y se vuelven enormes alisos y otros árboles cuyos nombres desconozco. La humedad deja de ser una noción abstracta, es aquí una niebla que nos envuelve como una nube. Ya en Concepción, hago dedo en un semáforo cercano. En frente hay una estación de servicio, galpones industriales, talleres mecánicos, en fin, la usual arquitectura urbana de rotonda que bien conoce quien viaja a dedo. En diez minutos se detuvo el Renault Megane de un arquitecto. Viaja con nosotros una maestra que también ha alzado en la ruta. Con las yungas envueltas en niebla a la izquierda, subimos hacia San Miguel de Tucumán. Las yungas tucumanas fueron durante los años 70 la guarida de Montoneros, ERP y otras milicias populares menos conocidas como Uturundu. Desde una un locutorio de Lules, en el camino, intento contactarme con Charly o con Diego, dos colegas mochileros de Autostop Argentina. Pero ninguno de los dos números contesta. Algo tristón, me vuelvo a subir al Megane. Parece que voy directo a una enorme ciudad, sin contacto o techo previsto.


Caos y destino a veces pactan treguas, se complementan. Me los imagino como dos ángeles tejiendo la trama del futuro, tejen sentados espalda con espalda, sin ver lo que hace el otro. No sé cual de los dos ángeles bajó la baraja que vaticinó que el Megane se detuviera exactamente en la esquina de la casa de Diego, a quien intentaba localizar. Despedí a mi conductor, que se iba a su clase de yoga, y volví a marcar el número de Diego desde un locutorio. Y me respondió, luego me indicó su dirección, que era a exactos veinte metros del locutorio, en un piso doce en el urbano corazón de San Miguel de Tucumán. ¿Pensaban que Tucumán era una colección de casitas colonias donde algunos próceres firmaban agrestes independencias? Wrong. Welcome to the jungle.



Diego y Selva me reciben en su departamento de la calle 24 de septiembre. Lo único que sabía de Diego, cuando lo conocí en el Encuentro de Mochileros de Cerro Colorado, organizado por Autostop Argentina, era su habilidad para lanzar clavas al aire. Así lo recordaba, con su melena rizada malabareando allí en el antiguo terruño comechingón. Allí todos le decían “el Tucu”, apodo que automáticamente pierde vigencia en pleno centro de San Miguel de Tucumán, donde medio millón de personas podrían identificarse bajo el mismo nombre. “El Tucu” que conocí en Cerro Colorado era malabarista y punto, mientras que Diego es arqueólogo forense, excava fosas comunes, identifica restos de desaparecidos con ADN, y viaja, aveces con Selva, para colaborar en otros países en similares escenarios de crímenes de lesa humanidad. Para aumentar mi sorpresa, Diego me cuenta que Charly, casualmente, había quedado en pasar esa misma noche con su chica, para cenar.




Charly es de Buenos Aires, pero estudia lutería en San Miguel. Hacía al menos un año que no lo veía, desde los tiempos en que caía por Buenos Aires a vender mis libritos artesanales, y Charly me hospedaba en el mítico “Campo de Refugiados”, es decir, en su departamento, que recibía tal apodo porque uno entraba allí a la una de la mañana con mucho cuidado de no pisar a los numerosos seres que roncaban en sus bolsas de dormir, o acaso se despertaban con un “¿Cuál es la vaina?” o un “ ¿Todo chévere?” Artistas, viajeros, vagos, Charly no dudaba a alojar a los integrantes de la internacional trashumante, siempre que cumplieran con algún grado de anormalidad. Estaba por ejemplo Osvaldo, un venezolano que ansiaba ya no ser vegetariano, sino llegar a alimentarse con sólo mirar el sol. Otros eran amigos en común, como Javi, que ahora se dice que da clase de iniciación al yoga en jardines de infantes, y que antes trabajaba en un restaurante vegano. Con Charly tenemos miedo a que Javi de un momento a otro desaparezca y se eleve a los cielos, convocado por alguna confederación de Budas.

Así pasé varios días en San Miguel, armando nuevos libros artesanales y postales, y saliendo a la noche a bares culturales como Managua o Pangea, donde vendía y conocía a la fauna local de músicos y artistas. No faltó una visita al Abasto, y a otros sitios que tanto me había nombrado Paula. De alguna manera todo mi laberíntico andar por San Miguel estuvo perfumado con el fantasma de Paula, quien vivió en la ciudad un año, y con quien compartí el último año y medio de mi vida. Fue también lugar ceremonial para comprar un nuevo pantalón de viaje, un Northland cargo desmontable color oliva. El reemplazado lo compré en Lhasa, Tíbet, a finales del 2006, y ya cumplió su ciclo.




En San Miguel de Tucumán tuve la oportunidad de ir a una peña, donde se siguen agitando los pañuelos, y las zambas y las chacareras siguen perpetuando sus compases. El involucramiento con la música que se ve en quienes bailan folclore me pareció muy particular: es como si “vistieran” la música con orgullo, más allá de acomodarse al ritmo. Y hablando de ritmo, también acudí a una función de la murga “Pechando el camión”, en la que tocan Charly y Diego, en un encuentro por la diversidad sexual organizado en Parque Avellaneda.

De Tucumán seguí mi cacería de horizontes, por la ruta 34 que cruza el corredor de las yungas a través de las provincias de Tucumán, Salta y Jujuy. Preferí esta vía a la clásica entrada a Bolivia por la Quebrada de Humahuaca, que por otro lado ya conocía. Pero las yungas iban a cobrarme peaje. La salida fue rápida, en un camión que llevaba 27 toneladas de queso en su cámara frigorífica. Manejaba un hombre que procuraba mantenerse alejado de su propio gremio, ya que decía que los camioneros sólo hablaban de putas y camiones. Su sueño parecía ser vivir en Miami. En un momento debí ayudarle a trasladar parte de la carga para que la desigual distribución no forzara la puerta trasera del acoplado. Sentí entonces ese aroma lácteo que no sentía desde que era operario de la fábrica Golden Cow, en Irlanda del Norte, en 2003. Que este Acróbata alguna vez fichó tarjeta.



El camión me dejó en Rosario de la Frontera. Caminé por la rotonda, alejando con cada paso sobre el césped a diversos condominios de langostas e insectos indescriptibles, lo que significa que estamos en las yungas. Tras sólo 5 minutos detuve una Mercedes Sprinter de un ingeniero que trabajaba para una compañía de automatización industrial. Me dejó muy cerca de Guemes. Allí comenzó a dilatarse mi marcha. Tardé 48 minutos en detener un bus escolar que me llevó los 10 Km que faltaban para Guemes, tramo breve pero divertido, con todos los niños pidiendo que les tomara fotografías. En Guemes caminé hasta el semáforo de la terminal, lugar clásico para hacer dedo, pero no pude salir antes de que oscureciera. Como Guemes es un lugar que me parece peculiarmente insulso, decidí hacer trampa y tomar un colectivo hasta el próximo pueblo, fuera cual fuere. Y así caí en Pampa Blanca, ya en provincia de Jujuy. Fue una noche entretenida, acampé en una estación de servicio YPF, y conversé larguísimo rato con el dueño. Eso sí, mientras armaba la carpa debí soportar las pobremente vocalizadas jactancias de un propietario de camiones. Machado el hombre, se quejaba de que tenía 7 camiones que valían 300.000 pesos cada uno, y que el gobierno le quitaba sus ganancias con los impuestos. Señalaba a sus choferes y decía, por pagar las cargas sociales de estos vagos no me queda nada…”. Los choferes bajaban la cabeza, y alguno que otro incluso asentía.



