miércoles 3 de febrero de 2010

EFICIENCIA SOJERA, ASADOS Y EMPRENDEDORES CULTURALES EN LA LLANURA BONAERENSE


Llevaba solo dos minutos esperando en la banquina de Sierra de los Padres, en las afueras de Mar del Plata, cuando Cosme detuvo su Renault 12, mientras me hacia señas con la palma de la mano de que me acercara, transformándose así en la primera nota del pentagrama de este viaje. La primera pirueta. Cosme es pastelero, su sustento proviene, con exactitud, de la venta de churros y bolas de fraile en el Hospital Maternal de Mar del Plata. Se emociona cuando le cuento que él es el primer vehículo de una cadena que me llevará hasta Alaska.


Cosme me deja en Tandil. Es un mediodía insoportable. Una ola de calor asola la provincia entera. Tengo mi meta del día puesta en Benito Juárez, donde me hospedaré con la familia Fantini. Después de media hora de hacer dedo no pude menos que desertar a favor de un agua saborizada en el único boliche que había en el cruce. Sólo dos camioneros de la ciudad de Bolívar consumían con pausada voracidad una picada con cerveza. La mujer que atendía parecía fija en la barra como un muñeco de cera. En estas tardes pegajosas, cualquier movimiento aumenta el calor. Los camioneros, incontinentes para la curiosidad, fueron los primeros en desbocarse y, al ver mi sobrecargada estampa luchar para manipular la mochila, preguntaron: “¡Vos sí que estás cargado! ¿Para dónde vas?” A Alaska… La desmesura de mi destino, contra toda expectativa, me hace feliz acreedor de una picada subvencionada por el gremio de camioneros de Bolívar. También fuera de mis cálculos, la encargada del lugar también colaboró: “Aunque sea la ganancia del día, dame un libro” Salí de esa cantina rutera, no sólo refrescado y alimentado, sino con el presupuesto ampliado inesperadamente.

Me abría paso hacia el oeste. Esperé media hora más por la vieja camioneta Chevrolet C-10 de un alambrador y su familia. El hombre, de boina, bigote, y camisa arremangada, es el arquetipo del trabajador rural. Su ocupación invita a reflexionar. El alambre de púas es un símbolo de la propiedad privada y, muchas veces, herramienta de desplazamiento. Cuando estas pampas eran del indio no había alambrado alguno. Luego llegaron las “Guerras del desierto” y la propiedad privada. No puedo dejar de jugar con la hipótesis de una propiedad colectiva de la tierra. ¡Pero eso es una locura! Ya he escuchado antes. Sin embargo, debería preocuparnos que lo más lógico sea lo más osado y temido, mientras lo más irracional, como que una persona sea dueña de 5.000 hectáreas, sea aceptado (venerado). Pienso mientras el verde pasa por la ventanilla esfuminado por la velocidad de la camioneta. Pienso en lo que no es. No me refiero a una colectivización forzada a la Ceacescu, sino en la incapacidad humana para procurarse su propia alimentación, bajo el sistema que sea necesario.

Mis huéspedes en Benito Juárez son la familia Fantini, propietarios de una agronomía, como se llama en la zona a una empresa dedicada a la venta de semillas y a la siembra. Había sido Mariano, uno de los hermanos Fantini, residente en Bariloche, quien me había dado el contacto de su familia. Ahora, su hermano Julián aparecía para invitarme a transitar del galpón atestado de bolsas de semillas y tractores hacia su casa. Tras una arboleda, aparecía como en un sueño un inmenso chalet con sus alrededores parquizados y una piscina. Era el premio por el primer día de viaje. La ruta tiene esos gestos, a veces, con quienes la transitamos.


Los padres de Julián son ingenieros agrónomos, por lo que me interesan sus puntos de vista sobre algunas cuestiones. Es una breve palabrita, de cuatro letras, la que refiere a muchas otras temáticas relacionadas y enciende polémicas: soja. En el contexto de una lucha feroz entre el campo y el gobierno durante los últimos dos años entorno a las retenciones a las exportaciones agrícolas, la soja está en el ojo del huracán. Los Fantini se quejan de que el gobierno tiene un florido discurso contra la sojización muy el monocultivo, pero en la práctica cierran las exportaciones de trigo, haciendo poco probable que los chacareros locales opten con rotar la soja con un cultivo que no tiene demanda para así proteger el suelo. Además está el tema de la soja transgénica, producida por la transnacional Monsanto y odiada por ambientalistas. Aquí el discurso usual de la gente de campo enfatiza la necesidad de producir “granos para el mundo”. La optimización de las cosechas aparece parapetada tras la necesidad de alimentar a los pobres. Habría que ver si luego la oferta y la demandan no desvían las cosechas hacia donde más pagan, y no hacia donde son más necesarias.


De Benito Juárez a Laprida viajé con un corredor de autos de TC 2000, pero que en esta ocasión manejaba una doble cabina. En Laprida me esperaba José, fundador de la Biblioteca Popular Mempo Giardinelli, ubicada en un ala antiguamente abandonada del local Club Platense, en donde solía funcionar un bar. Con visible emoción, José rememora: “Cambiamos las botellas de Legui por los niños infantiles”. Cuando llegué a la biblioteca, chicos y chicas trabajaban sin pausa en la confección de los trajes para los corsos de carnaval. José es un pionero en el pueblo, no sólo por su audaz movida de empezar una biblioteca popular, sino porque además, logró que el proyecto sea avalado y financiado por Laureaus, una fundación alemana apadrinada por Boris Becker. Contra todo pronóstico, en vez de fortalecer el apoyo institucional del municipio, sucedió lo contrario. La secretaría de cultura local tomó el asunto como una competencia. Si los logros no los alcanzaban ellos, entonces nadie debía alcanzarlos. El colmo fue cuando Boris Becker llegó el pueblo para un acto oficial, y los periodistas locales prefirieron quedarse a cubrir un partido de fútbol de una división tan inferior que no habría número ordinal que aplicable…




José es un ciclista experimentado, con varios viajes en su haber a bordo de su inseparable Zaratustra, que hoy reposa algo abandonada en el cuarto de herramientas. En cambio, desde que fue padre se moviliza por las apacibles calles de Laprida en su Citroen 2 CV. “Yo quiero que mis hijos puedan decir que su padre fundó una biblioteca, y no que les regaló un 0 Km.” De hecho, José es lo más cercano a un asceta motorizado. Por su lado, María Elena, su mujer, ha desarrollado una filosofía propia desde el mismo evento: “la maternidad implica gritos”. Buen título para un libro de Laura Gutman…

De Laprida pasé a Trenque Lauquen… primero en la camioneta de un agrónomo que me llevó hasta Daireaux. De pequeño, Alejandro soñaba con producir comida para el mundo El punto de vista de Alejandro es interesante. El remarca que mientras antes la oligarquía se limitaba a vender algunas jaulas de ganado al año para mantener su casona y pagar sus vacaciones en Europa, hoy el “terrateniente” contemporáneo es un verdadero empresario conciente de la necesidad de mejorar la producción por hectárea. .Eso me devuelve al viejo dilema de si la eficiencia productiva justifica la propiedad privada, los cultivos transgénicos, y otras hierbas. En la banquina de Daireaux hice el revoleo oficial de llaves de mi casa en Mar del Plata. Ya no las necesitaré por un largo año y medio.





En Daireaux me levantó un policía que se había esquinzado persiguiendo a un asaltante, y luego encontré a un maquinista que viajaba en su Fiat Uno hacia Trenque Lauquen anotando en una libreta la hora exacta en que pasábamos cada pueblo intermedio. En Trenque Lauquen soporte lo peor de la ola de calor en casa de mi amigo Gustavo, alias “trenque”. A Trenque lo conocí en un Encuentro de Mochileros de Autostop Argentina, en la ciudad de Tandil, en 2004.


