jueves 2 de febrero de 2012

PROYECCIÓN FOTOGRÁFICA EN EL ATENEO POPULAR DE CARACAS

Hola a todos!

Este sábado 4 de febrero a las 6 pm estaremos en el Ateneo Popular de Caracas (Calle Vargas. Entre Las Ciencias y El Estadium. Los Chaguaramos) proyectando fotos de nuestra aventura por Europa, Medio Oriente (incluyendo Irak, Iran y Afganistán), Tibet, India, Latinoamérica  y Antártida!!


El evento es totalmente gratuito, como parte del Proyecto Educativo Nómada.  Estaremos además presentando el libro "Vagabundeando en el Eje del Mal" sobre el viaje en Medio Oriente!


Esperamos a todos los espíritus viajeros de Caracas!


Buenos Caminos!
Juan y Laura
www.acrtoatadelcamino.com

martes 31 de enero de 2012

¡TENEMOS PROYECTOR OTRA VEZ!



¡Hola amigos! Finalmente, gracias al esfuerzo conjunto de todos nuestros lectores, amigos y cómplices del Proyecto Educativo Nómada, pudimos volver a comprar el proyector portátil que nos habían robado al entrar en Venezuela. Gracias con todo el corazón por no dejarnos solos en un momento crítico del viaje. Estamos emocionados con la respuesta que tuvimos de todos ustedes. Definitivamente sentimos que no estamos solos, que hay debajo de nuestras piruetas una red de contención y cariño y que esa es la mejor semilla que puede tener nuestro proyecto.

Ya estamos otra vez en Venezuela. Entramos livianos, dejando en Colombia la computadora y demás equipos para no tentar a la suerte. El próximo sábado 4 de febrero a las 6 p.m estaremos realizando nuestro primer evento educativo en el Ateneo Popular de Caracas (Calle Vargas. Entre Las Ciencias y El Estadium. Los Chaguaramos. Caracas.)

Gracias por creer en nosotros. El Proyecto Educativo Nómada sigue adelante!

Juan y Laura

Acróbatas del Camino

jueves 19 de enero de 2012

LA LEY SOPA: NUEVA REENCARNACIÓN DE UNA ANTIGUA HOGUERA.




La pirueta más similar a la eternidad intentada por el hombre es, me arriesgo, el arte. Y como es esperable, este espíritu humano encuentra oposición en enemigos que también se reciclan. Porque la ley SOPA no es nada nuevo…  En una lúcida prosa Borges trazó hasta Caín y Abel el origen de la bala que mató a J.F.Kennedy, aduciendo que el mismo proyectil  había atentado contra Lincoln –y podríamos agregar que su trayectoria prosiguió hasta dar blanco en John Lennon. 


Lo mismo sucede con la censura, una manifestación humana que se reinventa a sí misma. Nada nuevo desde que el emperador chino Qin Shi Huang eliminó todos los manuscritos conocidos por su cultura en un intento de abolir la historia previa a su persona. 


Es la misma añejada censura la del fuego nazi que quemó los libros de Freud –entre otros- en la Bebelplatz de Berlín en 1933. Mucho antes, fue la Inquisición, la moda del pensamiento único con molde de cruz, la que incineraba tanto manuscritos como a sus mismos intelectos creadores, atados al tieso palo de hoguera. 


El 29 de abril de 1976, Luciano Benjamín Menéndez, jefe del III Cuerpo de Ejército durante la dictadura militar argentina, ordenó la quema de libros de Cortázar, Galeano y Saint Exupery, para “destruir por el fuego la documentación perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de ser cristiana, serán destruidos los enemigos del alma argentina"


Como el fuego eterno que los zoroastrianos preservan de la extinción en sus templos, o el que en Varanasi arde a orillas del Ganges para dar lumbre a las piras funerarias… así el mismo fuego ha venido socavando la trascendencia humana –¿qué es, sino, la cultura?- desde la biblioteca de Alejandría hasta Wikipedia.



La hoguera también evoluciona en silencio: ahora se puede callar a un escritor o a un movimiento político alternativo, ya no con fuego, sino con IPs, DNS, bits, ceros y unos… Que la justicia norteamericana tenga poderes para cancelar una página web de cualquier parte del mundo cuyo contenido esté sujeto a Copyright  -desde un video de You Tube hasta el video casero de una fiesta donde se escucha un tema sujeto a Copyright- es una realidad muy próxima. 