Llovió toda la noche, y la mitad de la mañana, lo que me retrasó enormemente. Debí pasar hora y media bajo el alero de la estación de servicio, en donde no entraba nadie. Aún con cierta garúa salí a la ruta, pero necesité una hora y media para frenar una camioneta que en su caja me llevó hasta Los Lapachos, apenas a 10 km. La frontera boliviana me parecía inalcanzable. En Los Lapachos un hombre de vialidad con un teodolito media los ángulos de la carretera bajo la molesta garúa. Con su capote, parecía un general de la Primera Guerra observando las líneas enemigas. Me tentó preguntarle si él también andaba detrás de esta presa llamada horizonte, pero algo me dijo que no me entendería. Yo no miro al horizonte con teodolitos, pero también le ando acechando. En Los Lapachos, mis dados sacaron un seis: “se detiene un Corsa, próspero comerciante buena onda lo invita a almorzar y lo lleva hasta Pichanal, avanza 200 kilómetros”.

En Pichanal, importante cruce que recibe el tránsito que baja desde Bolivia, pero también el que viene transversalmente por la ruta 81 desde Formosa, hice dedo. El cruce está lleno de pequeñas comercios y automóviles privados buscando pasajeros, ya estamos más cerca de Bolivia. Pronto un camión me llevó hasta Orán, última ciudad fundada por los españoles en América (1794) en el extremo noreste salteño. Me pasé una hora y media haciendo dedo, pero lo único que pasaban era vehículos taxi, repletos de rostros trigueños, con los baúles repletos de mercancías. Otros vehículos volvían, también repletos de textiles y acolchados. Estando a 15 km de la fontera, y con ganas de descansar en Bolivia, tomé transporte público hasta Aguas Blancas, donde una mínima embarcación a motor me llevó del otro lado del Bermejo. ¡Bienvenido a Bolivia! Tras haber viajado 51 días en territorio argentino, era hora de recuperar el pulso de la extranjería.




Al otro lado del río, me aguarda la población de Bermejo, en el departamento de Tarija. Gran parte del departamento de Tarija está cubierto por yungas, y está culturalmente más próximo a Formosa o a Paraguay que a la Bolivia altiplánica, quizás más imaginada desde el exterior. Esta diferencia se refleja en la composición racial y en el poco entusiasmo que genera en la región – o en sus elites- el proyecto nacional de Evo Morales, con más base demográfica en las comunidades postergadas del altiplano. Los carteles de las próximas elecciones departamentales y los proclamas lanzadas desde los altavoces de automóviles que patrullan las calles condimentan el de por sí intenso ritmo humano de la población de frontera con su interminable mercado de textiles y baratijas. Tras cenar un picante de pollo (arroz, pollo, ensalada) con su correspondiente sopa con entrada (por cinco pesos argentinos) camino por la plaza principal, donde el calor y los mosquitos acechan.




Con La Maga a cuestas camino y guardo silencio. Pronto Bolivia mandará su primer señal. Y la señal llega desde una parroquia, en donde se escuchan los cantos de un grupo de chicas que han concluido una coreografía. Al salir son ellas las que me indican cual es la vivienda de Victorino, el cura. ¿Será el inventor de las cortaplumas? El hombre, atento, sorprendido, entiende perfectamente que mi viaje es demasiado largo para pagar hoteles, aún en la baratísima Bolivia. Acampo bajo un cobertizo de paja, contento de estar ya del otro lado de la frontera. Mientras armo la carpa apoyo a La Maga junto a un tanque que dice “Agua Bendita”. Enhorabuena inerte compañera, han regresado para nosotros los días de extranjería e insolente cortejo de lo absurdo.

domingo 21 de marzo de 2010

ANDALGALÁ: ZONA DE SACRIFICIO (Y PUÑOS EN ALTO)


Andalgalá me recibió con una sorpresa dirigida al centro de mi persona. Venía preparado para escribir sobre los recientes enfrentamientos entre un pueblo harto de las mentiras de la minería, para eso me había contactado con Urbano Cardozo, sin dudas uno de los referentes locales en el tema. Antes de poder llegar a su dirección lo encuentro a Urbano por la calle. En el auto, a Urbano se le escapa el dato de que había vivido un año en el exterior, y que durante aquel exilio había aprendido a querer la patria. Se me ocurrió preguntarle dónde había vivido. Pero nunca esperé por respuesta la siguiente: Boston, 1960. ¿En Boston, en el 196? ¿Está seguro? ¿No se habrá confundido? Y Urbano no sólo no se había confundido, sino que añadía el dato que revelaba la coincidencia y la “pañuelez” del mundo: había estado allí en una misión de la Marina Argentina. Pues bien, mi padre estuvo en Boston en ese mismo año, en la misma misión de la Marina. De manera que Urbano había sido compañero de mi padre en ese viaje cuyos ecos formados de antiguas fotografías Polaroid revolví de chico en armarios y cajones, y que sin dudas fue un antecedente de mi locura por los viajes. De esta manera, en Andalgalá, encontré inesperadamente una pieza de mi propio rompecabezas….



Después de digerir la emoción pasamos al trabajo. Primero fui invitado a hacer nido por un par de días en la Oficina de Información y Participación ciudadana. Las tardes fueron amenas, escribiendo al resguardo del calor de las siestas, siempre listo para tomarme un descanso y degustar los dulces de membrillo que me elaboraba Doña Chabela, la vecina, quien parecía haberme adoptado como un hijo. Urbano fue una persona clave en contactarme con las distintas voces de Andalgalá, además de mostrarme su archivo personal de vivencias. El pudo fotografiar a los zorros que a 30 km alrededor de la mina no tienen piel. Más de una vez, anónimos en obvio nombre de la santa mina golpearon su puerta con un cheque en blanco y le dijeron: “Don Urbano, ponga Ud. los ceros”…



Una de las primeras personas con las que hablé fue Juan Cólica, ingeniero agrónomo con un Master of Science en olivicultura. Aquí va un condensado de información para los que aún tienen alguna duda sobre la contaminación actual producida por la minería a cielo abierto. El primero punto que tocamos es, naturalmente, el agua. La mina utiliza 70 millones de litros de agua por día (800 lt por segundo) según las propias declaraciones de La Alumbrera. Mientras los habitantes de Andalgalá deben pagar 3 pesos por una botella de agua mineral, ellos, los todopoderosos, la utilizan gratuitamente. Para darse una idea, la recarga natural por nieve es de 300 litros por segundo. Además, la mina elimina el acuífero Campo del Arenal, reserva de agua dulce de origen paleozoico. Eso lleva a la reducción de las napas en 10 metros en toda la zona del Río Santa María.


El Rio Vis-Vis y Amanao han recibido ya incontables filtraciones porque los diques de cola jamás se impermeabilizaron con una geo-membrana, que le hubiera costado a la empresa unos 86 millones de dólares. El mensaje es claro: ustedes pueden morirse, pero nosotros no podemos desviarnos del presupuesto. Las mediciones de presencia de metales en el Vis Vis han dado positivo, con valores elevados, sin tener en cuenta los metales más pesados para los que no existen valores guía o tope declarados por la OMS. En el caserío del mismo nombre, donde vivían 54 personas, ya no hay escuela, han muerto los animales y los campesinos agobiados se mudaron a Andalgalá, donde de todas maneras murieron de cáncer, información celosamente guardada por Salud Pública. Hoy en Vis-Vis permanecen apenas 3 personas.