Los amigos de Trenque son apicultores, y organizaban un asado, tras el cual no faltó el truco. Como era de esperar, los apicultores no dejaban de cantar flor, aunque finalmente la extraña suerte que me toca en ese juego les hizo exclamar que si seguía así el viaje lo iba a concretar esa misma semana. Claro, para ellos la rapidez era una virtud, mientras que yo procuro viajar lento como un caracol. Volviendo al tema del asado… estoy comiendo a razón de uno por día. Si no fuera argentino debería sorprenderme tal superlativa clave de hospitalidad…. El Asado es al argentino lo que el té es a los árabes, en materia de agasajo a un caminante. No faltó, además, una visita al Bar El Quique, atiborrado de llaveros, patentes antiguas, armas y almanaques de Molina Campos, mezcla de pulpería y refugio de coleccionista.




Algunas plazas de Trenque Lauquen tienen en sus áreas de juegos infantiles, antiguos tractores pintados en colores vivos. La imagen me hizo recordar, estando ya casi saliendo de la Provincia, hasta qué punto, en la zona, el trabajo rural atraviesa todos los demás órdenes de la vida.




Terminada mi estadía en la Provincia de Buenos Aires, partí hacia La Pampa. Aun estoy estabilizándome en el movimiento, volviendo a aprender las mañas del nomadismo, y asentando mis emociones. De a poco, empiezo a imaginar los desafíos que irrumpirán en las próximas semanas, en otros terrenos menos conocidos y más extremos… ¡La Maga pide pista!

martes 2 de febrero de 2010

POR LAS SENDAS INVISIBLES DE LATINOAMERICA: SUEÑOS Y SACRIFICIOS DE UN VIAJE.


Nunca había sentido a La Maga, mi mochila, tan pesada, como en el día de mi partida hacia Alaska. Al fin, después de dos años de amasar un nuevo viaje, había llegado el día. Claro, los bohemios intransigentes objetarán que uno sale a la ruta con el movimiento automático de un saltamontes, sin preparativos ni meditaciones previas. Alguna vez, yo también pensaba de esa manera… Pero nada fue igual después de mi viaje por Europa, Medio Oriente y Asia, entre 2005 y 2008. Después de la publicación de mi libro, de su difusión, y de sus consecuencias, entendí que de ahora en más cada viaje debía no sólo ser una pista para mi vagabundeo, sino además, relacionarse íntimamente con los países visitados.

Así pasé varios meses diseñando, si me permiten la palabra, este viaje. Diseñar un viaje no es planearlo, sino definir su concepto, su finalidad, los temas a abarcar, como escritor, los métodos para documentarlo, etc. Entre tantas ideas que rondaban mi cabeza, decidí dedicar el viaje, esta vez, no sólo a retratar la hospitalidad y cotidianidad de los pueblos, que es algo así como una máxima para mí, sino también a realizar un proyecto educativo. El Movimiento Mundial para la Salud de los Pueblos aportó el proyector portátil, con el que en escuelas y comunidades compartiré con chicos y grandes los rostros de las culturas ya enhebradas por mis pasos.

Por otro lado, entre otros temas, planeo dedicar mi pluma a retratar los conflictos mineros y el desplazamiento rural presentes a lo largo del continente. Quizás la novedad más significativa en mi relación con mis lectores, es que desde ahora está abierta para todos la posibilidad de colaborar con los proyectos culturales del viaje. Muchos ya han puesto su granito de arena: ¡son mis cómplices!. Gracias a ellos puedo dedicar cada vez más tiempo a la gente del lugar, a ser útil como comunicador, y no a la venta ambulante de mis libros. Para saber cómo sumarte, hacé clic aquí.



El 26 de enero de 2010 estaba en la ruta, a la salida de Mar del Plata. La mochila, como dije, estaba pesada. Esta vez, no sólo cargaba mi ropa, la carpa y la bolsa de dormir, sino libros y postales artesanales para sustentar este viaje, la computadora para compartirlo con ustedes, y el proyector portátil para acercar los niños de las escuelas a sus hermanos lejanos del otro lado del Océano. Un detalle: desde ahora, La Maga lleva su nombre bordado en la parte superior, como se observa en la foto.

Algunos se preguntarán. ¿Pero este tipo no iba a salir en el Americiclo, esa estrafalaria bicicleta de dos pisos? Ese era el plan. Pero en el mes previo al viaje noté un detalle. Cada vez más gente encontraba el blog y leía este proyecto, de andar caminando y escribiendo las problemáticas del continente. Y comenzaron a invitarme a que me acerque a zonas, muy remotas a veces, distantes de mi itinerario, para transmitir distintas realidades. Así me dí cuenta que el Americiclo, a pesar de su belleza, iba a ser más un ancla que una ayuda, y decidí que no había mejor medio de transporte para este proyecto que el autostop.

Así se inicia esta nueva cruzada a dedo, de Argentina hacia Alaska, por las sendas invisibles de América. A la par, escribo las páginas de un nuevo libro, a publicarse a mi regreso. Esta vez, partir no fue fácil. Despedirme de Paula fue uno de los momentos más duros que recuerde. Desde su inició este viaje exigió el sacrificio del amor. No hay armaduras para el corazón de este caballero
andante…

martes 15 de diciembre de 2009

"VAGABUNDEANDO EN EL EJE DEL MAL" LLEGÓ A LAS PRINCIPALES LIBRERIAS ARGENTINAS



Esta es la tapa de “Vagabundeando en el Eje del Mal – Un viaje a dedo en Irak, Irán y Afganistán” el primero de mis libros en ser publicado, por Editorial Del Nuevo Extremo. Ya ha encontrado su lugar en las mesas de las principales librerías argentinas, con sus 350 páginas, 200 fotografías, 16 láminas a color y seis mapas.

El libro espera ser una mínima contribución al entendimiento humano, en el sentido en que reivindica la complejidad y la hospitalidad de una región estereotipada como lo es el Mundo Islámico. Para eso viajo, para retratar esas cotidianidades significativas de los pueblos que nunca están contenidas en los titulares abstractos y sensacionalistas de los periódicos.

Las páginas del libro recogen testimonios de vivencias compartidas a lo lago de mi caminata con los pobladores locales, sean maestros rurales, vendedores del bazar, amables clanes beduinos, despreocupados camioneros, granjeros que me preguntaban si en Argentina también había estrellas o miembros de la inteligencia encargados de perseguirme. Hay también eventos delicadamente absurdos. Alguna vez me tocó tomar el té en un campo minado, o entrar en Irak como un vagabundo para terminar siendo recibido en el Parlamento y dar allí lecciones de autostop. O aprovisionar mi mochila en una base norteamericana en Afganistán.


Cifrada en mi aventura, va además la receta de un nomadismo postulado como estilo de vida, las confesiones de un nómada que ha encontrado domicilio en el viento. Es, dicho sea de paso, la primera vez que una editorial grande se juega y apoya el relato de un mochilero. Con todo derecho todos mis colegas pueden sentir este pequeño triunfo como propio.

Con mucha ilusión espero que el libro, en su flamante formato siga caminando y encontrando lectores que lo alojen en sus bibliotecas como a mí me alojaban los sirios y los turcos.

