sábado 31 de octubre de 2009

Muestra virtual de fotos de Afganistán.

Estas niñas en Bamian, quisieron que el mundo las conociera...

En Dowlat yar, comparto la ruta con un grupo de nómadas.

Una calle cualquiera en Kabul, donde abunda la chatarra de la guerra...


Cowboy y el comandante de la policía, en territorio talibán positivo...



Cuanrenta jinetes jueegan el brutal bushkashi, el deporte nacional afgano


La primera familia que me alojó en Afganistán, en Islam Qaleh.


Té en el campo minado, inicio de la Ruta Central.


El fatasma de Herat. Tal es el aspecto que el burka confiere a la mujer afgana promedio.
Para leer la historia completa del viaje, coneseguí el libro desde mi Tienda Virtual

LLEGO EL PROYECTOR DONADO POR EL MOVIMIENTO MUNDIAL PARA LA SALUD DE LOS PUEBLOS


El Movimiento Mundial para la Salud de los Pueblos es un organismo con sede en 90 países cuyo lema es "Salud para Todos y Todas ahora". Obviamente, entiende a la salud como un concepto que va mucho más allá que la mera ausencia de enfermedad. Lo entiende en un sentido amplio, que abraza dimensiones elementales, pero frecuentemente olvidadas, como el acceso a la cultura, a la expresión estética, y sobretodo, a la capacidad para reflexionar. ¿Cómo solucionar nuestros problemas sin un nivel de reflexión, personal y comunitario?
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El año pasado, el MSP y quien escribe acordaron cooperar en relación al proyecto de viaje que me ocupa, es decir, el de recorrer el continente de Argentina hasta Alaska a bordo del Americiclo. Mi plan contempla realizar eventos educativos gratuitos en escuelas, barrios, comunidades y aldeas del continente. A través de charlas acompañadas de muestras fotográficas, espero poder fomentar el conocimiento inter-cultural y de esta manera, la paz. Me propongo contrabandear un conocimiento horizontal entre pueblos, no mediados por la estructura de información del establishment. Aunque cargo fotografías impresas en papel, ahora el Movimiento Mundial para la Salud de los Pueblos me ha provisto con este magnífico proyector portátil Aipteck V-10 Pocket Cinema.
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De esta manera, ya no dependo de que las escuelas en cuestión dispongan de proyector propio. De hecho, es allí donde la muestra es más importante, en las sitios más humildes. Ahora, con este dispositivo, hasta en las aldeas más pequeñas, me bastará con cerrar las ventanas y encender este pequeño cine portátil, y mágicamente, cobrarán vida las personas y paisajes que han poblado mis pupilas en lo ya viajado hasta ahora. Compartiendo la hospitalidad recibida, quiero comunicar un mundo más humano, menos irremediable que el que nos convidan los medios, y que es funcional al aislamiento individual y al consumismo.

.demás, el proyector me permitirá mostrar películas y documentales sobre la temática minera en sitios particularmente afectados por estos conflictos.