Foto de una foto. Operarios de la mina retiran como pueden del río los minerales pesados derramados.


En toda la zona de Andalgalá se han comprobado ya seis derrames del mineraloducto (cinco en Villa Vil y uno en Ampujaco). Los derrames no afectan solamente a Catamarca, ya que el mineraloducto transporta todos estos metales inútiles y contaminantes a través de Tucumán. Hace tres años hubo un gigante derrame en Villa Lola, cerca de Concepción. La Mina le pagó al dueño de las tierras para que enterraran las bolsas con concentrados, pero como luego no cumplió el pago para mantener el silencio sobrevino una denuncia anónima que determinó una causa ante la fiscalía federal. Los peritajes encontraron 40 minerales contaminantes en las tierras aledañas al mineraloducto. Como si fuera poco, la empresa minera viola la ley 24.585 de control ambiental que prohíbe tender los ductos a lo largo de los lechos de los ríos, lo que permite a la empresa ocultar eventuales derrames más rápidamente. En general los ingenieros en minas se jactan de que la minería es la única actividad regulada por una ley específica, aunque pasan por alto que violan gran número de leyes, ordenanzas y artículos de constitucionales.

Hoy, el propio informe de Impacto Ambiental encargado por la minera a una empresa privada declara un nivel de acidez (PH) de 8,5 en la aguas del dique de cola (las mismas que frecuentemente se filtran en la tierra). En ellas se destaca la casi total ausencia de vida microscópica. La empresa explica que en 10 años el cianuro se habrá neutralizado por el mismo efecto del sol. Ese proceso, posible en un tubo de ensayo, es impensable, según los bioquímicos, en una sopa química en la que además están presentes todo tipo de aceites y sulfatos. Para colmo, en el informe los técnicos declaran haber usado cinta de PH para la medición de la acidez, lo que de paso delata el escaso nivel académico de nuestros orgullosos (y panzones) ingenieros en minas, que alardean de su formación académica pero claramente utilizan tecnología que en el resto del mundo es obsoleta. Un dato importante es quizás que ingenieros de la Universidad de Nantes han ya probado con el método de emisión de isótopos trazadores, que la acidez liberada en la mina llega hasta el llamado Bolsón de Pipanaco, una reserva de agua subterránea que abarca hasta el norte de la provincia de La Rioja.

Con este altísimo costo de contaminación y embrutecimiento cultural, se produce el oro que se exporta y, ya convertido en lingotes, pasa a engrosar las reservas de las naciones. El oro sigue siendo, aunque parezca mentira, una unidad irracional de cambio. Nadie puede precisar por qué el oro vale, siendo uno más de los cientos de elementos de la tabla periódica, con poca o nula utilidad intrínseca. Sólo el 11% del oro producido se utiliza para confeccionar circuitos electrónicos, debido a su buena conductividad. El resto es simplemente materia plástica del fetichismo humano. El poder y la solvencia de naciones como Suiza, es arrancado de bajo los pies de niños como Manuel (ver posts anteriores) que juega con su bicicleta sin cubiertas ni cadena. Pero no es sólo oro lo que se va.


Foto de foto: zorro sin piel en la zona de La Alumbrera.

Cuando se descarriló uno de los vagones del famoso tren azul, que transporta al Puerto de San Lorenzo (Santa Fe) todo el material listo para su embarco, Gendarmería Nacional y jueces federales constataron la presencia de más de 60 minerales no declarados, que dejaron calcular que la empresa minera evadía unos U$S 8.000 millones anuales. ¿Y cuáles son estos otros minerales? Algunos pueden ser incluso más valiosos que el oro. Un trabajador de la mina nos relató un episodio en que dos geólogos se hicieron presentes a la carrera tras la misteriosa aparición de ciertas vetas azules en rocas sacadas a superficie. Los geólogos, uno de ellos extranjero, no necesitaron demasiados análisis para entender que habían dado con una veta de niobio, un rarísimo metal, tan raro que no lo reconoce ni el corrector ortográfico del programa con que escribo. Los geólogos corrieron nuevamente, esta vez a buscar el champagne (que no compartieron con los trabajadores). El festejo, que discurrió en inglés, duró varios minutos. El niobio se usa en la construcción de superconductores, en el enriquecimiento de uranio, y en la aleación que protege a los trasbordadores espaciales en su entrada a la atmósfera, por ello es tan valioso que ni siquiera tiene un precio de marcado estable. La opulenta y especializada demanda paga lo que se pida.

Andalgalá está ahora amenazada por un nuevo yacimiento en fase de exploración, llamado Agua Rica, concesionado a Yamana Gold. Tendría un tamaño tres veces mayo a La Alumbrera, y explotaría la zona del Rio Minas, afluente del Andalgalá, al que haría literalmente desaparecer por excavar el tajo de mina sobre su lecho. Esto constituye, dicho sea de paso, una infracción al Código Civil, que prohíbe la modificación de los cauces de los ríos por partes privadas. Al sur de Andalgalá el gobierno prohibió la instalación de un emprendimiento olivícola de 15.000 llamado Olifrut SA. Para concederle a la minera, en esa misma zona, un pedimento de agua al Proyecto Agua Rica. El mensaje está claro: Andalgalá es una zona de sacrificio, la minería tiene prioridad para el aprovechamiento del agua. En la vecina zona de Pomán, hay 22 establecimientos olivícolas, en Andalgalá, ninguno…


Asamblea bajo el Algarrobo.

Hace 12 años que La Alumbrera está extrayendo oro. Las mejoras prometidas, el despegue económico regional, no se ve. Andalgalá sigue siendo, para cualquier observador externo, un departamento pobre, con calles mal pavimentadas, y una constelación de tachos que irónicamente incitan al ciudadano a cuidar el medio ambiente tirando allí sus residuos. Primero la gente estaba contenta, cuando en 1996 se empezó a construir el mineraloducto. Parecía como si el hecho de que el pueblo se viera saturado de camionetas doble cabina acarreara por sí solo es progreso. Por ahora el legado, además de las calles rotas, y alguna computadora de segunda para alguna escuela, son las canchas de paddle frecuentadas por ingenieros en minas panzones y mentecatos, (en su mayoría procedentes de la clase media vapuleada, resentida, y con necesidad visceral de una 4x4 para reivindicar su status). Los 60 operarios locales que ha tomado la mina (de los 6000 prometidos) que se conforman con el Direct TV. Los trabajadores locales siempre están prontos a justificarse diciendo que tienen hijos que mantener. Y para mantener a sus hijos firman la sentencia de muerte de sus nietos y de los ajenos.