El libro se encuentra en las principales librerías argentinas, aunque también puede ordenarse online desde cualquier parte del mundo desde mi tienda virtual.
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Para saber cómo conseguirlo desde el resto de los países latinoamericanos, consultame a acrobatadelcamino@gmail.com
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Buenos Caminos,
Juan Villarino

sábado 31 de octubre de 2009

EL ACRÓBATA DEL CAMINO Y EL AMERICICLO BUSCAN CÓMPLICES


Este es el Americiclo, el vehículo a reacción poética, el delivery de asombro con el que uniré Mar del Plata con Alaska en un año y medio, periplo que iniciaré en diciembre de 2009, y que es la continuación de la vuelta al mundo a dedo que me ocupa desde 2005.
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La idea es, como siempre, retratar la hospitalidad y la cotidianidad de los pueblos de este planeta, para compensar los discursos abstractos, las generalizaciones pesimistas, y los estereotipos que abundan en los discursos mediáticos.
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Esta pasión por rescatar el "lado bueno" de la humanidad me ha llevado a los escenarios más diversos, desde sofisticadas metrópolis como Londres o París, hasta los campos minados de Afganistán, pasando por los desiertos de Medio Oriente, los fiordos escandinavos o las aldeas del Amazonas ecuatoriano.
Ahora busco cómplices, más que auspiciantes.
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.¿Hay que tener mucho dinero para ser mi sponsor? No ¿Hay que tener una empresa acaso? Tampoco. Cualquier lector puede transformarse en mi cómplice... ¿Doy algo a cambio? Sí.
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Como prioridad, esta vez, planeo documentar todas las luchas entre las comunidades andinas y las empresas mineras canadienses que afectan a toda Latinoamérica. Desde Esquel hasta la cordillera mexicana se intoxican tierras fértiles, se contaminan cursos de agua con cianuro y se remueven glaciares para extraer oro que se exporta en su totalidad. El plan: después de documentar cada caso a través de fotografías y entrevistas, será llegar en el Americiclo hasta Canadá (procedencia de la mayoría de las mineras) y exponer ante la mismísima puerta de estas empresas las pruebas del daño que causan.
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Por otro lado, llevo un proyecto cultural ambulante. Me propongo recorrer el continente americano desde Argentina hasta Alaska, llevando a cuestas una muestra fotográfica itinerante que ilustra la hospitalidad de los países ya visitados. Pueblo a pueblo, aldea a aldea, por los senderos menos transitados del continente, la prioridad es llegar a los lugares sin acceso a actividades culturales, pequeños pueblos, escuelas rurales o barrios. En esto cuento con la ayuda del Movimiento Mundial por la Salud de los Pueblos, quien ha donado un proyector portátil para que en cualquier aldea puedan ver las fotos.
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A pesar de haber sido declarado proyecto de interés cultural por el municipio y embajador de mi ciudad... aún los auspiciantes brillan por su ausencia.
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No es necesario ser el gerente de una corporación para apoyar este proyecto. He decidido, en lugar de esperar un sponsor todopoderoso o la limosna de alguna multinacional, buscar 50 lectores o simpatizantes del proyecto que quieran contribuir con 10 pesos por mes (el valor de una cerveza en un bar) durante el año y medio que durará la expedición.
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.¿Cómo pienso utilizar ese dinero? Desde el 2005 sustento mis viajes a través de la venta ambulante de mis libros. De esa manera cubro mi presupuesto de 5 dólares diarios. La diferencia es que ahora, además de viajar, llevo los dos proyectos culturales ya explicados. Contar con un patrocinio por parte de lectores comprometidos me permitiría concentrar todos mis esfuerzos en las tareas de documentación y producción literaria y me dejaría las manos libres para difundir los resultados entre las comunidades locales con los eventos educativos gratuitos.
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Entonces, invirtiendo 10 pesos (2 euros) mensuales podés pasar a ser parte de esta expedición, no sólo su lector. A cambio, el logo de tu emprendimiento se exhibirá en un display rotativo en la sección "Sponsors".
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Si te interesa el proyecto, si seguís el blog hace tiempo y te parece coherente la manera en que busco causar una diferencia, entonces escribime a acrobatadelcamino@gmail.com
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¡Buenos Caminos!
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Juan Villarino
Acróbata del Camino

Muestra virtual de fotos de Afganistán.

Estas niñas en Bamian, quisieron que el mundo las conociera...

En Dowlat yar, comparto la ruta con un grupo de nómadas.

Una calle cualquiera en Kabul, donde abunda la chatarra de la guerra...


Cowboy y el comandante de la policía, en territorio talibán positivo...



Cuanrenta jinetes jueegan el brutal bushkashi, el deporte nacional afgano


La primera familia que me alojó en Afganistán, en Islam Qaleh.


Té en el campo minado, inicio de la Ruta Central.


El fatasma de Herat. Tal es el aspecto que el burka confiere a la mujer afgana promedio.
Para leer la historia completa del viaje, coneseguí el libro desde mi Tienda Virtual

LLEGO EL PROYECTOR DONADO POR EL MOVIMIENTO MUNDIAL PARA LA SALUD DE LOS PUEBLOS


El Movimiento Mundial para la Salud de los Pueblos es un organismo con sede en 90 países cuyo lema es "Salud para Todos y Todas ahora". Obviamente, entiende a la salud como un concepto que va mucho más allá que la mera ausencia de enfermedad. Lo entiende en un sentido amplio, que abraza dimensiones elementales, pero frecuentemente olvidadas, como el acceso a la cultura, a la expresión estética, y sobretodo, a la capacidad para reflexionar. ¿Cómo solucionar nuestros problemas sin un nivel de reflexión, personal y comunitario?
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El año pasado, el MSP y quien escribe acordaron cooperar en relación al proyecto de viaje que me ocupa, es decir, el de recorrer el continente de Argentina hasta Alaska a bordo del Americiclo. Mi plan contempla realizar eventos educativos gratuitos en escuelas, barrios, comunidades y aldeas del continente. A través de charlas acompañadas de muestras fotográficas, espero poder fomentar el conocimiento inter-cultural y de esta manera, la paz. Me propongo contrabandear un conocimiento horizontal entre pueblos, no mediados por la estructura de información del establishment. Aunque cargo fotografías impresas en papel, ahora el Movimiento Mundial para la Salud de los Pueblos me ha provisto con este magnífico proyector portátil Aipteck V-10 Pocket Cinema.
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De esta manera, ya no dependo de que las escuelas en cuestión dispongan de proyector propio. De hecho, es allí donde la muestra es más importante, en las sitios más humildes. Ahora, con este dispositivo, hasta en las aldeas más pequeñas, me bastará con cerrar las ventanas y encender este pequeño cine portátil, y mágicamente, cobrarán vida las personas y paisajes que han poblado mis pupilas en lo ya viajado hasta ahora. Compartiendo la hospitalidad recibida, quiero comunicar un mundo más humano, menos irremediable que el que nos convidan los medios, y que es funcional al aislamiento individual y al consumismo.
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Además, el proyector me permitirá mostrar películas y documentales sobre la temática minera en sitios particularmente afectados por estos conflictos. Ya he pensado en algunas de las de Pino Solanas.


Paralelamente, me decidí finalmente por un modelo de alforjas para el Americiclo. Se trata de unas alforjas Pehuén, de unos 70 litros en total. Cada pieza está confeccionada en cordura y dispone de coberturas impermeables. Los gasstos de los preparativos ya dejaron caer su peso sobre el presupuesto a finales de este octubre, y aún tengo que aguantar hasta diciembre (a principios de ese mes será el lanzamiento de mi primer libro Vagabundeando en el Eje del Mal). Por suerte, los primeros aportes que van llegando de mis cómplices, con una gran mano en el hombro en los cruciales preparativos. Para saber cómo volverte uno de mis cómplices, haz clic aquí.