lunes 26 de octubre de 2009

LA ILUSIÓN ES LO ÚLTIMO QUE SE PIERDE


Fotografía tomada por Raúl Antón en los antiguos galpones ferroviarios de Bahía Blanca, Argentina. El Chevrolet 400 tiene poco ánimo de arrancar, y el mínimo equipaje a mis pies indica que no es necesario Photoshop para trucar una foto. ¡Es que no estoy yendo a ninguna parte! Estos meses, tan especiales para mí, son un cóctel de preparativos, añoranza del movimiento e ilusión.
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Preparativos porque el viaje que emprenderé a mediados de diciembre (de Argentina a Alaska) será el más complejo hasta el momento. Complejo porque además de sobrevivir, vivir, y escribir (los 3 vbirs del escritor viajero) estaré coordinando dos proyectos culturales maratónicos: la documentación del impacto socio-ambiental de las mineras y los eventos educativos pueblo a pueblo. Por otro lado paso mis días viendo a mi herrero y al bicicletero debatir posibles soluciones para el Americiclo, que en estos momentos está en el taller: se le están soldando soportes para llevar mochilas y alforjas. Además, acabo de comprar botas de trekking (unas Nikko) para el viaje. En cuanto a lo teórico, sigo organizando un esquema horizontal de auspiciantes del proyecto, (si querés volverte cómplice, lee el proyecto aquí) y leyendo todo lo que encuentro en internet sobre conflictos mineros. En estos días también, estoy comprando el proyector portátil con que haré los eventos durante el viaje.
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Lo de añoranza del movimiento es obvio. Aunque estoy muy bien cuidado aquí en Mar del Plata, extraño el horizonte movible, las tardes de incertidumbre adivinando qué punto del mapa arropará el cansancio de cada noche, y la gente...
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Finalmente ilusión, pues en diciembre, poco antes de mi partida, será el lanzamiento nacional del primero de mis libros en llegar a librerías de todo el país. Hablo de Vagabundeando en el Eje del Mal - Un viaje a dedo en Irak, Irán y Afganistán al que muchos conocen en su edición independiente. Ahora será distribuido por Editorial Del Nuevo Extremo en una cuidada edición de 340 páginas, con fotos a color y mapas, capítulos nuevos, en fin, otro libro.
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Después de tantos años de soñarlo, no veo la hora de tener el libro en mis manos. Ilusiones y ansiedades ya han formado rastas en mi alma: jamás pensé que mis libros llegarían a las librerías de forma masiva. Ahora que estoy a un paso, renuevo mi esperanza de que ese nuevo paso me ayude a seguir cumpliendo mi sueño de viajar de forma indefinida por el mundo, escribiendo y compartiendo los nuevos caminos en nuevos libros.... La ilusión es lo último que se pierde.

miércoles 14 de octubre de 2009

POSTALES DE COLONIA


Llegamos a Colonia, la gema turística de Uruguay, después de un atípico tour del país vecino, en el que pernoctamos pueblos de campaña, confraternizando con esquiladores y comisarios. Ya tan habituados a esos parajes bucólicos y a su gente pausada, nos abrumó al inicio la permeabilidad hacia el resto del planeta que caracteriza a Colonia. Viajeros de todas las nacionalidades llegan a apreciar la arquitectura colonial declarada Patrominio de la Humanidad por la UNESCO en 1995.
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Allí llegamos desde San Gregorio de Polanco en un camión de transporte de ganado. Aunque este camión nos dejó cerca de Nueva Helvecia, bajo una llovizna molesta, allí sólo demoramos un minuto de reloj en detener una camioneta que se dirigía a Real de San Carlos, localidad ubicada a 3 km. de Colonia, donde por coincidencia, nos esperaba Gino, miembro local de Hospitality Club.




La zona del puerto de yates se volvió pronto nuestra preferida, para tirarnos a tomar sol como lagartos, aprovechando un edificio demolido que le daba un toque apocalíptico interesante al pintoresco entorno colonial. Un verdadero baldío que hacía torcer la sonrisa de ocasión a todo turista que llegaba a la mencionada esquina.



Fundada en 1680 por los portugueses frente a Buenos Aires, la ciudad conserva en cierto grado su arquitectura colonial.




Un punto interesante de la pose estética de la ciudad es la disposición de automóviles antiguos -fuera o no de funcionamiento- frente a los cafés y restaurantes. Sólo Uruguay puede darse el lujo de tan elegante decoración, gracias a la cantidad de vehículos antiguos que comienzan a sobrar a medida que la gente accede cada vez más a nuevos automotores. En Cuba sobran los automóviles antiguos, pero no son parte de la decoración, sino el único parque automotor del país. Siria podría sacar a relucir una flota de viejos Cadillacs y De Sotos, pero tanto turistas como cafés están allí ausentes casi por completo.





Paisaje en las playas de Real de San Carlos.






Carros donde se puede almorzar sandwiches de chivito, choripan, o empanadas...





Puesta de sol ante una flota de yates, muchos procedentes de la vecina Buenos Aires.




Paula haciendo alarde de su capacidad de ver todo al revés....




La Plaza de toros de Real de San Carlos, construida por empresarios argentinos en la primera década del siglo XX. La plaza vio pocas corridas, para desgracia de la elite porteña, Uruguay promulgó pocos años más tarde una ley anti-taurina.

UN CURIOSO FUNDAMENTALISMO LATINOAMERICANO




Cierta vez en Potosí, Bolivia, observe en mural que rezaba “Hermandad entre Latinoamericanos”. Sin dejar de estar de acuerdo con la necesaria unión continental, lamenté que la consigna no se extendiera a toda la humanidad. Para mí todo el mercado circundante –y hasta algunos aromas- evocaban a los bazares de Medio Oriente, y las cholas, con su porte y vestimenta, no hubieran desentonado en los alrededores del Potala o en el Norte de India. Me pareció triste en ese momento que hubiera necesidad de circunscribir los alcances de la hermandad a un sector geográfico. Hace pocos días, en Valle Edén, Uruguay, un episodio, que relataré, me hizo recordar aquel mural potosino.