Por eso la gente salió a la calle el pasado febrero. Un documento que preveía la indemnización de los pobladores para que abandonen la ciudad en caso de comprobarse la presencia de oro bajo la misma fue la gota que rebalsó el vaso. Ese yacimiento es conocido como Pilciao 16, y la boca de mina coincide con el trazado urbano de Andalgalá. Cuando en febrero los andalgalenses de la Asamblea del Algarrobo, con amplio apoyo popular, cortaron el acceso a las camionetas de exploración minera a la zona de Agua Rica, lo que sucedió fue una batalla campal con balas de goma, sin resguardo hacia mujeres, niños o embarazadas. A un hombre le quitaron su bebé para poder luego molerlo a bastonazos sin misericordia. El intendente, un tal Perea, afirmó que los cientos de personas que estaban en la plaza era “7 u 8 hippies borrachos”. (Nótese que en su perdonable ignorancia usa como afrenta el vocablo hippie –pronunciando con dificultad la h aspirada- , que en cualquier país del primer mundo sería más bien un innegable elogio asociado a una generación dorada que consiguió notables victorias sociales). Lo cierto es que, hippies o no, los locales hicieron sentir su bronca. Una lluvia de piedras rompió los cristales de la oficina de Yamana Gold, y quemaron parte de la municipalidad. Hoy los vecinos se siguen juntando bajo el mismo algarrobo para deliberar, consensuar la lucha, y velar por el cumplimiento de la prórroga que prohíbe a la empresa minera continuar con sus exploraciones en el área. El sentimiento en el aire es que los camiones mineros volverán a embatir contra el valiente bloqueo, una vez que la justicia retire la medida cautelar. Por eso, el aire de Andalgalá sigue oliendo a llanto, a bala de goma y, sobretodo, a héroes.

lunes 15 de marzo de 2010

ANFITRION DE FIESTAS INVISIBLES...


Días que se pasan en la ruta. Como nunca degusto la vida nómada que elegí hace cinco años, saboreo eventos como caramelos, y destrono el sedimento de las rutinas vividas. Como costras se caen ante el baño de esta nueva atmósfera. Monto cada segundo como si fueran dragones voladores. Vivir con desenfreno de artista frente al lienzo en blanco. Estoy en la ruta, en el arco de salida de Tinogasta, haciendo dedo ante la custodia de los cardones y los cerros cobrizos, quizás propulsado por el fuego de los pequeños ajíes tinogasteños. (Si hubiera comido uno entero, hubiera llegado a Alaska de una corrida…)

Hago dedo hacia Belén. En diez minutos se detiene un maestro en su Corsa. De camisa y corbata y flequillito, parece algo nervioso por el inusual viajero que ha levantado. Llevo colgando mi cámara de fotos, por lo que siempre supongo que seré visto como un viajero. Sin embargo, alguien que vive en movimiento es sospechoso… ¿No le da miedo andar sòlo? – me pregunta. Y luego: “Disculpe que le pregunte, pero ¿Ud. va armado?” El maestro no me tutea, allí leo su temor. Le responde que mi arma más contundente es la pluma. Fuera se suceden las casas de adobe abandonadas por quienes migraron a trabajar al sur. Algunos caseríos aún son anunciados por optimistas carteles de “Zona Urbana”.




Llego al cruce de la Ruta 40 que va a Belén en la caja de una camioneta que viajaba a 120 por hora, y llego a la ciudad en el Clio de un hombre que trabajaba en el banco de Fiambalá. En Belén soy huésped de Antonio Avar, su mujer Fernanda, y sus cinco hijos. Oriundo de Buenos Aires, Antonio llegó hace décadas a Catamarca como artesano. Un día trocó sus piedras por mantas y hoy tiene, acaso, la tienda de textiles étnicos más surtida de la provincia. Es fascinante, la familia tiene sus propios telares y en el inmenso jardín se tiñe la lana en inmensos tachos, que luego va secándose al sol. Por la noche la plaza de Belén se puebla de gente que bebe cerveza en las mesas de los bares. Familias enteras con niños pasean hasta a una de la mañana, mientras los jóvenes dan la “vuelta del perro” en moto, la nueva manera de pre-socializar en nuestras provincias. Aunque permanecen las uvas y las aceitunas, en Belén aparecen nuevos regionales, como el membrillo, y fundamentalmente, como humitas por primera vez en este viaje




Para viajar a Andalgalá debo retomar la Ruta 40. En el camino cruzo un pueblo curiosamente llamado Londres, en honor a un casamiento de la casa real de los Tudor en el siglo XVII. No muy lejos de allí se encuentran las ruinas de Shinkal, donde hace un año fue asesinado Sebastián Mousacchio, un mochilero argentino. Algunas versiones aseguran que el hecho estuvo vinculado a la actividad minera, que poco tuvo que ver con la excusa de robar su cámara fotográfica, y que el delito perseguía el secreto fin de espantar el turismo y los curiosos. Como sea, hago mis reverencias espirituales a Sebastián, confiando en que su energía está cerca.



Mientras espero algún vehículo en Londres, le saco fotos a La Maga junto a una casona, y me doy cuenta que mi mochila se ha transformado en un alter-ego, una sinécdoque de mí mismo. Puedo fotografiarla como si resumiera mi concepto. Detrás de lo poético, se esconde la fatal soledad de mi marcha. Me sentaría en la plaza a compartir un trozo de pan con plena percepción de la simpleza, si existiera una princesa vagabunda que reclamara el espacio vacío a mi lado. Será que la misión que he asumido en este nuevo viaje/libro requiere de la soledad de mis pasos, que amparan la reflexión.

Llego al cruce de la Ruta 40, en donde ya había estado en mi camino de ida a Belén, en un camión de vialidad provincia conducido por un pibe de Santa María. Jorge es la primera persona que veo coqueando en este viaje, por lo que su presencia delimita la frontera sur del hábito. Cuando me convida, ¿cómo rechazar la invitación a algo tan cercano a la cosmovisión andina? Una vez en el cruce me doy cuenta que he olvidado mi botella con agua dentro del camión. Mirando a mi alrededor, detecto en la banquina perpendicular un altar a la Difunta Correa, lleno de botellas con el preciado líquido. Tomo una,, la destapa, y vierto un poco en mi taza, dejando que el líquido se enfríe, pues la botella estaba al sol. Luego de una hora de esperar y beber agua caliente, se detiene la camioneta Chevrolet de un peluquero, quien viaja a la ciudad de Catamarca. En vez de pedir que me baje en el cruce a Andalgalá, donde estaré otra vez sin agua, prefiero pasarme algunos kms y acampar en la primera población.



Así llego a Chumbicha, una pequeña ciudad. Me siento en la avenida principal a cenar un super-pancho y una gaseosa de litro, y a conversar con algunos vecinos. Todos son amistosos y se acercan a saludarme. Una mujer me pregunta, sorprendentemente, si vendo saumerios…. Termino mi cena y busco un sitio donde acampar, y lo encuentro en un espacio verde dedicado a rodear una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Allí armo la carpa. Soy Lord Pobre, y arrastro mi voluntaria frugalidad con modales aristocráticos. Ey ¡lo digo en serio! En la portátil pongo música gitana, y me siento en la puerta de la carpa a fumar un habano que me regalo Juan Kestel, un periodista porteño amigo. Por un momento imaginé qué cara pondría la policía si se acercaban a inspeccionarme, los hubiera recibido en sandalias, fumando un habano, y meneándome al son de las notas balcánicas, como anfitrión escasamente cuerdo de alguna fiesta invisible o transdimensional.