Detrás de la necesidad de proteger las industrias cinematográficas y musicales de los EE.UU. se esconde una ley general más peligrosa, que forma parte de la ética del sistema. Por un lado, la obsesión por la propiedad privada y su defensa de forma asimétrica –es decir, lo importante es que Fox o Universal Studios no pierdan un dólar, pero las deudas de las entidades financieras que quebraron en la última crisis inmobiliaria se afrontan con fondos públicos. 


Lo que la ley SOPA grotescamente protege, no es la propiedad privada anunciada con optimismo por la Revolución Francesa como reacción contra el feudalismo y el no-individuo. No hablamos de una banda nueva que con derecho se resistiría a regalar sus discos en lugar de venderlos, o de un perejil como yo con un sólo libro publicado.  La ley SOPA, más bien, defiende la propiedad privada de los grandes grupos económicos de la industria del entretenimiento. 


Con la misma lógica con que se podrá asediar a plataformas colectivas de sistematización de conocimiento como Wikipedia, los EE.UU y los laboratorios impiden la producción de medicamentos genéricos por proteger las fórmulas de salud patentadas por ellos. De esta manera los millones de personas que en Africa padecen HIV no pueden acceder a tratamientos, pues la prioridad es aumentar las ganancias de la industria farmacéutica, y bajo ningún punto de vista acercar soluciones a una desgracia epidémica.



Con la misma dinámica los EE.UU no firmaron el protocolo de Kyoto, que compromete a las naciones firmantes a reducir las emisiones de carbono. El motivo: provocaría pérdidas millonarias a la industria automovilística. No interesa si el planeta se va al diablo en 50 años por el calentamiento global: lo importante es que cada ciudadano adquiera un automóvil. Ante todo, lo que se está prohibiendo es compartir, archivos o automóviles. No es casualidad que en muchos estados de los EE.UU esté expresamente prohibido hacer autostop, mientras es sabido que compartir el vehículo es una práctica social ecológica y deseable.


La permeabilidad con que la ley del Congreso de los EE.UU puede castigar cualquier actividad intelectual que diezme sus ganancias en todo el mundo es insultante. La recíproca no se cumple. Es decir, ni EE.UU ni Canada responden por los daños ambientales que causan las empresas mineras en Sudamérica. Hace poco, asistí en Cuenca, Ecuador, a un evento donde se proponía formar un Tribunal Indígena Internacional que pudiera ajusticiar a las mineras. ¿Alguien piensa que desde la periferia hacia el centro, la justicia podrá avanzar a contramano de Babilonia?




Recapitulando, puesto a que ya se han patentado los genes ¿será que algún día nacer se convertirá en un plagio? Con las semillas transgénicas de Monsanto, que desplazan gradualmente –y por la fuerza, con donaciones maliciosas a países pobres como Haití después del terremoto- a las semillas nativas ¿será algún día ilegal compartir el pan? ¿Qué esperamos para nuestro mundo, maíz de Cargill o el producido en las terrazas andinas con amor y corte y confeción de la Madre Tierra? ¿Detendrá algún día el FBI a las cholitas por sembrar un maíz que ya antes patentó Monsanto o algún otro? 


Aparentemente, el capitalismo actual se encuentra en crisis por la misma tecnología de duplicación que él mismo ha generado. Las películas americanas llegan a todas partes. Cualquier niño árabe sabe quién es Superman o Michael Jackson. La TV y internet se utilizó desde el inicio como mecanismo de propagación de estos símbolos. Pero ahora, esa misma tecnología, también permite una clonación popular de estos productos. La misma lógica fordista de la línea de montaje, pero ahora gira hacia atrás, contra el sistema. Hagamos una nueva lectura: si los medios de producción –o en este caso re-producción- los tiene el pueblo, ahí es donde se criminaliza el acto de compartir. Otro caso: se promueve el consumo de Coca Cola como una receta para la felicidad de los pueblos –porque la casa central queda en Atlanta- pero se penaliza la ancestral hoja de coca –porque la casa central de los cocaleros queda en el Chapare. 