Carmen – nuestra anfitriona- nos llevó a conocer a una pareja de artesanos que se habían instalado hace poco en el pueblo, en una vivienda desocupada que pidieron prestada mientras no aparecieran sus dueños. Con ellos y otros vecinos nos sentamos a tomar mate. Nos resumimos brevemente nuestras vidas y nos sorprendimos mucho cuando Héctor pareció hasta disgustarse al escuchar que yo había viajado por Europa y Asia. Más aún le molestó que yo planeara recorrer el continente organizando muestras fotográficas sobre Medio Oriente y Asia con el fin de promover la tolerancia cultural y la empatía. ¡Para Héctor el mundo acababa en Latinoamérica!

Creo que en el proceso de viajar fui perdiendo muchos parámetros de identidad inventados por las burocracias de los hombres. Siento que al caminar por el planeta tengo algo que ver cada vez con más pueblos. Por eso me cuesta entender cuando, a veces, me encuentro con fundamentalismos y dogmatismos que emergen en formatos novedosos…. A mi lado le tenía a Héctor señalando que el error de los nativos había sido recibir con hospitalidad a los colonizadores europeos, confundiéndolos con dioses. En eso se puede estar de acuerdo. Lógicamente, lo que no pude consentir, ni siquiera por cortesía, fue su receta mágica, consistente en cerrar las fronteras del continente al mundo. Al instante se me antojó el término fundamentalismo latinoamericano para describir tamaña incapacidad de aceptar la diversidad.



Mercado callejero en Bolivia

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Mercado callejero en Leh, India. ¿Hay que estar cerca para asemejarnos?


¿Qué habría pasado si los europeos no hubieran desembarcado con sus carabelas? – nos preguntó. Nos miramos con Paula. Probablemente –en el caso de superar sus propias guerras civiles- hubieran sido los incas los encargados de desalojar a los charruas de su sagrada pradera. Pronto entendimos que Héctor, como muchos, tenía una visión romántica de la América precolombina. Olvidaba, como muchos, que aztecas e incas, por nombrar sólo dos pueblos emblemáticos, se basaban en el poder militar y extendían su dominio sobre territorios a los que dominaban económica y culturalmente. Los incas se cansaron de azotar a los Chachapoyas, collas, cajamarcas, cañaris, etc. No eran simplemente hábiles constructores de futuros pueblos desoladps….

Yo la miraba a Paula, quien estudió profesorado de historia, y veía como se contenía para hacer una réplica acotada y pedagógica, que al final soltó. Abarcando a media humanidad desde los hititas al presente, Paula subrayó que desde el principio de los tiempos hubo grupos humanos que al encontrarse con otros enfrentaban, militar o económicamente, para luego anexarlos y servirse de algunos de sus elementos culturales. Estos mecanismos de dialéctica y síntesis no eran ajenos a América, y explican, por ejemplo, por qué el quechua se volvió una lengua franca en toda la zona andina.


Por otro lado, Paula también señaló que los nativos americanos solían librar a su propia suerte a quienes nacían deformes. Nuestro amigo, sin darse cuenta, parafraseó a Hitler y alegó que eso estaba bien, y que sucedía lo mismo con los ganaderos que seleccionan lo mejor de su lote para reproducción. Por el camino de la irracional suscripción a todo lo indígena, Héctor se muerde la cola y termina festejando la eugenesia, uno de los pilares más aberrantes del nazismo.



Sirios tomando mate en Aleppo. Otro ejemplo de afinidad a pesar de la distancia

Desde mi posición, no justifico ninguno de los dos etnocentrismos, ni el europeo-darwiniano ni el incaico, mientras que para nuestro nuevo amigo la historia se reducía a dos bandos, los buenos y los malos, cowboys e indios. Antes de despedirme quise obsequiarle una de mis postales artesanales, pero él las rechazó alegando que si no eran de América no le interesaban. En ese momento sentí que entonces toda la magnifica gente que yo conocí durante dos años en Asia no valía nada sólo por haber nacido fuera de Latinoamérica. Le advertí a mi interlocutor que no se preocupara, que también había fotografías tomadas en Latinoamérica. Las revisó y – con algún desgano- eligió una de un atardecer sanjuanino.