Pero no llegó ningún policía, apenas unos caballos que relinchaban junto a un arroyo cercano. Salí a caminar para verlos de cerca, y en el arroyo pude ver reflejada, nada menos que la nube. Quisiera ejercer la invisible soberanía de los estanques. Mientras los hombres buscan oro para construir cohetes que los lleven a las estrellas, a cualquier charco de agua le es dado el poder para hacer aterrizar a la luna y a las estrellas en la timidez de su reflejo. Que bueno si pudiéramos más seguido ser como los estanques, y alcanzar, con paz e intuición natural, nuestros sueños verdaderos. Su reflejo genuino, y no los símbolos status, la pantalla de plasma y las 4x4…



Al otro día hago dedo en Chumbicha, y detengo uno de los vehículos más particulares en este viaje, un viejo Jeep IKA modelo 1960, color verde metalizado, perfectamente restaurado, y conducido por el gerente de la empresa proveedora de gas natural de la Provincia de Catamarca. Me lleva hasta la entrada a Mutquin, ya en la ruta a Andalgalá. En menos de dos minutos soy alzado por un Daihatsu Applause por un hombre y su yerno, que tenían una empresa familiar de venta de ropa de trabajo a las municipalidades de la zona. Me dejan en la plaza de Andalgalá, donde aprenderé sobre la resistencia popular a la mina La Alumbrera. Pero ese es otro capítulo.

sábado 13 de marzo de 2010

TINOGASTA AMASA SU PROPIA JUSTICIA


A la mañana siguiente monté guardia bien temprano. Tras desarmar la carpa y tomar a las apuradas una taza de té de yuyos que me preparó el padre de Manuel, salí a la ruta. Ruta fiera, digna, me exigió 50 minutos má además de las 3 horas de ayer para encontrar pasaje. Finalmente frenó el Fiat Uno de un viajante de una editorial. Bienvenidos a Catamarca, tierra de aceitunas, membrillo y adobe. Ah, y uranio y oro. De eso vamos a hablar, ¿saben?

Puede parecer un tema recurrente en el blog, pero no puedo cruzar estas provincias sin detenerme a documentar esta actividad que está condicionando al oeste de nuestro país a un modelo de desarrollo anacrónico, casi feudal, que el resto del mundo abandonó hace siglos.

Llegué a Tinogasta como llego a casi todos las ciudades, con un número telefónico mágico, contactos hechos previamente por Internet, en el mejor de los casos, cuando no apenas sugerencias de amigos de amigos a los que, sin compromiso, he de preguntar si pueden alojarme. Pero en el caso e Tinogasta, Roberto y Susana esperaban mi visita. El bioquímico, ella docente, son referentes de la lucha contra la instalación de Rio Colorado, una mina de uranio concesionada a la australiana Jackson, que ocupa 752 km2, incluyendo porciones de la provincia de La Rioja. Y no tienen problema en contarles toda la historia a los “peregrinos ambientalistas” que de vez en cuando, como yo, recalan en la ciudad para informarse. Y sea en la sobremesa, con uvas y aceitunas, o por la tarde, con mate y tostadas con queso de cabra, conversamos…




¿Por qué es peligroso tener una mina de uranio en las cercanías? Primero que nada, sin que haya mina, ya hay contaminación. El uranio, que es visible incluso en superficie (en vetas color ocre) genera lo que se conoce como drenaje ácido. En 1995 análisis llevados a cabo por Gendarmería Nacional, revelaron altos contenidos naturales de arsénico y uranio. Desde el área de salud de la provincia se lo relacionó de inmediato con la alta incidencia de casos de cáncer y leucemia en los departamentos de Andalgalá y Tinogasta. Ya con la radiación de base, llama la atención la cantidad de gente con labios leporinos. Si eso sucede con la radiación de base, me explica Roberto, que es bioquímico y sabe de lo que está hablando, con la explotación y exposición al aire de las reservas subterráneas, los casos de cáncer aumentarían exponencialmente. Además, las primeras voladuras liberarían gas radón (una de las metamorfosis del uranio en su búsqueda de estabilidad) Con el viento, éste se dispersaría liberando radiaciones gama, responsables, por ejemplo de las malformaciones genéticas. La lluvia sería, por definición, ácida, y castigaría a la región como un látigo por cientos de años.

Por supuesto, esto le interesa bien poco a las instituciones. En una ocasión dos profesores de la UBA fueron enviados para intentar convencer a la población de que el proyecto tendría consecuencias positivas. En los argumentos de estos profesionales podemos ver cómo los egresados de las facultades de ingeniería minera sólo manipulan su conocimiento para engañar al pueblo. Con total descaro, le explicaron a la gente que era verdad, que el uranio contaminaba. Por eso la mina le haría un favor al pueblo, al retirarlo gratuitamente. Además, certificaron, la extracción dejaría el terreno lo suficientemente revuelto para que alí floreciera la agricultura.

La Iglesia catamarqueña, a contramano de las encíclicas de Benedicto XVI, que condena a la minería a cielo abierto, congrega a sus tímidos fieles en los bancos para lavarles el cerebro. Luis Urbanc, el obispo de Catamarca, defiende desde el púlpito la minería como modelo de progreso. Según él, la gente ignorante está matando a la gallina de los huevos de oro. En un artículo del diario Catamarca Actual, el obispo no dejó duda sobre su posición: “… hay que valerse de ciertos elementos que la tierra tiene, de los cuales no somos dueños, sino que todo el mundo es dueño de lo que tiene la tierra…” ¡Interesante –y oportuno- brote de comunismo! Para Urbanc, el saqueo del Imperio Inca por parte de Pizarro no fue más que un cruzada por la redistribución de la riqueza. Por otro lado, exhortó a cultivar la vida espiritual, ya que la vivienda y el trabajo son “añadiduras. En Santa María, para estar a tono, se llegaron a bendecir camiones mineros…



Como en Jáchal, el problema es de fondo. Si la minería aparece como la única salida laboral de una juventud atolondrada, es porque previamente se han boicoteada el resto de las opciones. Porque a ningún gobierno le interesó generar producción, sino seguir trocando colchones por votos. Así la gente se acostumbró a recibir asignaciones familiares, premios por hijos y por dormir la siesta. El hábito de cultivar la tierra, esa sana y digna autosuficiencia, se fue perdiendo. Hoy por toda Catamarca se ven chacras y huertas abandonadas, y caseríos de adobe entero se deshacen bajo la lluvia mientras sus habitantes pasean su pobreza y mendigan algún sueldito en la ciudad de Catamarca.


Hubo varios episodios en que la población de Tinogasta manifestó su oposición al proyecto Río Colorado y a la mega-minería en general. El más significativo tuvo lugar en 2008, cuando 4 camiones con desmesurados tanques azules destinados a La Alumbrera entraron en la ciudad. “Esa noche sentimos como si entraban los tanques de guerra en Tinogasta” – recuerda Roberto. La crisis crea a los héroes. Al verlos, una maestra cruzó su VW Gol recién sacado de la concesionaria en medio de la ruta, cortándoles el paso. Los mensajes de texto cruzaba toda la ciudad, imperceptibles, congregando a la gente. Los camioneros chilenos protestan y hacen un contracorte, cruzando sus inmensos camiones transversalmente en la calzada. Si ellos no pasaban, no pasaría nadie. Pero no se imaginaban que Gendarmería Nacional respaldaría a los locales… porque estos sí dejaban pasar al resto de la población y efectuaban el corte sólo a los camiones mineros. Ya no eran cuatro camiones, claro. De ambos, lados del corte, eran ya 21 los camiones de La Almubrera que estaban retenidos. Aprovechando la distracción, seis camiones se escapan por un camino de tierra. Entonces nace otra leyenda popular. Un hombre mayor, próspero comerciante, sale en su 4x4 a darles caza, por el camino de tierra por el que llegué yo de La Rioja… Por momentos los adelanta y se detiene dejarles piedras en el camino. No es fácil: los camiones chilenos son modernos Kenworth que viajan a 130 km/h sin problemas. Por la destreza y arrojo, al hombre lo apodaron “El Zorro”. Cuando llegan a Campana, en La Rioja, el Zorro no le puede creer a sus ojos: los vecinos locales, alertados por mensaje de texto, han organizado otro corte. Los camiones de la mina deben aceptar su derrota y regresan, esta vez sin apuro, hacia Tinogasta. Delante de ellos, como perro arriando un rebaño de ovejas, va la 4x4 del zorro que, victoriosa, los escolta hasta el arco de entrada a Tinogasta.