Son muchas las muestras de que el Imperio cumple selectivamente con el liberalismo del que se abandera. La libre circulación del capital, y esto es la principal lección que nos quiere inculcar con vara de acero la ley SOPA- no tiene nada que ver con la libre circulación de ideas. Otra vez, los hemos engañado. Será entonces la hora de los hackers, de los Annonymous, de los graffitties y los encapuchados virtuales. Es el punto donde alguien empieza a invitar a que los aviones tropiecen con los rascacielos.  Habrá que patalear en todos los idiomas y ámbitos que nos sean accesibles para proteger la internet libre y, por sobre todo, una concepción humana del acto de expresión, no mensurable en dólares. 


De otra forma la noche será larga, habrá que configurar los ojos para conocer a un enemigo que se esconde en abundancia, la misma vieja hoguera metamorfoseada en sutiles códigos de barra, letras pequeñas y términos y condiciones, patentes, genes y alimentos balanceados para el gato.


miércoles 18 de enero de 2012

Bienvenidos a bordo




Para quienes llegaron al Blog por nuestra breve aparición en TV Pública ¡Bienvenidos! Somos Juan y Laura, los Acróbatas del Camino, y estamos dando la vuelta al mundo a dedo. Hace 7 años Juan empezó con este proyecto en solitario, abordando un velero en el puerto de Belfast, desde Irlanda del Norte, para encontrarse en el camino con Laura, enamorarse, y seguir la ruta juntos.  El desafío: viajar por los seis continentes documentando la hospitalidad y la vida cotidiana de los pueblos más remotos del planeta, escribiendo libros y llevando a cabo el Proyecto Educativo Nómada. No hay límites de tiempo: liberados de nuestras rutinas anteriores ahora el tiempo es nuestro aliado.
Libro

En todo este tiempo, hemos recorrido unos 57 países y territorios, desde la Antártida, a donde llegamos a bordo de un buque de expedición, hasta el Tíbet, territorio que Juan cruzó en 2007 durmiendo en monasterios a las sombras del Himalaya, por una de las rutas menos transitadas del planeta. Hemos acampado en los jardines de Versalles y apoyado nuestras mochilas junto a ruinas incas o celtas por igual. Pero sin dudas, nuestro mayor desafío hasta la fecha fue recorrer Irak, Irán y Afganistán… sí, también haciendo dedo, y con una sonrisa como todo armamento, para demostrar la humanidad de los pueblos más estigmatizados por los estereotipos mediáticos. Fue el viaje más fantástico que jamás emprendimos: acampando en campamentos beduinos, siendo recibidos como visita oficial en el Parlamento de Kurdistán, pernoctando con la resistencia intelectual al régimen iraní, y siendo bendecidos, de aldea en aldea, por familias que nos invitaban a beber el té sobre la alfombra. El libro que narra esa historia se titula “Vagabundeando en el Eje del Mal – Un viaje a dedo en Irak, Irán y Afganistán (Del Nuevo Extremo) y se consigue en todas las librerías argentinas y españolas.



Ser nómadas, vivir viajando a dedo,  es como habitar dentro de un caleidoscopio, cada hoja del calendario es fresca, con un color distinto. Un día podemos dormir en un faro frente al Mar del Norte en Noruega, y tres meses después estamos en Rumania subiéndonos a un autobús sin preguntar el destino para terminar en una boda gitana con procesiones de violines y tres días de bailes. Eso puede parecer divertido -¡ y lo es! -pero no viajamos sólo por placer personal, turismo u ocio. En cada país, adoptamos una mirada antropológica, buscamos comprender cada sector de la sociedad, nos trasladamos  a barrios marginales o viajamos en canoa por un río hasta comunidades indígenas aisladas. Todo es parte de nuestra búsqueda de experiencias para nuevos libros.


¡Y esto no termina allí!  Para dejar nuestra huella en pueblos y comunidades que con tanto cariño nos reciben, llevamos a cabo –desde 2009-  el Proyecto Educativo Nómada, un programa con anclaje ideológico en la bondad intrínseca del ser humano, el cooperativismo y el fortalecimiento comunitario. Avalados institucionalmente –pero no materialmente- por el Movimiento Mundial por la Salud de los Pueblos, visitamos escuelas, centros comunitarios, hogares y universidades. Con un proyector portátil mostramos imágenes capturadas durante nuestra vuelta al mundo, ilustrando la diversidad cultural del planeta, promoviendo un conocimiento horizontal entre culturas para fortalecer la paz. Además compartimos estrategias para afrontar las diversas problemáticas socio-ambientales como los transgénicos, as fumigaciones y el acceso al agua.