Como reflexión, invito a pensar en los mitos que asumimos a veces sin razonamiento previo, seducidos por el brillo o encanto de algunas ideas. En primer lugar, no entiendo las desigualdades, en ningún ámbito. Por eso no comprendo por qué los habitantes de América Latina sean más valiosos o especiales que los de Asia. El haber nacido en este continente no debería llevarme a priorizar a los míos sobre mis hermanos que viven lejos. Los pueblos no son equipos de fútbol por los que se hincha. En general, es muy común escuchar el argumento categóricamente soltado, de que uno tiene que empezar por conocer su propio país, luego recorrer el continente, y de allí pensar en cruzar el océano. Yo no creo que tenga sentido semejante método escalonado. Por eso creo que es tan importante conocer Pakistán o Ucrania como Perú o Bolivia. Que cada uno elija según sus intereses.

Quizás los últimos dos países tengan un aura de misticismo étnico que deslumbre a muchos viajeros, pero dudo de que el hecho de visitarlos encierre en sí mismo sabiduría o rectitud política alguna. Se puede entender que por motivos de conveniencia, proximidad, o vigencia en el imaginario colectivo de “lo viajable”, estos sean casi siempre los países iniciáticos para los viajeros de Buenos Aires o Montevideo. Pero hay que recordar con humildad que el mundo está compuesto por más de 200 países y otros tantos territorios, donde se hablan unas 5.700 lenguas (incluido el quechua, sí). Algunos de estos países pueden parecer entes abstractos. ¿Qué hay en Mali, nación del África Occidental? Fue un ejemplo, pero Mali, Bangladesh o Yemen tienen sus lenguas nativas, su música, su problemática social y política.

He visto a gente cruzar, en un viaje primerizo, de La Quiaca (Argentina, lo aclaro por si alguien de Mali está leyendo) a Villazón (Bolivia) para volver cargados de morrales y gorros de lanas con orejeras. Hasta ahí vamos bárbaro. Hay que aprovechar tanto de los bellos diseños del altiplano como de la ventaja del peso argentino sobre el local. Lo curioso nos subyuga cuando estas personas manifiestan haber descubierto el paraíso, nos cuentan que se conectaron con la Pachamama mientras devoraban desayunos –occidentales y económicos- en Copacabana y sueltan predicativamente algún slogan que descalifica al resto de la humanidad…

Eso mismo es lo que sucedió en Valle Edén, mientras tomábamos mates con Héctor. Comenzó a explicar, catárticamente, que los europeos eran extraterrestres, que evolucionaron de manera deforme. El resto de los pueblos del planeta, los afganos, los turcos, los indios –presentes desde mis fotografías- acaso eran sólo una franja prescindible de la biodiversidad del planeta. Esperemos que algún día logremos tener una conciencia global sin podios, ojalá llegemos a sentir cerca a los que están lejos, y terminemos por desacatar el espejismo de las distancias. Y ojalá, cuando viajemos, construyamos la conexión con las naciones visitadas desde abajo, desde la convivencia con la cotidianidad de sus pobladores, y no –solamente- desde la visita a sus sitios de interés arqueológico (Machu Pichu, Cusco, etc), paraísos terrenales (Montañita, Copacabana) o nodos de encuentros de viajeros (Humahuaca, Tilcara, etc).
¡Buenos Caminos!

sábado 10 de octubre de 2009

San Gregorio de Polanco: murales y tormenta



En el auto de Cyrile y Amondine salimos rumbo a San Gregorio de Polanco, utilizando la ruta . Al verla en el mapa, desplegando su rojo sangíneo verticalmente y cortando Uruguay de norte a sur, uno espera que allí el transito sea cuantioso. Sin embargo, la fotografía ilustra la realidad de la ruta 5... Llegamos a preguntarnos ¿dònde están los uruguayos?


Armamos nuestras carpas a orillas del Rio Negro, en el camping municipal.


Salimos a recorrer el pueblo, famoso por sus murales, que vendrían a conformar el Primer Museo Abierto de Artes Visuales de Uruguay. ¡Qué sorpresa encotrar una réplica de "La lechera" de Jan Vermeer junto a un taller mecánico...!





Los murales abarcaban distintas temáticas, desde el dao ecológico hasta el letmotiv de Gardel. En esta foto, el certificado de nacimiento de Gardel, la prueba más irrefutable de su origne uruguayo.