lunes 26 de octubre de 2009

LA ILUSIÓN ES LO ÚLTIMO QUE SE PIERDE


Fotografía tomada por Raúl Antón en los antiguos galpones ferroviarios de Bahía Blanca, Argentina. El Chevrolet 400 tiene poco ánimo de arrancar, y el mínimo equipaje a mis pies indica que no es necesario Photoshop para trucar una foto. ¡Es que no estoy yendo a ninguna parte! Estos meses, tan especiales para mí, son un cóctel de preparativos, añoranza del movimiento e ilusión.
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Preparativos porque el viaje que emprenderé a mediados de diciembre (de Argentina a Alaska) será el más complejo hasta el momento. Complejo porque además de sobrevivir, vivir, y escribir (los 3 vbirs del escritor viajero) estaré coordinando dos proyectos culturales maratónicos: la documentación del impacto socio-ambiental de las mineras y los eventos educativos pueblo a pueblo. Por otro lado paso mis días viendo a mi herrero y al bicicletero debatir posibles soluciones para el Americiclo, que en estos momentos está en el taller: se le están soldando soportes para llevar mochilas y alforjas. Además, acabo de comprar botas de trekking (unas Nikko) para el viaje. En cuanto a lo teórico, sigo organizando un esquema horizontal de auspiciantes del proyecto, (si querés volverte cómplice, lee el proyecto aquí) y leyendo todo lo que encuentro en internet sobre conflictos mineros. En estos días también, estoy comprando el proyector portátil con que haré los eventos durante el viaje.
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Lo de añoranza del movimiento es obvio. Aunque estoy muy bien cuidado aquí en Mar del Plata, extraño el horizonte movible, las tardes de incertidumbre adivinando qué punto del mapa arropará el cansancio de cada noche, y la gente...
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Finalmente ilusión, pues en diciembre, poco antes de mi partida, será el lanzamiento nacional del primero de mis libros en llegar a librerías de todo el país. Hablo de Vagabundeando en el Eje del Mal - Un viaje a dedo en Irak, Irán y Afganistán al que muchos conocen en su edición independiente. Ahora será distribuido por Editorial Del Nuevo Extremo en una cuidada edición de 340 páginas, con fotos a color y mapas, capítulos nuevos, en fin, otro libro.
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Después de tantos años de soñarlo, no veo la hora de tener el libro en mis manos. Ilusiones y ansiedades ya han formado rastas en mi alma: jamás pensé que mis libros llegarían a las librerías de forma masiva. Ahora que estoy a un paso, renuevo mi esperanza de que ese nuevo paso me ayude a seguir cumpliendo mi sueño de viajar de forma indefinida por el mundo, escribiendo y compartiendo los nuevos caminos en nuevos libros.... La ilusión es lo último que se pierde.

miércoles 14 de octubre de 2009

POSTALES DE COLONIA


Llegamos a Colonia, la gema turística de Uruguay, después de un atípico tour del país vecino, en el que pernoctamos pueblos de campaña, confraternizando con esquiladores y comisarios. Ya tan habituados a esos parajes bucólicos y a su gente pausada, nos abrumó al inicio la permeabilidad hacia el resto del planeta que caracteriza a Colonia. Viajeros de todas las nacionalidades llegan a apreciar la arquitectura colonial declarada Patrominio de la Humanidad por la UNESCO en 1995.
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Allí llegamos desde San Gregorio de Polanco en un camión de transporte de ganado. Aunque este camión nos dejó cerca de Nueva Helvecia, bajo una llovizna molesta, allí sólo demoramos un minuto de reloj en detener una camioneta que se dirigía a Real de San Carlos, localidad ubicada a 3 km. de Colonia, donde por coincidencia, nos esperaba Gino, miembro local de Hospitality Club.




La zona del puerto de yates se volvió pronto nuestra preferida, para tirarnos a tomar sol como lagartos, aprovechando un edificio demolido que le daba un toque apocalíptico interesante al pintoresco entorno colonial. Un verdadero baldío que hacía torcer la sonrisa de ocasión a todo turista que llegaba a la mencionada esquina.



Fundada en 1680 por los portugueses frente a Buenos Aires, la ciudad conserva en cierto grado su arquitectura colonial.




Un punto interesante de la pose estética de la ciudad es la disposición de automóviles antiguos -fuera o no de funcionamiento- frente a los cafés y restaurantes. Sólo Uruguay puede darse el lujo de tan elegante decoración, gracias a la cantidad de vehículos antiguos que comienzan a sobrar a medida que la gente accede cada vez más a nuevos automotores. En Cuba sobran los automóviles antiguos, pero no son parte de la decoración, sino el único parque automotor del país. Siria podría sacar a relucir una flota de viejos Cadillacs y De Sotos, pero tanto turistas como cafés están allí ausentes casi por completo.





Paisaje en las playas de Real de San Carlos.






Carros donde se puede almorzar sandwiches de chivito, choripan, o empanadas...





Puesta de sol ante una flota de yates, muchos procedentes de la vecina Buenos Aires.




Paula haciendo alarde de su capacidad de ver todo al revés....




La Plaza de toros de Real de San Carlos, construida por empresarios argentinos en la primera década del siglo XX. La plaza vio pocas corridas, para desgracia de la elite porteña, Uruguay promulgó pocos años más tarde una ley anti-taurina.

UN CURIOSO FUNDAMENTALISMO LATINOAMERICANO




Cierta vez en Potosí, Bolivia, observe en mural que rezaba “Hermandad entre Latinoamericanos”. Sin dejar de estar de acuerdo con la necesaria unión continental, lamenté que la consigna no se extendiera a toda la humanidad. Para mí todo el mercado circundante –y hasta algunos aromas- evocaban a los bazares de Medio Oriente, y las cholas, con su porte y vestimenta, no hubieran desentonado en los alrededores del Potala o en el Norte de India. Me pareció triste en ese momento que hubiera necesidad de circunscribir los alcances de la hermandad a un sector geográfico. Hace pocos días, en Valle Edén, Uruguay, un episodio, que relataré, me hizo recordar aquel mural potosino.

Carmen – nuestra anfitriona- nos llevó a conocer a una pareja de artesanos que se habían instalado hace poco en el pueblo, en una vivienda desocupada que pidieron prestada mientras no aparecieran sus dueños. Con ellos y otros vecinos nos sentamos a tomar mate. Nos resumimos brevemente nuestras vidas y nos sorprendimos mucho cuando Héctor pareció hasta disgustarse al escuchar que yo había viajado por Europa y Asia. Más aún le molestó que yo planeara recorrer el continente organizando muestras fotográficas sobre Medio Oriente y Asia con el fin de promover la tolerancia cultural y la empatía. ¡Para Héctor el mundo acababa en Latinoamérica!

Creo que en el proceso de viajar fui perdiendo muchos parámetros de identidad inventados por las burocracias de los hombres. Siento que al caminar por el planeta tengo algo que ver cada vez con más pueblos. Por eso me cuesta entender cuando, a veces, me encuentro con fundamentalismos y dogmatismos que emergen en formatos novedosos…. A mi lado le tenía a Héctor señalando que el error de los nativos había sido recibir con hospitalidad a los colonizadores europeos, confundiéndolos con dioses. En eso se puede estar de acuerdo. Lógicamente, lo que no pude consentir, ni siquiera por cortesía, fue su receta mágica, consistente en cerrar las fronteras del continente al mundo. Al instante se me antojó el término fundamentalismo latinoamericano para describir tamaña incapacidad de aceptar la diversidad.



Mercado callejero en Bolivia

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Mercado callejero en Leh, India. ¿Hay que estar cerca para asemejarnos?


¿Qué habría pasado si los europeos no hubieran desembarcado con sus carabelas? – nos preguntó. Nos miramos con Paula. Probablemente –en el caso de superar sus propias guerras civiles- hubieran sido los incas los encargados de desalojar a los charruas de su sagrada pradera. Pronto entendimos que Héctor, como muchos, tenía una visión romántica de la América precolombina. Olvidaba, como muchos, que aztecas e incas, por nombrar sólo dos pueblos emblemáticos, se basaban en el poder militar y extendían su dominio sobre territorios a los que dominaban económica y culturalmente. Los incas se cansaron de azotar a los Chachapoyas, collas, cajamarcas, cañaris, etc. No eran simplemente hábiles constructores de futuros pueblos desoladps….

Yo la miraba a Paula, quien estudió profesorado de historia, y veía como se contenía para hacer una réplica acotada y pedagógica, que al final soltó. Abarcando a media humanidad desde los hititas al presente, Paula subrayó que desde el principio de los tiempos hubo grupos humanos que al encontrarse con otros enfrentaban, militar o económicamente, para luego anexarlos y servirse de algunos de sus elementos culturales. Estos mecanismos de dialéctica y síntesis no eran ajenos a América, y explican, por ejemplo, por qué el quechua se volvió una lengua franca en toda la zona andina.