Para liberar el corte, la mina debió intervenir y mover los hilos de las marionetas durante dos días. Con la excusa de un auto-atentado en que la misma empresa quemó las cubiertas traseras de uno de sus camiones los jueces, que nunca aparecen cuando se los necesita, llegaron a las 11 de la noche a la ruta, ordenando allanamientos. La casa de Roberto y Susana fue requisada por policías desorientados, que no entendían realmente que hacían allanando la vivienda de una familia de profesionales de clase media. El discurso oficial es que los ambientalistas son terroristas, pero ante la ausencia de armas de fuego o dinamita, y para justificar su presencia, terminaron “secuestrando” –consta en actas- una caja con 85 fósforos.

Los camiones, entretanto, habían regresado a Chile. Todos menos uno, cuyo conductor permaneció preso varios días por insultar a los ambientalistas. Desde Chile, reingresaron al país por el Paso de Jama. Cuando ya estaban llegando a Tucumán, con la intención de entrar desde Santa María, los camioneros ya cantaban victoria. Pero no. Como resurgidos de su propia leyenda, vengando quién sabe cuántos atropellos en el mismo acto, allí estaban los indios Quilmes, orgullosos, deteniendo con la Wipalla (ancestral bandera del Tahuantisuyo) a los camiones que transportaban una nueva amenaza a su tierra.




En otra ocasión 6000 personas se habían dado cita en plaza para repudiar la explotación del uranio, y reclamaron que se hiciera un plebiscito local vinculante. El gobierno provincial intervino para frustrar la iniciativa. Eso a pesar de que la Constitución de la Provincia de Catamarca implora, en su Art.1: “El pueblo tiene el poder decisorio pleno sobre el aprovechamiento de los recursos naturales” Al otro día, 7100 personas se autoconvocaron para firmar su repudio a la mina. “Y fe un día nublado y sin choripanes” – aclara Roberto.

Observando con un lente optimista, hay que decir que este enemigo en común no está haciendo más que unir a nuestros pueblos. Los vecinos de Tinogasta apenas si se conocían antes el conflicto minero. “Nos cruzábamos por la calle sin saludarnos” – explica Roberto. Después del conflicto, ha aumentado no sólo el mutuo conocimiento sino la confianza de este pueblo. Son locutores, farmacéuticos, maestros, comerciantes, pero llevan una doble vida, y de improviso se desdoblan en héroes episódicos que luchan contra el atropello y se fortalecen con su propia ira. Solo dentro de 30 o 50 años podremos dimensionar la importancia de la resistencia y las asambleas populares. Porque mientras sean una amenaza a los movimientos populares se los censuras, y se los reivindica doscientos años más tarde cuando son una nota pintoresca en los textos escolares. Ahora sí, todos tenemos permitido llorar por el Día de la Raza y proponer que se retire el rostro de Roca de los billetes de 100 pesos.

CASAS RODANTES, CABALLOS NEGROS CELOSOS Y EL GOL INOPORTUNO DE PALERMO




La casa rodante en que viví siete días, en el terreno de la casa de Pedro, en Jáchal. Todo un lujo usar como base sedentaria un ícono del movimiento…




Parece que mes estoy especializando en realizar versiones proletarias de deportes extremos fashion. Con Pedro y Fabián, descendimos 10 kms por el curso del Rio Jáchal a borde de estas cámaras de camión tensadas por sogas, utilizando escobas viejas como remos. Deslizarse por la corriente, esquivando rocas y ramas, fue una mezcla de relax y adrenalina. No lo entendía de forma tan simple el caballo negro que, marcando territorio, cruzó el río a paso furioso casi llevándome por delante. De todas formas, me quedé pensando en lo bello que hubiera sido suma a la lista de accidentes el haber chocado contra una caballo negro mientras navegaba el rio Jachal en una cámara de camión… algo a tono con haber caído en el foso de un ascensor en Adana, Turquía (Feb 2006)


Control médico para La Maga…En una balanza de principios de siglo, La Maga me asusta al revelar que pesa 18,8 Kg. Es posiblemente la mochila más pesada que he cargado. Se supone que con los años uno aprende a viajar con poco equipaje. Y es verdad, podría viajar con lo puesto si me sobrara el dinero, pero en los 5 Kg que pienso que sobran van libros artesanales para la venta, material para ensamblarlos, abrochadora grande, trincheta, regla metálica, archivo de recortes de diario, mapas, un libro de lectura para cuando espero en la ruta “El Encubrimiento de América” (regalado por Sergio Pino, de Lavalle, Mendoza), computadora, proyector para los eventos educativos, cámara de fotos, cargadores varios, y una caja llena de postales artesanales para su venta…
Salida de Jachal. Esperando en la bella campiña de Pampa Vieja, llena de casonas de adobe y sulkys. Una mujer me regaló una lata de picadillo porque no había despensas abiertas. Luego se detuvo una Rasrojera que me llevó en la caja junto con una vieja heladera Siam…
Al fin llegó Jorge y su Taunus, que a pesar de ir desarmándose en el camino iba en dirección a Nonogasta, muy cerca de Chilecito, pues Jorge trabajaba allí en la curtiembre. Perdimos el caño de escape en la escarpada cuesta de ripio, y el auto comenzó en un momento a gotear aceite. ¡Pero llegamos!
Tras una breve escala en Chilecito, donde me alojó Dady, de Couchsurfing, quien además me relató la historia de la lucha contra la explotación minera en el Famatina, seguí viaje rumbo a Catamarca por la muy poco viajada ruta 78… Este era el paisaje, frente a la ruta, justo a la altura de un pueblito llamado Potrerillos, donde no pasó un solo vehículo en tres horas.

El niño de la foto, Manuel, se acercó a conversar conmigo. Andaba en una bicicleta que sólo tenía llantas y frenaba con un trapo atado a las mismas… Manuel andaba por toda la calzada como si fuera el patio de su casa. “Mete ruido pero anda” – gritaba entusiasmado por el inesperado público… El contraste me hace reflexionar: es aquí debajo de los pies de Manuel y de su bicicleta sin neumáticos donde se originan los lingotes de oro que sustentan el poder de las naciones como Suiza. Recuerdo la riqueza que observé en las calles de Zurich, y la gente sin alma ni esperanza en las plazas bebiendo cerveza pagada por el seguro de desempleo.