Por la noche se nos vino una tormenta encima. Por suerte habíamos juntado leña a la tarde, por lo que sólo nos quedó refugiarnos bajo el tinglado, enseñarles a nuestros amigos franceses a jugar al chin-chon, y bajarnos dos botellas de vino uruguayo (demasiado suave para mi gusto)

BELLEZA NATURAL E INDUSTRIAL EN VALLE EDÉN


Paula y yo en el “Pozo Hondo”, una caída de agua hermosa cerca de Valle Edén. Llegamos en el auto de Amondine y Cyrile, dos viajeros franceses con quien luego seguiríamos viaje hacia San Gregorio de Polanco.



Decadencai ferroviaria -otra forma de belleza- junto a la estación de AFE abandonada. Nosotros le sugerimos a Mabel hacer un hostel con los vagones reciclados...

VALLE EDÉN: LA CUNA HIPPIE DE GARDEL…


Carmen nos ha recomendado que visitemos a Mabel, una amiga suya que vive en Valle Edén, un pueblito agreste en medio a unas colinas forestadas surcadas por un río. Son sólo 26 km, por lo que aprovechamos la cama de dos plazas para dormir a pata suelta y sólo al mediodía salimos a la ruta. Valle Edén no es un pueblito más. A los ojos del mundo, su motivo de fama es su reclamo histórico como lugar de nacimiento de Carlos Gardel, el cantante de tango más famoso. Para nosotros, el sitio resplandece sobre todo por haber albergado un Encuentro Arco Iris.




Para llegar allí hicimos dedo a la salida de Tacuarembó, en una banquina adornada por una gallina decapitada, velas rojas a medio derretir, y otros restos de algún rito umbanda. Esperamos 45 minutos, ya habituados a la falta de tránsito de las rutas uruguayas, y en ese lapso pasaron apenas siete u ocho vehículos. Un intermediario rural nos terminó llevando en un Chevrolet Celta. El hombre le había dado al whiskey y al llegar se olvidó de su propio destino y paseó con nosotros por el pueblo, mostrándonos el sitio del Museo de Carlos Gardel.





Ni bien llegamos nos agradó la energía del lugar. Chanchos, caballos y gallinas se alimentan juntos. Gauchos a caballo, pasan a buscar a sus hijas a la escuela y bajan a hacer sus compras en el almacén del poblado. Nosotros le pedimos al almacenero que nos haga un par de sándwiches, y el hombre corta fetas deslizando el bloque de queso por un disco afilado que hace girar con una manivela, con toda la tranquilidad con que el mundo gira en esta zona. El nombre Edén parece elegido tras observar detenidamente la atmósfera del pueblo. Desde una columna, Gardel –omnipresente como una especie de Cristo o Artigas- nos observa con su sonrisa picarona y algo engreída, sobre un póster del Tacuarembó Fútbol Club.



Prontos nos establecemos en la casa de Mabel, a la que uno llega trepando una colina y cruzando tres alambrados. La casa es humilde, con techos bajos y su propio pozo de agua. Cléver, un hombre de mesiánica barba blanca y pacíficos ojos celestes, nos saluda desde dentro de uno de los invernaderos son dejar de aplicar su otra mano a la tierra. Dentro Mabel nos recibe con mate de té, una infusión preparada con cedrón, cáscara de limón y manzana, romero y otras hierbas. Al lado del aljibe armamos nuestra carpa –por primera vez en Uruguay, sí- y salimos a recorrer un poco el poblado.






Valle Edén no tiene casco urbano alguno. Sus viviendas están esparcidas a lo largo del valle. Sobre una de las colinas está la escuela y el Museo Carlos Gardel, y no lejos de allí la estación de trenes, hoy en desuso, que dio origen al pueblo. Hay un almacén, un camping municipal y un par de posadas costosas para los turistas que llegan en temporada huyendo del ajetreo capitalino. El río, que forma algunas playas de piedra, es sorteado mediante un puente colgante. En la base del puente, vemos una pareja y a una nena dentro de una carpa cerca de dos caballos atados. Mabel nos dice que son una familia de artesanos que llegaron a caballo y se han establecido por unas semanas allí. Cuando ella les ofreció zapatos y juguetes para la nena, ellos agradecieron pero rechazaron los obsequios, explicando que ellos confeccionaban su propio calzado y que la nena no jugaba con juguetes.




