(c) Rodrigo Abd
Hace algunos días, el
fotoperiodista argentino Rodrigo Abd ganó el prestigioso Premio Pulitzer de
fotografía con el retrato de un padre enseñando a su hijo la poco infantil
destreza de disparar un lanzacohetes, en el marco de la Guerra Civil siria. El
titular la anunciaba como una fotografía que conmocionó al mundo. No se si fue el agravante de la asistencia paterna, o la necesidad de sensibilizar sobre un conflicto
vigente lo que movió a los jueces a premiar
las obras. En realidad, no interesa. No voy a cuestionar la elección del
jurado, mucho menos la probidad del fotógrafo. Tampoco ahondaré sobre los
intrincados orígenes políticos o
religiosos del conflicto. Estas palabras se desprenden más bien de un
escalofrío, y de un cuestionamiento de los ojos con que miramos esta
fotografía. Porque si bien la misma “impactó” al mundo ¿No se trata de un
impacto conocido? ¿No es como un zapato usado que nos queda perfecto, que calza sin
la menor resistencia? En definitiva, allí están esos musulmanes otra vez con
sus fusiles y sus bombas. ¿Qué hay de nuevo viejo? Volvemos a apoyar la cabeza
en la almohada perfumada y nos olvidamos de ellos. Entonces ¿impactó realmente
la fotografía?