Llegó el hermano mayor de Manuel, quien me preguntó. “¿Usted toma mate?” Es el puntapié de la tradicional hospitalidad de la Argentina rural. El mate es la excusa para la invitación al hogar, y allí vamos. En teoría, el tío de Manuel irá a Tinogasta más tarde en camioneta, a donde lleva las nueces que se producen en el pueblo. Por eso nos sentamos a tomar mate fuera, con la intención de hacerle señas cuando pase la camioneta. El destino tenía otros planes. Dentro de la casa se escuchaban los rumores del partido entre Boca Juniors y Vélez. En la pequeña pantalla del televisor blanco y negro, poco diferían los jugadores de los de un metegol. Y entonces Martín Palermo: él tiene la culpa de mi permanencia en Potrerillos. Martín Palermo anota su gol número 218, convirtiéndose en el mayor goleador en la historia de Boca, y entonces toda la familia entró a la casa para ver la repetición del gol. Entre los festejos de Palermo discierno, a lo lejos, el inconfundible avance de una camioneta por una ruta de ripio. Mi camioneta, la que se iba para Tinogasta. Estaba varado en Potrerillos. Mejor dicho, fue la excusa para quedarme a jugar y perder un partido de Chin Chon con Manuel, y para probar los lomos de carne de cabra que cocinó su padre.

sábado 6 de marzo de 2010

JACHAL ENTERRÓ LA RUEDA DEL MOLINO


Hay maneras y maneras de jugar con fuego y de quemarse con él. Mario sabe sobre el tema: es enfermero en el Hospital de Quemados de Buenos Aires, y mientras conduce el 504 con que nos desplazamos por la Ruta 40 -con su misericordiosa aprobación- desde San Juan hacia Jáchal, me cuenta de esa viejita que antes de irse a la cama se untó sus lunares con alcohol y luego le encendió una vela a la virgen… No pudo predecir que el chispazo del fósforo iba a alcanzar su pecho y todavía debe a los gritos la vieja. A veces manipulamos fuego de manera menos obvia, con los mismos fines de adoración, ya no a íconos religiosos, sino a símbolos de status….
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Allá bien alto, en la cordillera de San Juan…están jugando con fuego. Me refiero a la Mina Veladero, propiedad de Barrick, una corporación canadiense que explota oro y otros metales en 16 países con el sistema de mega-minería a cielo abierto, que a través de la aplicación de cianuro para separar a la roca del oro, hace rentable la extracción de un gramo de oro por tonelada, al costo de consumir millones de litros de agua al día y de afectar seriamente el equilibrio delicado de las altas cumbres cordilleranas.



Y el miedo siempre es el agua. Después de una rápida estadía en San Juan Capital, donde me hospedé en casa de Koki, un lector, salgo hacia Jáchal. Allí converso con la familia Robledo sobre el tema. Pedro, a quien conocí en un viaje anterior por la región, es quien me ayuda a navegar la realidad jachallera. Objetivo, conciliador, está terminando la carrera de Ciencias Políticas, criando a Guadalupe, su hija, y ayudando a su familia con el taller mecánico del padre. En el almuerzo familiar, debajo de un parral, conversamos sobre la calidad del agua local. Desde que está la minera, nadie abre la canilla con confianza. Sorprende que en una población que está a los pies de los Andes, y a dónde llega el río que ostenta el nombre del pueblo, la población se abastezca de un acueducto que trae el agua de un pozo, cerca de Huaco, al norte. Es que el Río Jáchal apenas si tiene cauce, y Dios sabe lo que transporta… “El cáncer ya no nos sorprende” – vaticina su madre mientras sirve la humita con algo de resignación.

Jáchal fue el foco de una resistencia allá por el 2005… En ese momento, el “No a la Mina” estaba en boca de todos, pero recién ahora la gente se está topando con las primeras consecuencias nocivas de la explotación minera. Los agricultores, que al principio tomaban una posición distante y apoyaban con su silencio al emprendimiento minero, ahora se enteran por los diarios de que la Dirección de Hidráulica les cortará el agua por 70 días para que la minera pueda mantener los niveles de agua necesarios…


¿Por qué no le cortan el agua primero a la mina? ¿No tiene prioridad el ser humano? Eso se pregunta Ramón Dominguez, de 75 años. Ramón fue arriero hasta los años 60. Conserva en su estampa la estética del gaucho primordial, con su pañuelo al cuello y su sombrero, y en su memoria el orgullo de haber vivido los días en que ser jachallero era precisamente eso, un orgullo. En esa época cruzaba ganado a Chile por el paso de Aguas Negras. “Hasta 45 días montando a pelo,” – recuerda. Era uno más de una estirpe de estoicos hombres de campo. La tierra era productiva; y la gente, productora. “Jachal era hermoso se sesgaba y se trillaba entre todos los vecinos”. Por entonces los molinos de Jáchal –si bien ya algo obsoletos en el marco económico global- aún hacía rodar sus pesadas ruedas, acaso, incluso, en sentido contrario a los tiempos que comenzaban a acosar. “¡No nos van a correr! Quieren que abandonemos Jáchal” – se queja. Ramón continúa su finca casi como un hobby. Las pocas precipitaciones y la escasa agua de riego le permiten sólo con dificultad producir una modesta cantidad de tomates, berenjenas, habas y cebollas. Y su tono de voz se va poniendo cada vez más dramático: “Tendrían que haber abierto caminos, activar el ganado. ¡No ponerse a tirarle a la cordillera!”




El agua que llega a la antigua zona productiva está saturada en su contenido de arsénico. Las aguadas de los caballos, que antes duraban un mes, hoy se pudren a los 10 días. Aunque Ramón no lo menciona, me consta otro ejemplo: la cebolla. Jachal solía ser uno de los exportadores mundiales de cebolla. Desde la instalación de la minera, con el cambio de la composición química del agua, la cebolla que se produce no cumple con ningún requisito internacional, y apenas pueden colocarla, con suerte, en la vecina provincia de La Rioja. Como ironía máxima, mientras a unos se les dice que el único camino es la minería, otros lavan dinero y compran 260 hectáreas de olivos para dejarlos secar sin aplicarles una gota de agua. Los que acumulan tierras, no la trabajan; y los que no las tienen, marchan a la mina…



Hoy Ramón es un sobreviviente de la era de la producción en una época de planes municipales, asignaciones familiares y resignación minera. La juventud ya no tiene el temple que observo en las fotografías del viejo Jáchal, que Ramón va sacando de una prolijo estuche plástico. Mientras la juventud languidece entre un delirio místico de regetón y el lloriqueo por comprarse la última motocicleta china, Jachal y la región, parecen haber enterrado la rueda del molino, para marchar sumisos a trabajar en la mina.



Pedro me lleva por todo Jachal. Visitamos el centro y los distritos rurales buscando a los protagonistas, a las voces de este conflicto. A veces vamos en una motocicleta, y otras en un 505 que arranca después de pronunciar algunos salmos secretos… En una banquina del norte de San Juan nos detenemos a descansar –nosotros y el 505-. Pedro aprovecha a asegurarse que la mafia de Barrick no le haya aflojado las ruedas, como ya ha sucedido. La vista de las montañas es imponente. Por el medio pasa el Rio Jachal, con muy poco cauce. Pienso en las palabras de Ramón, de ese pasado fructífero de granos y molinos. Pedro parece leerme la mente, y se queja. “La minería se nos impone como un modelo, como el único modelo de desarrollo para la provincia. Gioja le hizo creer a todos que esto va a ser el despegue de la región”.