Mabel es auxiliar de la escuela del pueblo: allí les prepara la comida a los chicos. Además, tiene una proveeduría en el camping municipal, y planea habilitar algunas cabañas para los turistas que llegan en verano. Nos damos una vuelta por la escuela, naturalmente llamada “Carlos Gardel”. Allí tenemos la oportunidad de ver de cerca las famosas computadoras portátiles del Plan Ceibal, que el gobierno ha entregado gratuitamente a cada alumno del país. Las maestras se quejan de que no estaría de más que ellas recibieran alguna capacitación para guiar a sus alumnos, que saben más que ellas, en las actividades.


¿Y qué mejor que las maestras para contarnos la historia de Gardel? A primera vista toda la atmósfera de Valle Edén –de exhuberancia casi tropical- resulta completamente ajena a un personaje como Gardel, envuelto en un aura de melancolía urbana tanguera. No menos extraño es que un pueblito agreste sin trazado urbano se trence en abierta pulseada con urbes como Buenos Aires o Toulouse, en torno al lugar de nacimiento del icono. La versión local cuenta que Gardel fue el fruto de la unión ilegítima de un terrateniente local con su cuñada, motivo por el cual envió al niño a Francia con una amiga actriz. Gardel hablaba poco del asunto, pero lo cierto es que su pasaporte emitido por el consulado argentino en Francia indica Tacuarembó como lugar de nacimiento.




La cena en casa de Mabel transcurre en el cálido ambiente de techo bajo, muy cerca del hogar encendido. Ha llegado el hijo de Mabel, quien se pasó toda la tarde buscando a una vaca perdida, también Clever y Fernando. Fernando es constructor y artesano. Lo vimos a la tarde entrenzar hojas de palma para formar un sombrero. Es él quien nos cuenta la historia de los charrúas, y su trágico fin cuando el General Rivera los embosca en el Arroyo Salsipuedes en 1831. Aparentemente Rivera citó a todos los caciques para proponerles se aliaran a él contra los portugueses, pero cuando todos habitaron un campamento compacto abrió fuego sobre ellos. Los sobrevivientes ocultaron su origen. Los vencedores incluso se llevaron a cuatro charruas enjaulados a Francia como atracción circense. Sólo hace una década surgieron grupos que reclaman sus derechos como herederos de los pobladores nativos de este suelo. Según Fernando, la hospitalidad del Uruguay contemporáneo, que nos ha deslumbrado, deriva del trato horizontal que practicaban los charruas. Cléver asiente con la paz de sus ojos celestes, y frotándose la barba albina, desde su silla en la esquina de la sala. Paula acepta el mate que viene girando y se sorprende cuando a su lado aparece, moviendo su hocico en busca de caricias, una ternera llamada Milagros.

Fernando, quien rompió su credencial para votar cuando se enteró que el mismo gobierno de izquierda votó una protección arancelaria para inversores norteamericanos, es sin dudas un lícito transmisor de estas palabras charruas:

“Hemos sobrevolado el territorio,
Hemos sobrevolado la muerte,
Hemos sobrevolado la traición,
Y aún estamos aquí.
¡Te amamos, gran pradera!








CARMEN Y LA REVOLUCIÓN DE LAS SEMILLAS.


Es natural que una casa refleje la personalidad de la persona que vive allí. Si hubiéramos conocido antes a María del Carmen, nuestra anfitriona de Couchsurfing en Tacuarembó, no nos hubiera sorprendido encontrar allí un armonioso collage de artesanías, libros, frascos con semillas, etc. María del Carmen ha hecho de todo en su vida, y actualmente realiza talleres con adultos esquizofrénicos, en una institución de salud pública. En su tiempo libre uno la puede en una variedad de actividades que van desde la encuadernación artesanal hasta el cuidado –maternal, uno diría- de los centenares de plantas que, en macetas, plantines, y terrarios de tergopol, pululan de cada rincón de la casa. La variedad es tal –ajenjo, menta, lavanda, tomate, quínoa, etc) que se me ocurre pensar que Carmen tiene noticias de algún diluvio universal y ha decidido emular a Noe. Carmen tiene una estrecha afinidad con la tierra y las semillas. El año pasado estuvo de visita en una comunidad sustentable cercana a Luján, Argentina, llamada Gaia, y en cada comentario deja en claro su compromiso con el tema. Como dijo Javier Navarlatz, un amigo de Buenos Aires, dentro de poco tiempo, el acto más revolucionario va a ser plantar un zapallo en el jardín.