Por otro lado, Paula también señaló que los nativos americanos solían librar a su propia suerte a quienes nacían deformes. Nuestro amigo, sin darse cuenta, parafraseó a Hitler y alegó que eso estaba bien, y que sucedía lo mismo con los ganaderos que seleccionan lo mejor de su lote para reproducción. Por el camino de la irracional suscripción a todo lo indígena, Héctor se muerde la cola y termina festejando la eugenesia, uno de los pilares más aberrantes del nazismo.



Sirios tomando mate en Aleppo. Otro ejemplo de afinidad a pesar de la distancia

Desde mi posición, no justifico ninguno de los dos etnocentrismos, ni el europeo-darwiniano ni el incaico, mientras que para nuestro nuevo amigo la historia se reducía a dos bandos, los buenos y los malos, cowboys e indios. Antes de despedirme quise obsequiarle una de mis postales artesanales, pero él las rechazó alegando que si no eran de América no le interesaban. En ese momento sentí que entonces toda la magnifica gente que yo conocí durante dos años en Asia no valía nada sólo por haber nacido fuera de Latinoamérica. Le advertí a mi interlocutor que no se preocupara, que también había fotografías tomadas en Latinoamérica. Las revisó y – con algún desgano- eligió una de un atardecer sanjuanino.

Como reflexión, invito a pensar en los mitos que asumimos a veces sin razonamiento previo, seducidos por el brillo o encanto de algunas ideas. En primer lugar, no entiendo las desigualdades, en ningún ámbito. Por eso no comprendo por qué los habitantes de América Latina sean más valiosos o especiales que los de Asia. El haber nacido en este continente no debería llevarme a priorizar a los míos sobre mis hermanos que viven lejos. Los pueblos no son equipos de fútbol por los que se hincha. En general, es muy común escuchar el argumento categóricamente soltado, de que uno tiene que empezar por conocer su propio país, luego recorrer el continente, y de allí pensar en cruzar el océano. Yo no creo que tenga sentido semejante método escalonado. Por eso creo que es tan importante conocer Pakistán o Ucrania como Perú o Bolivia. Que cada uno elija según sus intereses.

Quizás los últimos dos países tengan un aura de misticismo étnico que deslumbre a muchos viajeros, pero dudo de que el hecho de visitarlos encierre en sí mismo sabiduría o rectitud política alguna. Se puede entender que por motivos de conveniencia, proximidad, o vigencia en el imaginario colectivo de “lo viajable”, estos sean casi siempre los países iniciáticos para los viajeros de Buenos Aires o Montevideo. Pero hay que recordar con humildad que el mundo está compuesto por más de 200 países y otros tantos territorios, donde se hablan unas 5.700 lenguas (incluido el quechua, sí). Algunos de estos países pueden parecer entes abstractos. ¿Qué hay en Mali, nación del África Occidental? Fue un ejemplo, pero Mali, Bangladesh o Yemen tienen sus lenguas nativas, su música, su problemática social y política.

He visto a gente cruzar, en un viaje primerizo, de La Quiaca (Argentina, lo aclaro por si alguien de Mali está leyendo) a Villazón (Bolivia) para volver cargados de morrales y gorros de lanas con orejeras. Hasta ahí vamos bárbaro. Hay que aprovechar tanto de los bellos diseños del altiplano como de la ventaja del peso argentino sobre el local. Lo curioso nos subyuga cuando estas personas manifiestan haber descubierto el paraíso, nos cuentan que se conectaron con la Pachamama mientras devoraban desayunos –occidentales y económicos- en Copacabana y sueltan predicativamente algún slogan que descalifica al resto de la humanidad…

Eso mismo es lo que sucedió en Valle Edén, mientras tomábamos mates con Héctor. Comenzó a explicar, catárticamente, que los europeos eran extraterrestres, que evolucionaron de manera deforme. El resto de los pueblos del planeta, los afganos, los turcos, los indios –presentes desde mis fotografías- acaso eran sólo una franja prescindible de la biodiversidad del planeta. Esperemos que algún día logremos tener una conciencia global sin podios, ojalá llegemos a sentir cerca a los que están lejos, y terminemos por desacatar el espejismo de las distancias. Y ojalá, cuando viajemos, construyamos la conexión con las naciones visitadas desde abajo, desde la convivencia con la cotidianidad de sus pobladores, y no –solamente- desde la visita a sus sitios de interés arqueológico (Machu Pichu, Cusco, etc), paraísos terrenales (Montañita, Copacabana) o nodos de encuentros de viajeros (Humahuaca, Tilcara, etc).
¡Buenos Caminos!

sábado 10 de octubre de 2009

San Gregorio de Polanco: murales y tormenta



En el auto de Cyrile y Amondine salimos rumbo a San Gregorio de Polanco, utilizando la ruta . Al verla en el mapa, desplegando su rojo sangíneo verticalmente y cortando Uruguay de norte a sur, uno espera que allí el transito sea cuantioso. Sin embargo, la fotografía ilustra la realidad de la ruta 5... Llegamos a preguntarnos ¿dònde están los uruguayos?


Armamos nuestras carpas a orillas del Rio Negro, en el camping municipal.


Salimos a recorrer el pueblo, famoso por sus murales, que vendrían a conformar el Primer Museo Abierto de Artes Visuales de Uruguay. ¡Qué sorpresa encotrar una réplica de "La lechera" de Jan Vermeer junto a un taller mecánico...!





Los murales abarcaban distintas temáticas, desde el dao ecológico hasta el letmotiv de Gardel. En esta foto, el certificado de nacimiento de Gardel, la prueba más irrefutable de su origne uruguayo.



Por la noche se nos vino una tormenta encima. Por suerte habíamos juntado leña a la tarde, por lo que sólo nos quedó refugiarnos bajo el tinglado, enseñarles a nuestros amigos franceses a jugar al chin-chon, y bajarnos dos botellas de vino uruguayo (demasiado suave para mi gusto)

BELLEZA NATURAL E INDUSTRIAL EN VALLE EDÉN


Paula y yo en el “Pozo Hondo”, una caída de agua hermosa cerca de Valle Edén. Llegamos en el auto de Amondine y Cyrile, dos viajeros franceses con quien luego seguiríamos viaje hacia San Gregorio de Polanco.



Decadencai ferroviaria -otra forma de belleza- junto a la estación de AFE abandonada. Nosotros le sugerimos a Mabel hacer un hostel con los vagones reciclados...

VALLE EDÉN: LA CUNA HIPPIE DE GARDEL…


Carmen nos ha recomendado que visitemos a Mabel, una amiga suya que vive en Valle Edén, un pueblito agreste en medio a unas colinas forestadas surcadas por un río. Son sólo 26 km, por lo que aprovechamos la cama de dos plazas para dormir a pata suelta y sólo al mediodía salimos a la ruta. Valle Edén no es un pueblito más. A los ojos del mundo, su motivo de fama es su reclamo histórico como lugar de nacimiento de Carlos Gardel, el cantante de tango más famoso. Para nosotros, el sitio resplandece sobre todo por haber albergado un Encuentro Arco Iris.




Para llegar allí hicimos dedo a la salida de Tacuarembó, en una banquina adornada por una gallina decapitada, velas rojas a medio derretir, y otros restos de algún rito umbanda. Esperamos 45 minutos, ya habituados a la falta de tránsito de las rutas uruguayas, y en ese lapso pasaron apenas siete u ocho vehículos. Un intermediario rural nos terminó llevando en un Chevrolet Celta. El hombre le había dado al whiskey y al llegar se olvidó de su propio destino y paseó con nosotros por el pueblo, mostrándonos el sitio del Museo de Carlos Gardel.