Y la gente en los barrios comienza a palpitar por adelantado el cumplimiento de su sueño: acceder al Direct TV… La mineria aparece así como un as del destino que va a sacar a San Juan de la pobreza. Aunque la minería jamás haya sacado a país alguno de la pobreza. Pedro sueña con un modelo alternativo. “¿Por qué esperar a que el gobierno te construya una casita si es tan fácil construir con medios naturales, como el adobe y materiales reciclados?” – se pregunta Pedro. El sueña con una gran comunidad auto-sustentable que sirva de modelo, de que la humanidad existe desde mucho antes que la mega-minería, y que somos lo suficientemente listos para procurarnos los alimentos a través del trabajo de la tierra, y no mediante la paciente espera de un subsidio, cual gatitos mansos que esperan que su amo les ponga enfrente un plato de leche. Pedro termina su elocuente exposición de ideas. Le iba a responder en el mismo tono progresista, pero recordé un grafitti que observé en San Juan capital, y esas fueron mis palabras: Las únicas minas que me gustan son las que tienen tetas.





¿Y es tan así? ¿Tan simple? ¿Es la minería el paraíso laboral que prometieron las empresas como Barrick y Yamana? Mientras el pueblo de Andalgalá prueba en carne propia cómo los garrotes y bastones son la respuesta oficial para quienes disienten con el modelo minero, acá en Jáchal vamos –esta vez en moto- a la casa de Tito. El hombre nos recibe rengueando en el umbral de la puerta de su antigua casa. Lugo destapa una gaseosa de naranja con que agasaja mi presencia, y nos ponemos a charlar. Tito empieza su discurso con elocuente gravedad: “He tenido la experiencia, lo cual no me es grato recordar, por daño físico y moral, de haber trabajado en la mina. Es desagradable lo que voy a decir: lo hice por necesidad, tenía dos hijos que alimentar...”. Relata luego lo precario del trabajo “allá arriba”. Cuando rocas enormes trababan los tamices que seleccionan las rocas, él debía entrar en el tamiz para moverlas manualmente. No tardó mucho en accidentarse, un tremendo golpe en la pierna. Aunque no podía trabajar, la junta médica dictaminó que apenas tenía un 12% de discapacidad. Con una sonrisa y una palmadita lo despidieron, percibiendo una indemnización mínima. ¿A dónde conseguirá trabajo ahora?

En San Juan son muchos los que tiene algo que decir. Pero los medios están comprados. No hay radio prácticamente que no reciba una pauta publicitaria de la Barrick o del Gobierno. Y atacar a uno es atacar al otro. La provincia vive en un estado de censura y colapso de las libertades de prensa que sólo juzgará la historia. Barrick regala computadoras a las escuelas, patrocina fiestas patronales y camisetas de reconocidos equipos de fútbol. Y con esta dádiva logra pasar por bueno ante un pueblo desorientado…



Pero no todos pierden el criterio. Guadalupe, la hijita de Pedro, tiene sus propios motivos, y dice: “Esos hombres de la mina son malos, si el río se queda sin agua… ¿dónde voy a jugar yo?”

EVENTO DE INTERCAMBIO EDUCATIVO EN ANGUALASTO



Angualasto se transformó en la sede del 3 encuentro de mi proyecto educativo nómade. Además de ver las fotografías, debatimos sobre sus problemáticas locales. La mayoría de la audiencia eran jóvenes de entre 16 y 20 años, que le reclaman al municipio la posibilidad de terminar el secundario. Para eso tiene que viajar 20 km, pero el gobierno no queire poner una combi a disposición de ellos ni tampoco construir una escuela, claro. Eso sí, el gobierno quiere fabricar de la nada un pueblo turístico, ahora que la minera pavimentó el camino (para su propio provecho). Un delegado de la municipalidad llegó vociferando que iban a contruir aerosillas incluso… Uno de los chicos le respondió, con excelente y rápido criterio: ¿Por qué entonces no contruyen una aerosilla que nos lleve a la escuela? Parece que el plan de futuro que ellos tienen para la juventud de Angualasto es que les sirvan el café a los turistas de la capital que lleguen a sacarle fotos a sus casas de adobe.

LA MURGA ANTI-MINERA DE TUDCUM


El terremoto en Chile nos despertó a Pedro y a mí en la localidad sanjuanina de Rodeo, en el Departamento de Iglesias, uno de los más castigados por la falta de agua. Habíamos llegado en moto el día anterior, alertados por un rumor sobre una marcha que tendría lugar en la plaza. Pero a las 3 AM el suelo, los muros de la vivienda en que pernoctábamos, la misma cama se movían como si la realidad estuviera siendo tamizada por un gigante obsesivo. Todos salimos afuera, y más que el miedo por el temblor, se notaba en la gente la angustia de no saber dónde había sido el epicentro. Sólo a la mañana podrían saber la respuesta y asegurarse de que sus familiares en otros pueblos se encontraban sanos y salvos. Hasta la cordillera se rasca para sacarse a las mineras de encima....




Comparto aquí algunas imágenes de la marcha. Al principio no había nadie en la plaza. Me acerqué a un hombre con la excusa de pedirle un cigarrillo, y en la mirada se leía que nos convocaba la misma lucha. Es más, eso se leía hasta en la forma de fumar el cigarrillo. El hombre renegaba de la globalización, que sólo hace escala en la propia tierra para saquear, como las garras de un ave de rapiña. Además, se quejaba con una lucidez mientras terminaba de largar el humo del cigarro, nos golpean también de lejos. Cae la bolsa en Tokyo y nosotros los pobres pagamos los platos rotos. ¿Y a mi qué me importa Tokyo y su bolsa? Si yo a un banco entro a limpiarlo o a robarlo…





Alrededor de las siete de la tarde llegó la gente de Tudcum. ¿Por qué la mecha se encendió en Tudcum? En la última fiesta del pueblo, sucedió que la murga local no pudo terminar de interpretar su canción porque hablaba en contra de la minería. En una fiesta patrocinada por la misma empresa minera, la Barrick, los chicos estaban declarando su desacuerdo sin pelos en la lengua. Las autoridades comenzaron a mirarse desconcertadas y, mientras los representantes de la minera miraban al suelo, el sonidista fue el único que tuvo el reflejo de subirles el volumen de la cortina musical. Lo increíble y emotivo sucedió cuando el pueblo comenzó a aplaudir a los chicos….



Además de la murga había allí gente que había trabajado en la mina, que contó como la Barrick ha ido secando todas las vegas y manantiales de agua, como el pozo técnicamente conocido como GW 8. Se contaron, en asamblea, para el que no lo conociera, los planes de moler en pedazos los glaciares Toto I, Toro II, y Esperanza, para transportarlos a otra parte como ropa sucia y extraer el oro debajo. Esto sucederá en un par de años cuando inicie sus actividades Pascua Lama, una mina binacional. Mientras le ley de glaciares sigue vetada, estas empresas siguen alterando la paz de la cordillera y el curso de la naturaleza. Una de las acusaciones más serias de los agricultores de la zona es que la minera arroja al aire bombas de ioduro de plata para evitar las precipitaciones y poder trabajar todo el año….


Para terminar, comparto con Uds la letra de la murga que coreamos todos mientras marchábamos.

Llegamos a Rodeo
La murga está en fiesta
Semilla de la manzana
Quiere florecer.

El agua está fiera
y contaminada.
Cordillera de los Andes
Quiero protege.

El agua no llega,
La usa la Barrick.
Iglesia se está secando
No puedo creer.

Pídeme la luna, te la bajaré
Dame una tierra la cultivaré.
Pero no me pidas que me quede así,
Porque en Iglesia yo quiero vivir.