Sobre la mesa hay dos libros. Los hojeamos mientras Carmen nos sirve un riquísimo guiso de lentejas – que será luego acompañado por una compota de limón- Uno es “Legado de la Luna”, de Julia Butterfly Hill, una mujer que en protesta por la tala de un bosque de secuoyas en California, se trepó a una de ellas y vivió dos años en su copa. No puedo dejar de compararla con las campesinas ecuatorianas que hoy día se enfrentan a compañías mineras canadienses. La asimetría en la lucha nos condena. La conciencia y la sabiduría han sido barajas mucho menos repartidas que la apatía y la avaricia…También ha habido asimetría en la distribución de la inteligencia, en eso estoy de acuerdo con Platón, quien asociaba la maldad a la ignorancia. El otro libro se llama “Títeres del Mundo”, y es una guía ilustrada con imágenes de títeres de todo el mundo, que llega a las manos de Paula justo cuando ella quería aprender sobre el tema. Cómo no recordar al Colo Pascale, titiritero y viajero de San Nicolás, Provincia de Buenos Aires.

MISTERIO Y POCO TRÁNSITO EN LA “RUTA DE LOS CHARRUAS”


Baldomir y su señora nos llevaron unos 20 kms en la camioneta, hasta un pueblo llamado Morató. En el camino a Baldmir le sorprende que en Argentina también haya ñandúes. Antes le encomendaron al policía local que nos encontrara transporte, si alguien llegara a pasar por ese paraje olvidado. Con unas galletas de campo que compramos (Ah, ¿son del país de los Kirchner? –preguntó el almacenero) y dos milanesas que habían sobrado de la cena de ayer almorzamos, recostados sobre las mochilas en la fantástica incertidumbre de un cruce de caminos de tierra. En frente a nosotros hay una iglesia cerrada. Una manada de vacas van y vienen, cruzando la ruta desolada a sus anchas, pero siempre manteniendo cierta distancia de los intrusos.


Tiene que pasar una hora para que se detenga una camión. El hombre nos lleva hasta dos kilómetros antes de un pueblo llamado Tiatucurá. El parece estar tan perdido como nosotros. Va a buscar un ganado a un campo para luego llevarlo a Salto, pero tiene que pedir orientación por teléfono: estos caminos sólo los conocen los locales. Le preguntamos por qué algunos carteles señalan Ruta de lo Charrúas. “Yo siempre me pregunté lo mismo” – responde. Día más tarde nos daríamos cuenta lo terrible que es que un uruguayo desconozca la respuesta a nuestra pregunta. Quedamos nuevamente a pie y caminamos hacia Tiatucurá, pueblo que vemos a lo lejos. A nuestro lado, antes del alambrado, vemos montones de piedras que parecen apiladas allí por obra del hombre. Paula dice que una tiene forma de cara. Ella sugiere que puede haber servido a los Charrúas como índice de algún depósito de armas o alimentos. Y casi por sentirnos un rato arqueólogos espiamos entre las piedras gastadas. Lo que no estaba en nuestras expectativas era divisar, entre las fisuras, el contorno inconfundible de una caja. Envuelta en una hoja metálica con avisos fúnebres impresos, y rodeada con una vuelta de alambre, se presentó como un misterio absoluto. De la caja salían toda clase de bichos lo que, junto a los visos fúnebres, nos hizo pensar que se trataba de restos de algún animal muerto, o incluso de un humano. Los avisos fúnebres databan de 2006, y era inexplicable que hubieran sido impresos en metal. La caja era de madera, y por algunas de sus tablas sueltas, pudimos ver restos de un panal de abejas. Al parecer, era una caja de las usadas para apicultura. Claramente eso explicaba los insectos. Pero jamás entendimos qué extraña ritual había llevado a alguien a enterrarla entre piedras y envolverla en metal. Si algún lector tiene idea…

En Tiatucurá el comisario nos pidió los documentos, y volvió a mencionar eso de la población flotante. Viven 59 personas. Volvemos a hacer dedo en un cruce de tierra. Muy cerca del arroyo Salsipuedes, donde tuvo lugar la matanza de los últimos charrúas. Al lado, el cruce que va a Arbolito. Esperamos 3 horas. Pau juega a asustar las vacas, que gradualmente vuelven a sus lugares cuando ella deja de acercarse. Pasa una mujer en una doble cabina. Le hacemos dedo con esperanza, pero ella hace un gesto despectivo con la mano, siendo la encargada de hacernos saber que en Uruguay también hay gente maleducada. Como parecía que nos íbamos a quedar allí todo el día comenzamos a hacernos amigos del tipo que vivía en la única vivienda del lugar. Mi idea era comprarle pan o algo de comer para evitar regresar al pueblo. Para acampar, había una pala mecánica.