Ni bien llegamos nos agradó la energía del lugar. Chanchos, caballos y gallinas se alimentan juntos. Gauchos a caballo, pasan a buscar a sus hijas a la escuela y bajan a hacer sus compras en el almacén del poblado. Nosotros le pedimos al almacenero que nos haga un par de sándwiches, y el hombre corta fetas deslizando el bloque de queso por un disco afilado que hace girar con una manivela, con toda la tranquilidad con que el mundo gira en esta zona. El nombre Edén parece elegido tras observar detenidamente la atmósfera del pueblo. Desde una columna, Gardel –omnipresente como una especie de Cristo o Artigas- nos observa con su sonrisa picarona y algo engreída, sobre un póster del Tacuarembó Fútbol Club.



Prontos nos establecemos en la casa de Mabel, a la que uno llega trepando una colina y cruzando tres alambrados. La casa es humilde, con techos bajos y su propio pozo de agua. Cléver, un hombre de mesiánica barba blanca y pacíficos ojos celestes, nos saluda desde dentro de uno de los invernaderos son dejar de aplicar su otra mano a la tierra. Dentro Mabel nos recibe con mate de té, una infusión preparada con cedrón, cáscara de limón y manzana, romero y otras hierbas. Al lado del aljibe armamos nuestra carpa –por primera vez en Uruguay, sí- y salimos a recorrer un poco el poblado.






Valle Edén no tiene casco urbano alguno. Sus viviendas están esparcidas a lo largo del valle. Sobre una de las colinas está la escuela y el Museo Carlos Gardel, y no lejos de allí la estación de trenes, hoy en desuso, que dio origen al pueblo. Hay un almacén, un camping municipal y un par de posadas costosas para los turistas que llegan en temporada huyendo del ajetreo capitalino. El río, que forma algunas playas de piedra, es sorteado mediante un puente colgante. En la base del puente, vemos una pareja y a una nena dentro de una carpa cerca de dos caballos atados. Mabel nos dice que son una familia de artesanos que llegaron a caballo y se han establecido por unas semanas allí. Cuando ella les ofreció zapatos y juguetes para la nena, ellos agradecieron pero rechazaron los obsequios, explicando que ellos confeccionaban su propio calzado y que la nena no jugaba con juguetes.




Mabel es auxiliar de la escuela del pueblo: allí les prepara la comida a los chicos. Además, tiene una proveeduría en el camping municipal, y planea habilitar algunas cabañas para los turistas que llegan en verano. Nos damos una vuelta por la escuela, naturalmente llamada “Carlos Gardel”. Allí tenemos la oportunidad de ver de cerca las famosas computadoras portátiles del Plan Ceibal, que el gobierno ha entregado gratuitamente a cada alumno del país. Las maestras se quejan de que no estaría de más que ellas recibieran alguna capacitación para guiar a sus alumnos, que saben más que ellas, en las actividades.


¿Y qué mejor que las maestras para contarnos la historia de Gardel? A primera vista toda la atmósfera de Valle Edén –de exhuberancia casi tropical- resulta completamente ajena a un personaje como Gardel, envuelto en un aura de melancolía urbana tanguera. No menos extraño es que un pueblito agreste sin trazado urbano se trence en abierta pulseada con urbes como Buenos Aires o Toulouse, en torno al lugar de nacimiento del icono. La versión local cuenta que Gardel fue el fruto de la unión ilegítima de un terrateniente local con su cuñada, motivo por el cual envió al niño a Francia con una amiga actriz. Gardel hablaba poco del asunto, pero lo cierto es que su pasaporte emitido por el consulado argentino en Francia indica Tacuarembó como lugar de nacimiento.




La cena en casa de Mabel transcurre en el cálido ambiente de techo bajo, muy cerca del hogar encendido. Ha llegado el hijo de Mabel, quien se pasó toda la tarde buscando a una vaca perdida, también Clever y Fernando. Fernando es constructor y artesano. Lo vimos a la tarde entrenzar hojas de palma para formar un sombrero. Es él quien nos cuenta la historia de los charrúas, y su trágico fin cuando el General Rivera los embosca en el Arroyo Salsipuedes en 1831. Aparentemente Rivera citó a todos los caciques para proponerles se aliaran a él contra los portugueses, pero cuando todos habitaron un campamento compacto abrió fuego sobre ellos. Los sobrevivientes ocultaron su origen. Los vencedores incluso se llevaron a cuatro charruas enjaulados a Francia como atracción circense. Sólo hace una década surgieron grupos que reclaman sus derechos como herederos de los pobladores nativos de este suelo. Según Fernando, la hospitalidad del Uruguay contemporáneo, que nos ha deslumbrado, deriva del trato horizontal que practicaban los charruas. Cléver asiente con la paz de sus ojos celestes, y frotándose la barba albina, desde su silla en la esquina de la sala. Paula acepta el mate que viene girando y se sorprende cuando a su lado aparece, moviendo su hocico en busca de caricias, una ternera llamada Milagros.

Fernando, quien rompió su credencial para votar cuando se enteró que el mismo gobierno de izquierda votó una protección arancelaria para inversores norteamericanos, es sin dudas un lícito transmisor de estas palabras charruas:

“Hemos sobrevolado el territorio,
Hemos sobrevolado la muerte,
Hemos sobrevolado la traición,
Y aún estamos aquí.
¡Te amamos, gran pradera!








CARMEN Y LA REVOLUCIÓN DE LAS SEMILLAS.


Es natural que una casa refleje la personalidad de la persona que vive allí. Si hubiéramos conocido antes a María del Carmen, nuestra anfitriona de Couchsurfing en Tacuarembó, no nos hubiera sorprendido encontrar allí un armonioso collage de artesanías, libros, frascos con semillas, etc. María del Carmen ha hecho de todo en su vida, y actualmente realiza talleres con adultos esquizofrénicos, en una institución de salud pública. En su tiempo libre uno la puede en una variedad de actividades que van desde la encuadernación artesanal hasta el cuidado –maternal, uno diría- de los centenares de plantas que, en macetas, plantines, y terrarios de tergopol, pululan de cada rincón de la casa. La variedad es tal –ajenjo, menta, lavanda, tomate, quínoa, etc) que se me ocurre pensar que Carmen tiene noticias de algún diluvio universal y ha decidido emular a Noe. Carmen tiene una estrecha afinidad con la tierra y las semillas. El año pasado estuvo de visita en una comunidad sustentable cercana a Luján, Argentina, llamada Gaia, y en cada comentario deja en claro su compromiso con el tema. Como dijo Javier Navarlatz, un amigo de Buenos Aires, dentro de poco tiempo, el acto más revolucionario va a ser plantar un zapallo en el jardín.



Sobre la mesa hay dos libros. Los hojeamos mientras Carmen nos sirve un riquísimo guiso de lentejas – que será luego acompañado por una compota de limón- Uno es “Legado de la Luna”, de Julia Butterfly Hill, una mujer que en protesta por la tala de un bosque de secuoyas en California, se trepó a una de ellas y vivió dos años en su copa. No puedo dejar de compararla con las campesinas ecuatorianas que hoy día se enfrentan a compañías mineras canadienses. La asimetría en la lucha nos condena. La conciencia y la sabiduría han sido barajas mucho menos repartidas que la apatía y la avaricia…También ha habido asimetría en la distribución de la inteligencia, en eso estoy de acuerdo con Platón, quien asociaba la maldad a la ignorancia. El otro libro se llama “Títeres del Mundo”, y es una guía ilustrada con imágenes de títeres de todo el mundo, que llega a las manos de Paula justo cuando ella quería aprender sobre el tema. Cómo no recordar al Colo Pascale, titiritero y viajero de San Nicolás, Provincia de Buenos Aires.

MISTERIO Y POCO TRÁNSITO EN LA “RUTA DE LOS CHARRUAS”


Baldomir y su señora nos llevaron unos 20 kms en la camioneta, hasta un pueblo llamado Morató. En el camino a Baldmir le sorprende que en Argentina también haya ñandúes. Antes le encomendaron al policía local que nos encontrara transporte, si alguien llegara a pasar por ese paraje olvidado. Con unas galletas de campo que compramos (Ah, ¿son del país de los Kirchner? –preguntó el almacenero) y dos milanesas que habían sobrado de la cena de ayer almorzamos, recostados sobre las mochilas en la fantástica incertidumbre de un cruce de caminos de tierra. En frente a nosotros hay una iglesia cerrada. Una manada de vacas van y vienen, cruzando la ruta desolada a sus anchas, pero siempre manteniendo cierta distancia de los intrusos.