En algunas comunidades, donamos material didáctico, libros, e incluso hace muy poquito, logramos por primera vez –tras un épico viaje de nueve horas en canoa por el río Mangoziza- donar una computadora para la escuelita de una comunidad amazónica ecuatoriana que lucha contra el embate de madereras transnacionales. Todo esto es  posible gracias a las micro-donaciones mensuales de nuestros cómplices: lectores comprometidos que no sólo leen nuestros libros y posts, sino que forman parte activa de nuevos proyectos y desafíos. Nosotros, viajando, seleccionamos escenarios y ubicamos una necesidad puntual, y entre todos –cómplices, lectores del Blog y seguidores de Facebook- juntamos granitos de arena para cooperar con la comunidad. ¡Es solidaridad 2.0! Si encontrás coherente la forma en que buscamos causar una diferencia, y querés ser cómplice de este esfuerzo, escribinos a acrobatadelcamino@gmail.com

¡Buenos caminos!
Juan y Laura

domingo 15 de enero de 2012

VAGABUNDEANDO EN EL EJE EL MAL - Un viaje a dedo en Irak, Irán, y Afganistán...


Edición argentina. Editorial Del Nuevo Extremo


Esta es la tapa de “VAGABUNDEANDO EN EL EJE DEL MAL – Un viaje a dedo en Irak, Irán y Afganistán” el primero de mis libros en ser publicado, por Editorial Del Nuevo Extremo (Argentina) y Editorial RBA (España). Después de diez años de realizar librillos artesanales y sostener mis viajes con su venta ambulante en bares, cafés o playas, aquí está amigos, mi primer libro editado.

El libro ya se encuentra en las principales librerías argentinas y españolas . Con sus 350 páginas, 200 fotografías, 16 láminas a color y seis mapas, espera a esos lectores intrépidos que andan rastreando libros de relatos de viajes reales, de historias caminadas y escritas a fuerza de suelas gastadas.

 
"Vagabundeando en el Eje del Mal" transcurre en Medio Oriente, durante la primera etapa de mi vuelta al mundo a dedo, en algunos de los países menos visitados del planeta. El libro espera ser una mínima contribución al entendimiento humano, al reivindicar la diversidad y la hospitalidad del Mundo Islámico, una región caricaturizada por la fábrica de miedo que es la cosmovisión etnocéntrica occidental. Especialmente después del 11-S y 11-M, la oratoria del establishment, ávido de imponer guerras rentables,  creó la figura del Eje del Mal como marioneta de un otro cultural distinto, amenazante y sospechoso. La manipulación de los estereotipos culturales a través de los medios masivos terminó así instalando en el imaginario colectivo una estratégica confusión entre árabe, musulmán, talibán, inmigrante y terrorista.

La idea de cruzar  Irak, Irán y Afganistán, Turquía, Siria, Jordania y Egipto, haciendo autostop emergió como una cruzada por desmantelar este discurso de miedo documentando cotidianidad significativas y brindado evidencia de la solidaridad de sus habitantes. Las páginas del libro recogen los episodios y las vivencias compartidas a lo largo de mi caminata, mochila al hombro con los pobladores locales, sean maestros rurales afganos, vendedores del bazar de Aleppo, amables clanes beduinos de Siria, granjeros que absortos en su Sahara me preguntaban si en Argentina también había estrellas o miembros de la inteligencia siria encargados de perseguirme. Hay también eventos delicadamente absurdos. Alguna vez me tocó tomar el té en un campo minado, aprovisionar mi mochila en una base norteamericana en Afganistán, o entrar en Irak como un vagabundo para terminar dando lecciones de autostop en el Parlamento del Kurdistán.
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Cifrada en sus páginas, va además la receta de un nomadismo postulado como estilo de vida y la inspiración para quienes anhelen indagar el horizonte y salir a las rutas del mundo. Las confesiones de un nómada que ha encontrado domicilio en el viento... 

Con mucha ilusión espero que el libro, en su flamante formato siga caminando y encontrando lectores que lo alojen en sus bibliotecas como a mí me alojaban los sirios y los turcos.

EL LIBRO SE ENCUENTRA EN LAS PRINCIPALES LIBRERÍAS ARGENTINAS Y ESPAÑOLAS.