Al final frenó una camioneta de un administrador de una estancia que estaba en Clara, otro pueblo mínimo. Con aire acondicionado galopamos a través de esa llanura ya huérfana de sus Charruas… Cruzamos el arroyo Salsipuedes, hito histórico donde el General Rivera emboscó a los últimos charrúas. Ese moretón olvidado de la historia uruguaya pasa casi desapercibido por la ventanilla de quien no esté prevenido. Un vacío late en silencio, apenas un vado pantanoso a una distancia sideral de Montevideo, Punta del Este, Colonia o cualquier otra localidad considerada hoy representativa del Uruguay.

La camioneta nos dejó en el cruce con una ruta principal, la ruta 5, que lleva a Tacuarembó, cuando el sol ya era una mínima rodaja vencida por el horizonte. Por primera vez estábamos haciendo dedo en una ruta de asfalto en Uruguay. Era para tener expectativa, porque mientras la hospitalidad es más o menos predecible en zonas rurales, todo mochilero sabe que el asfalto no sólo permite acelerar a los vehículos sino que también acelera el ritmo de vida de los pueblos que enhebra. Igualmente, la luz residual no nos alcanzó para poder medir la hospitalidad uruguaya en asfalto bajo condiciones normales. Por el contrario, tuvimos que arrimarnos debajo de un poste de alumbrado para ser relativamente visibles. Autostop nocturno, con el acompañamiento de la orquesta de estómagos vacíos de Juan y Paula, con retorcijones en re menor. Reclutando en un almacén un paquete de galletitas, pasamos a esgrimir sonrisas irreales a conductores invisibilizados por el horario y la velocidad. Pasaban pocos autos, a decir verdad, para ser una ruta nacional troncal. Tuvimos que aceptar que las rutas del interior uruguayo están prácticamente vacías. Tras 55 minutos de espera nos frenó otro camión VW Worker, y dos horas más tarde estábamos llegando a la casa de María del Carmen, nuestra anfitriona de Couchsurfing en Tacuarembó.


DUELO DE BILLAR EN EL BOLICHE DE MERINOS


Luego nos damos una vuelta por el “Comercio” del pueblo. El clásico almacen de ramos generales donde también se sirven bebidas y se juega billar. En ésta última destreza Baldomir parece ser el experto del pueblo. Tras abrir la puerta y ver al dueño del establecimiento, un hombre de enormes brazos, bigotes y ojos saltones, ambos se paralizaron como dos perros rivales y se retaron tácitamente a duelo, uno de esos duelos que llevan lustros de reediciones y revanchas. Para hacer enojar a su contrincante, Baldomir manipulaba mi presencia –y la de mi cámara- y aseguraba: “¡Me vienen a contratar para el casino de Mar del Plata!”. Y si la jugada era exitosa añadía: “¡Sacale una foto, sacale una foto a eso! Por cierto espíritu de imparcialidad dejé a los dos hombres solos, para que pudieran continuar los do juegos en los que se medían. Pues las bolas de billar ruedan sobre el paño, pero la oratoria que las sobrevuela, la manera en que cada jugador desalienta al rival marcándole sus errores o celebrando alguna carambola propia es otra destreza que amerita puntaj aparte. Un buen orador puede perder y aún así dejar a su rival con la sensación de haber tenido, apenas, una inusual racha de suerte.



En el frente del boliche, hay un kilométrico mostrador de madera sobre el que cuelgan, a varios metros de suelo, todo tipo de herramientas y cintos de cuero con enormes evillas y medallas.. De éste lado del mostrador, dos ancianos beben tranquilos su caña. Intento seguir su conversación, pero como no tomé caña, entiendo poco, aunque parecían hablar del derecho a la justicia por mano propia.

- Les prohibieron el Mauser y el Winchester, porque no los sabían usar…
- Haz el bien y no ve a quien….
- Pero a esa gente… ¿cómo no le va a hacer un bien al mandarlos a la dulzura del más allá?
- Si se trata mal al pueblo, malo queda el pueblo. Lo único que le dan es vino.