Tiene que pasar una hora para que se detenga una camión. El hombre nos lleva hasta dos kilómetros antes de un pueblo llamado Tiatucurá. El parece estar tan perdido como nosotros. Va a buscar un ganado a un campo para luego llevarlo a Salto, pero tiene que pedir orientación por teléfono: estos caminos sólo los conocen los locales. Le preguntamos por qué algunos carteles señalan Ruta de lo Charrúas. “Yo siempre me pregunté lo mismo” – responde. Día más tarde nos daríamos cuenta lo terrible que es que un uruguayo desconozca la respuesta a nuestra pregunta. Quedamos nuevamente a pie y caminamos hacia Tiatucurá, pueblo que vemos a lo lejos. A nuestro lado, antes del alambrado, vemos montones de piedras que parecen apiladas allí por obra del hombre. Paula dice que una tiene forma de cara. Ella sugiere que puede haber servido a los Charrúas como índice de algún depósito de armas o alimentos. Y casi por sentirnos un rato arqueólogos espiamos entre las piedras gastadas. Lo que no estaba en nuestras expectativas era divisar, entre las fisuras, el contorno inconfundible de una caja. Envuelta en una hoja metálica con avisos fúnebres impresos, y rodeada con una vuelta de alambre, se presentó como un misterio absoluto. De la caja salían toda clase de bichos lo que, junto a los visos fúnebres, nos hizo pensar que se trataba de restos de algún animal muerto, o incluso de un humano. Los avisos fúnebres databan de 2006, y era inexplicable que hubieran sido impresos en metal. La caja era de madera, y por algunas de sus tablas sueltas, pudimos ver restos de un panal de abejas. Al parecer, era una caja de las usadas para apicultura. Claramente eso explicaba los insectos. Pero jamás entendimos qué extraña ritual había llevado a alguien a enterrarla entre piedras y envolverla en metal. Si algún lector tiene idea…

En Tiatucurá el comisario nos pidió los documentos, y volvió a mencionar eso de la población flotante. Viven 59 personas. Volvemos a hacer dedo en un cruce de tierra. Muy cerca del arroyo Salsipuedes, donde tuvo lugar la matanza de los últimos charrúas. Al lado, el cruce que va a Arbolito. Esperamos 3 horas. Pau juega a asustar las vacas, que gradualmente vuelven a sus lugares cuando ella deja de acercarse. Pasa una mujer en una doble cabina. Le hacemos dedo con esperanza, pero ella hace un gesto despectivo con la mano, siendo la encargada de hacernos saber que en Uruguay también hay gente maleducada. Como parecía que nos íbamos a quedar allí todo el día comenzamos a hacernos amigos del tipo que vivía en la única vivienda del lugar. Mi idea era comprarle pan o algo de comer para evitar regresar al pueblo. Para acampar, había una pala mecánica.

Al final frenó una camioneta de un administrador de una estancia que estaba en Clara, otro pueblo mínimo. Con aire acondicionado galopamos a través de esa llanura ya huérfana de sus Charruas… Cruzamos el arroyo Salsipuedes, hito histórico donde el General Rivera emboscó a los últimos charrúas. Ese moretón olvidado de la historia uruguaya pasa casi desapercibido por la ventanilla de quien no esté prevenido. Un vacío late en silencio, apenas un vado pantanoso a una distancia sideral de Montevideo, Punta del Este, Colonia o cualquier otra localidad considerada hoy representativa del Uruguay.

La camioneta nos dejó en el cruce con una ruta principal, la ruta 5, que lleva a Tacuarembó, cuando el sol ya era una mínima rodaja vencida por el horizonte. Por primera vez estábamos haciendo dedo en una ruta de asfalto en Uruguay. Era para tener expectativa, porque mientras la hospitalidad es más o menos predecible en zonas rurales, todo mochilero sabe que el asfalto no sólo permite acelerar a los vehículos sino que también acelera el ritmo de vida de los pueblos que enhebra. Igualmente, la luz residual no nos alcanzó para poder medir la hospitalidad uruguaya en asfalto bajo condiciones normales. Por el contrario, tuvimos que arrimarnos debajo de un poste de alumbrado para ser relativamente visibles. Autostop nocturno, con el acompañamiento de la orquesta de estómagos vacíos de Juan y Paula, con retorcijones en re menor. Reclutando en un almacén un paquete de galletitas, pasamos a esgrimir sonrisas irreales a conductores invisibilizados por el horario y la velocidad. Pasaban pocos autos, a decir verdad, para ser una ruta nacional troncal. Tuvimos que aceptar que las rutas del interior uruguayo están prácticamente vacías. Tras 55 minutos de espera nos frenó otro camión VW Worker, y dos horas más tarde estábamos llegando a la casa de María del Carmen, nuestra anfitriona de Couchsurfing en Tacuarembó.


DUELO DE BILLAR EN EL BOLICHE DE MERINOS


Luego nos damos una vuelta por el “Comercio” del pueblo. El clásico almacen de ramos generales donde también se sirven bebidas y se juega billar. En ésta última destreza Baldomir parece ser el experto del pueblo. Tras abrir la puerta y ver al dueño del establecimiento, un hombre de enormes brazos, bigotes y ojos saltones, ambos se paralizaron como dos perros rivales y se retaron tácitamente a duelo, uno de esos duelos que llevan lustros de reediciones y revanchas. Para hacer enojar a su contrincante, Baldomir manipulaba mi presencia –y la de mi cámara- y aseguraba: “¡Me vienen a contratar para el casino de Mar del Plata!”. Y si la jugada era exitosa añadía: “¡Sacale una foto, sacale una foto a eso! Por cierto espíritu de imparcialidad dejé a los dos hombres solos, para que pudieran continuar los do juegos en los que se medían. Pues las bolas de billar ruedan sobre el paño, pero la oratoria que las sobrevuela, la manera en que cada jugador desalienta al rival marcándole sus errores o celebrando alguna carambola propia es otra destreza que amerita puntaj aparte. Un buen orador puede perder y aún así dejar a su rival con la sensación de haber tenido, apenas, una inusual racha de suerte.



En el frente del boliche, hay un kilométrico mostrador de madera sobre el que cuelgan, a varios metros de suelo, todo tipo de herramientas y cintos de cuero con enormes evillas y medallas.. De éste lado del mostrador, dos ancianos beben tranquilos su caña. Intento seguir su conversación, pero como no tomé caña, entiendo poco, aunque parecían hablar del derecho a la justicia por mano propia.

- Les prohibieron el Mauser y el Winchester, porque no los sabían usar…
- Haz el bien y no ve a quien….
- Pero a esa gente… ¿cómo no le va a hacer un bien al mandarlos a la dulzura del más allá?
- Si se trata mal al pueblo, malo queda el pueblo. Lo único que le dan es vino.

MERINOS: LA HOSPITALIDAD URUGUAYA HACIA LA POBLACION FLOTANTE (¡DEN LA VUELTA GURICES!)



Apostados a la salida de Guichón hicimos dedo en la ruta provincial 90. Podíamos ver la ruta de tierra irradiarse en el interior de Uruguay y dando curso a tentáculos que, con suerte, terminaban en algún pequeño círculo con curiosos nombres de parajes o pueblos. Algunos estarían habitados, otros sería estaciones abandonadas. Sólo había una manera de transformar incógnitas en anécdotas. Como siempre, a dedo. Esta vez, Paula y yo optamos por un cartel inespecífico que decía. “CONOCIENDO URUGUAY” que nos sería útil en todo el viaje al margen del destino buscado. Estos carteles tienen la ventaja de que no quedan caducos una vez alcanzado el destino escrito, y además comunican un contexto de viaje amistoso que sensibiliza a os conductores y reducen los tiempos de espera.



