
Me abría paso hacia el oeste. Esperé media hora más por la vieja camioneta Chevrolet C-10 de un alambrador y su familia. El hombre, de boina, bigote, y camisa arremangada, es el arquetipo del trabajador rural. Su ocupación invita a reflexionar. El alambre de púas es un símbolo de la propiedad privada y, muchas veces, herramienta de desplazamiento. Cuando estas pampas eran del indio no había alambrado alguno. Luego llegaron las “Guerras del desierto” y la propiedad privada. No puedo dejar de jugar con la hipótesis de una propiedad colectiva de la tierra. ¡Pero eso es una locura! Ya he escuchado antes. Sin embargo, debería preocuparnos que lo más lógico sea lo más osado y temido, mientras lo más irracional, como que una persona sea dueña de 5.000 hectáreas, sea aceptado (venerado). Pienso mientras el verde pasa por la ventanilla esfuminado por la velocidad de la camioneta. Pienso en lo que no es. No me refiero a una colectivización forzada a la Ceacescu, sino en la incapacidad humana para procurarse su propia alimentación, bajo el sistema que sea necesario.

Mis huéspedes en Benito Juárez son la familia Fantini, propietarios de una agronomía, como se llama en la zona a una empresa dedicada a la venta de semillas y a la siembra. Había sido Mariano, uno de los hermanos Fantini, residente en Bariloche, quien me había dado el contacto de su familia. Ahora, su hermano Julián aparecía para invitarme a transitar del galpón atestado de bolsas de semillas y tractores hacia su casa. Tras una arboleda, aparecía como en un sueño un inmenso chalet con sus alrededores parquizados y una piscina. Era el premio por el primer día de viaje. La ruta tiene esos gestos, a veces, con quienes la transitamos.


De Benito Juárez a Laprida viajé con un corredor de autos de TC 2000, pero que en esta ocasión manejaba una doble cabina. En Laprida me esperaba José, fundador de la Biblioteca Popular Mempo Giardinelli, ubicada en un ala antiguamente abandonada del local Club Platense, en donde solía funcionar un bar. Con visible emoción, José rememora: “Cambiamos las botellas de Legui por los niños infantiles”. Cuando llegué a la biblioteca, chicos y chicas trabajaban sin pausa en la confección de los trajes para los corsos de carnaval. José es un pionero en el pueblo, no sólo por su audaz movida de empezar una biblioteca popular, sino porque además, logró que el proyecto sea avalado y financiado por Laureaus, una fundación alemana apadrinada por Boris Becker. Contra todo pronóstico, en vez de fortalecer el apoyo institucional del municipio, sucedió lo contrario. La secretaría de cultura local tomó el asunto como una competencia. Si los logros no los alcanzaban ellos, entonces nadie debía alcanzarlos. El colmo fue cuando Boris Becker llegó el pueblo para un acto oficial, y los periodistas locales prefirieron quedarse a cubrir un partido de fútbol de una división tan inferior que no habría número ordinal que aplicable…

José es un ciclista experimentado, con varios viajes en su haber a bordo de su inseparable Zaratustra, que hoy reposa algo abandonada en el cuarto de herramientas. En cambio, desde que fue padre se moviliza por las apacibles calles de Laprida en su Citroen 2 CV. “Yo quiero que mis hijos puedan decir que su padre fundó una biblioteca, y no que les regaló un 0 Km.” De hecho, José es lo más cercano a un asceta motorizado. Por su lado, María Elena, su mujer, ha desarrollado una filosofía propia desde el mismo evento: “la maternidad implica gritos”. Buen título para un libro de Laura Gutman…
De Laprida pasé a Trenque Lauquen… primero en la camioneta de un agrónomo que me llevó hasta Daireaux. De pequeño, Alejandro soñaba con producir comida para el mundo El punto de vista de Alejandro es interesante. El remarca que mientras antes la oligarquía se limitaba a vender algunas jaulas de ganado al año para mantener su casona y pagar sus vacaciones en Europa, hoy el “terrateniente” contemporáneo es un verdadero empresario conciente de la necesidad de mejorar la producción por hectárea. .Eso me devuelve al viejo dilema de si la eficiencia productiva justifica la propiedad privada, los cultivos transgénicos, y otras hierbas. En la banquina de Daireaux hice el revoleo oficial de llaves de mi casa en Mar del Plata. Ya no las necesitaré por un largo año y medio.

En Daireaux me levantó un policía que se había esquinzado persiguiendo a un asaltante, y luego encontré a un maquinista que viajaba en su Fiat Uno hacia Trenque Lauquen anotando en una libreta la hora exacta en que pasábamos cada pueblo intermedio. En Trenque Lauquen soporte lo peor de la ola de calor en casa de mi amigo Gustavo, alias “trenque”. A Trenque lo conocí en un Encuentro de Mochileros de Autostop Argentina, en la ciudad de Tandil, en 2004.
Los amigos de Trenque son apicultores, y organizaban un asado, tras el cual no faltó el truco. Como era de esperar, los apicultores no dejaban de cantar flor, aunque finalmente la extraña suerte que me toca en ese juego les hizo exclamar que si seguía así el viaje lo iba a concretar esa misma semana. Claro, para ellos la rapidez era una virtud, mientras que yo procuro viajar lento como un caracol. Volviendo al tema del asado… estoy comiendo a razón de uno por día. Si no fuera argentino debería sorprenderme tal superlativa clave de hospitalidad…. El Asado es al argentino lo que el té es a los árabes, en materia de agasajo a un caminante. No faltó, además, una visita al Bar El Quique, atiborrado de llaveros, patentes antiguas, armas y almanaques de Molina Campos, mezcla de pulpería y refugio de coleccionista.

Algunas plazas de Trenque Lauquen tienen en sus áreas de juegos infantiles, antiguos tractores pintados en colores vivos. La imagen me hizo recordar, estando ya casi saliendo de la Provincia, hasta qué punto, en la zona, el trabajo rural atraviesa todos los demás órdenes de la vida.

Terminada mi estadía en la Provincia de Buenos Aires, partí hacia La Pampa. Aun estoy estabilizándome en el movimiento, volviendo a aprender las mañas del nomadismo, y asentando mis emociones. De a poco, empiezo a imaginar los desafíos que irrumpirán en las próximas semanas, en otros terrenos menos conocidos y más extremos… ¡La Maga pide pista!





































