Para saber cómo conseguirlo desde el resto de los países latinoamericanos, consultame a acrobatadelcamino@gmail.com

Para ordenar un ejemplar desde el resto del mundo, entra a la Tienda Virtual, donde también puedes ver algunos pasajes del libro o leer su introducción. Es posible abonar el libro electrónicamente y recibirlo por correo al cabo de 7-10 días.

Buenos Caminos,
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Gracias por esar del otro lado y darle sentido a esta literatura producida desde los caminos del mundo.


Juan Villarino

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IMÁGENES DE LA ÚLTIMA 36º FERIA DEL LIBRO DE BUENOS AIRES

Firmando ejemplares en la 36era Feria del Libro de Buenos Aires
                                           
Junto a Laura, mi compañera de viaje y de vida.
    


La Maga - mi mochila- no podía faltar en la presentación.
                                

sábado 14 de enero de 2012

BLOGUEROS ASCETAS Y COMENIÑOS EN LA TIERRA SUELTA DE LOS WAYUU



El caño de escape del camión despuntaba a un lado de la cabina, lanzando bocanadas de humo negruzco hacia atrás con un intolerable olor a gasolina. Todos los que viajábamos en la caja nos retorcíamos. Laura se tapaba la cara como podía con un pañuelo que en otros contextos le da ese aire bohemio que la hace todavía más linda, pero ahora parecía una musulmana desterrada de algún harem, y se acuclillaba en una esquina de la caja del viejo Chevrolet como si estuviera en penitencia. Yo aprovechaba mi longitud jirafesca para estirar el pescuezo por sobre la cabina y curarme con viento. En esa cámara de gas móvil, viajaba además un joven peón que había optado por envolverse su cabeza en un pareo como un tuareg. Conversaba algo con nosotros desde la hamaca que había tendido diagonalmente en la caja del camión. Fue el quien nos dijo que el camión iba a Puerto Bolivar, en la desértica Alta Guajira, a buscar mercancías de un barco que acababa de llegar de Aruba.

Sí, habíamos descubierto que Colombia escondía un desierto en su extremo norte, y yo amo los desiertos. Más aún cuando me enteré que la Guajira era el hogar de los Wayuu, una etnia originaria que gracias a la aridez de su tierra había logrado retener cierta autonomía. Los wayuu fueron apenas molestados por los españoles, y se transformaron en señores de su propio desierto, que antaño recorrían a caballo, recalando en sus rancherías, Mantuvieron su lengua, su matriarcado y costumbres tan curiosas como el segundo entierro o tan bellas como el putchipu o palabrero.  No podíamos irnos de Colombia sin visitarlos, por lo que apretujamos todas nuestras pertenencias en La Maga y salimos a la ruta. Y así terminamos arriba de la cámara de gas rodante…

Sin detenerse, nuestro camión pasó por la pequeña localidad de Uribia. Unos wayuu borrachos nos saludaron desde un banco tan efusivamente que uno de ellos luego cayó al suelo y terminó junto a las latas de cerveza abolladas. La ciudad parecía un chiquero, y la gente se limitaba a dos actividades: beber cerveza y llenar su vacío con música alta en amplificadores baratos que rechinan (actividad que hace suspirar a los románticos europeos que al verlos dicen: “¡ay… son pobres pero son tan alegres!) Pero bueno, después en otro post, o directamente en el próximo libro les contaré lo que pienso del lado oscuro del Caribe. La cuestión es que en Uribia, la gente chupa y se faja con decibeles sin mayores preocupaciones. Como sucede cada vez que la moral civilizadora occidental funda un asentamiento en tierras indígenas sin que nadie se lo pida, los originarios terminan –comprensiblemente- migrando como polillas a la luz y en la práctica viven de subsidios que ayudan a que pierdan su identidad. Pero nosotros queríamos conocer a los otros wayuu, a los que siguen habitando dignamente sus rancherías y criando ganado, por lo que no nos bajamos en Uribia.