Tras 45 minutos de espera, acaso el segundo vehículo que pasa se detiene. Se trata de una doble cabina Nissan Frontier conducida por una mujer. Nos indica que subamos a la caja. Tras un rato de zigzaguear por las “calles de tierra” (como se les dice acá) nos bajamos en Merinos, un pueblo de fábula. Se ven a la derecha los galpones del ferrocarril abandonados, y a la derecha una hilera edificada con antiguas casas de techo alto. No llegamos a ver la profundidad del pueblo más allá de la hilera inicial, pero todo indica que no tiene una gran proyección.



Los primeros en detectarnos son un grupo de esquiladores alcoholizados que, con toda la espontánea amistad que su estado propicia, corren, más que a darnos la bienvenida al pueblo, a abrazarnos… Con la excepción de un señor mayor de boina y pocos dientes, el resto son jóvenes que beben con fervor de una botella plástica rellenada con vino barato. Su hospitalidad será etílica pero es real, pronto nos están invitando a comer un pollo al club del pueblo, y dicen que podemos acampar afuera del club. Nosotros nos detenemos a imaginar que para la hora de la cena su ebriedad les impedirá recordar quiénes éramos. El viejo dice que él “tiene rancho humilde”, pero que es “propietario, no como estos que son agregados (señala a los esquiladores ebrios). Los esquiladores nos explican que toda la economía de la región depende del ganado bovino, y que el nombre del pueblo no casualmente refleja el nombre de una enorme estancia vecina y homónima.





Despedimos a los esquiladores y, tras dejar nuestras mochilas en una casa donde se celebraba un cumpleaños, salimos a recorrer el pueblo. Estamos en lo que en Uruguay se llama un pueblo de campaña. Los altos almacenes, con sus carteles publicitarios setenteros de Fanta parecen abrir sus puertas a legiones fantasmagóricas de esquiladores y peones. Algunos funcionan, mientras que otros subsisten en presencia pero tienen sus ventanas y puertas bien ancladas en el desuso. La estación del ferrocarril, como en Argentina, sólo ve pasar un carguero de vez en cuando. Y según los parroquianos, se detiene a llevar pasajeros. Un dato al pasar para algún aventurero.




En un cumpleaños dejamos las mochilas para que nos las cuiden. Están pesadas. Agradecemos y nos responden: “A la orden”. Damos unas vueltas por el pueblo. Al fin preguntamos en la comisaría: Perdón, ¿sabe Usted donde podríamos acampar sin molestar a nadie? Aunque uno ya sepa dónde va a acampar, siempre hay que preguntar 5 o 6 veces antes de hacerlo, pues es muy probable que le ofrezca alojamiento a uno. El policía no vestía uniforme. Regaba unas plantas mientras hablaba con su mujer, y pronto respondió: “¿Acampar? Den la vuelta gurices” Nos ofrece una pieza con cama y todo, y luego explica que ellos deben irse a Guichón, el pueblo vecino a buscar una persona, pero que nos dejan la cocina abierta. En la cocina, el ardor de unos pesados leños crea un santuario de confort en el reducido ambiente. Nada que ver con el frío que afuera le eriza las lanas a las ovejas que vagan por las calles de este pueblo bucólico pero pintoresco. Como si esto no fuera poco, Baldomir (así se llama el policía) abre la puerta de la heladera e indica que podemos servirnos todo lo que queramos. “Hay algo de carne de oveja” –dice para referirse de manera menos que indicada a una oveja prácticamente entera carneada. En los estantes laterales del refrigerador mi ojo divisa un morrón verde y un limón. Está el riesgo de que me pellizquen y despierte, pero si eso no sucede, nos vamos a comer una oveja al limón con morrón cortadito en cubos.



Baldomir se despide a las apuradas y aborda la camioneta para ir a cumplir con su deber. En estos pueblos, la policía no esclarece homicidios, más bien llevan a los ancianos a cobrar la jubilación al pueblo, hacen el delivery de las garrafas a las viviendas más alejadas del casco urbano, y por la noche se dan una vuelta por las estancias para ver que todo este en orden. Baldomir, quien me conoce hace 15 minutos, me deja la llaves de su casa y se marcha en la doble cabina. Con Paula nos sonreímos y agradecemos por haber encontrado en nuestra primera noche de deriva uruguaya a esta gente tan maravillosa. Pero agradecemos rapidito, y ya nos ponemos a cortar los morroncitos.




Mientras la carne se asa sobre una parrilla improvisada dentro de la misma chimenea, decidimos poner algo de música en mi portátil. Entonces sucede otro descubrimiento, cuando Paula dice: “Sólo nos faltaría que hubiera Internet inalámbrica”. Entonces en la pantalla se abre un mensaje: “Redes inalámbricas encontradas”. No lo podemos creer. La explicación la íbamos a tener días después. Sucede que, por una iniciativa gubernamental llamada Plan Ceibal, todas las escuelas uruguayas tienen wi-fi. Y a cada niño se le ha entregado una portátil de forma gratuita. Debemos estar cerca de la escuela.

Cuando la oveja estaba lista y ya casi hundíamos nuestros tenedores en el plato, apareció Baldomir en la camioneta. Habían hecho todo rápido para no perderse la oportunidad de dialogar con los viajeros.
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Esperen, esperen – advirtió Baldomir- que ahora cenamos juntos. Pero antes, Juan, acompañame en la camioneta que tengo que ir a buscar a una familia que se le quedó la moto sin nafta en la ruta”
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La boca se me hacía agua, pero tuve que ir con él. En el viaje Baldomir me cuenta que son los estancieros de la zona –y no el estado- los que le compraron la camioneta para que pudiera vigilar sus establecimientos. También ellos le dan la gasolina cada vez que lo requiere. De golpe siento la confianza suficiente como para confiarle a Baldomir mi opinión: “Es bastante obvio que han patrocinado la camioneta para que cuides su negocio, y no por amor a la comunidad.” El centro médico del pueblo, según ya me han comentado, no dispone de equipamiento alguno, sólo primero auxilios. Los terratenientes, como siempre, son rápidos para protestar a la hora de pagar impuestos, pero distraídos a la hora de velar por la salud de su propia mano de obra. Siempre fue igual. Ya que estamos rodeados de ovejas, le cuento a Baldomir sobre la revuelta en la Patagonia argentina en los años 20, y de cómo se fusilaron a los esquiladores solamente por reclamar vivir dignamente. Mi nuevo amigo comparte mi bronca. Además, es un interlocutor agradable que encuentra la sintonía fina de cualquier idea. Ante todo, me asombra su curiosidad.

De regreso a la casa, cenamos con Baldomir y su señora. Baldomir comprende el sentido de la aventura que nos lleva a viajar de esta manera. “Pero ¿yo? ¡Ni loco!” – aclara. A mí no me saqués de Merinos! En la jerga local, nosotros somos andantes, o más técnicamente, población flotante. Recuerdo un libro sobre los crotos que he terminado de lee hace poco (Anarquismo Trashumante – de Osvaldo Baigorria). A Baldomir le encantó la historia de los crotos y de la legalidad con que viajaban en los trenes cargueros. Con Baldomir y señora terminamos filosofando. Me interesó particularmente su perspectiva de la modernidad.
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“Hoy hay que ir a comprar todas las cosas porque el hombre moderno no da vuelta la tierra. Ahora mi hija dice: quiero computadora, Internet, bluetooth. Nosotros vivíamos toda la familia en un galpón sin muebles sentados alrededor del fuego, sin luz, ni gas. Si querías luz, encendías un tacho con grasa de oveja…”

Por la noche dormimos plácidamente sobre una cama. Uruguay no nos permitió, en nuestra primera noche a la deriva, armar nuestra carpa. Además nos dormimos rápido, que mejor lugar que Merinos para contar ovejitas...