´La “cámara de gas rodante” llegó finalmente a Puerto Bolívar de noche. El sitio no figuraba en nuestro mapa. Se trataba de un pequeño puerto, que al lado de la aldea wayuu parecía una fortaleza, con su seguridad privada, grúas, y decenas de camiones que entraban y salían. El camión entró, y con Lau nos quedamos con la reja romboidal de alambre en las narices, decidiendo si buscar hospitalidad de noche en el caserío desierto o conmover a los guardias del puerto. Lo segundo nos pareció más práctico. El guardia de seguridad llamó al jefe de operaciones portuarias, y los dos, que somos oriundos de ciudades con puertos, destilábamos nostalgia. El hombre, como todo colombiano, no por formal dejó de ser hospitalario, y nombrólos incisos del reglamento que nos impedían ingresar sólo para hacernos saber que las pasaría por alto a todos y nos designó una habitación en desuso donde pudimos estirar las bolsas de dormir. Por la ventana observamos los inmensos cargueros fondeados en el puerto natural. Sabido es que todas las mercancías electrónicas que se con pueden comprar baratas en Maicao ingresan por esta de zona franca. Sin embargo, el ajetreo que azuzaba al puerto esos días era por Navidad. Sí señores, los cargueros estaban atiborrados de juguetes, muchos de los cuales no podrían ser descargados a tiempo para el arbolito. Juguetes chinos para niños colombianos transportados por barcos de Aruba. De niño, para estas fechas, recuerdo que el Canal 8 de Mar del Plata bombardeaba siempre con películas yankees ochentosas sobre “el Espíritu de la Navidad”. Bueno, nosotros sin buscarlo dimos con la relojería mercantil que está detrás del arbolito, y no se parece nada a un finlandés en trineo… Más que los juguetes, yo banco el juego, estoy con Schiller cuando afirma que “el hombre sólo es libre cuando juega”. Y por eso viajo.





Por la mañana siguiente desayunamos en la casita de los guardias de seguridad, donde nos dejaron hervir el arroz que llevaríamos en la incierta caminata que nos esperaba hacia el Cabo de la Vela, y nos regalaron queso, obleas y una leche saborizada con etiquetas de algún subsidio escolar… Salimos bien cargados cerca del mediodía: en la mochila llevábamos cantidad de latas de atún, tomate, pan, galletas y agua en bolsas de 200 ml, curioso formato endémico. Antes de abandonar el caserío, bebimos un jugo de sandía en una tienda como premio anticipado por la caminata al rayo del sol que nos esperaba, y le suplicamos a una mujer que nos enseñara cómo saludar y agradecer en wayunaaki, el idioma local. Adoro el bilingüismo, cuando cambia el idioma, empieza el rock and roll…

Dejamos el caserío de Puerto Bolívar, honestamente, sin tener idea de si pasaría algún día algún vehículo en dirección al Cabo de la Vela. Avanzábamos con nuestras humildes viandas a la espalda tirándonos de vez en cuando bajo los escasos y bajos arbustos que apenas daban sombra. Sí señores, éramos dos ascetas bloggeros camino a un stio ceremonial wayuu. Pasábamos caseríos curiosos, que incorporaban como materiales de construcción los despojos del comercio exterior que llegaba por el vecino puerto. Había casas con paredes laminadas con barriles de lubricantes multinacionales aplanados, y árboles de navidad montados sobre viejos neumáticos Firestone. A nuestro lado, un carguero de 140 vagones lleva a puerto el carbón de la mina El Cerrejón. Se desliza con impunidad como un ciempiés de acero, como un ejército de hormigas que todos los días a la misma hora saquea la misma planta y regresa al mismo hormiguero. Los pastores wayuu lo miran como un fantasma, resignados a la porosidad de su ancestral tierra inexpugnable. De hecho, lo que me sorprende de los wayuu es cómo un etnia tan sí misma puede aún retener rasgos propios cuando su territorio ya ha sido abordado por los intereses de un mundo que no es el suyo.  La excepción a esta lógica sería Ayatawacoop, una cooperativa indígena binacional que permite que los wayuu ingresen legalmente gasolina venezolana en el mercado colombiano, algo que de todas maneras venían haciendo para ganarse la vida durante más de 50 años. Hoy, las ganancias del emprendimiento van a un fondo social destinado a obras comunitarias a ambos lados de la frontera.






Cuando llevábamos una hora de marcha unos ingenieros en camioneta nos frenaron y nos dieron un aventón hasta el Parque Eólico, el más grande de Colombia. Desde este extremo, abastece de electricidad a la lejanísima ciudad de Medellín, pero no a las rancherías wayuu que están a cien metros, que utilizan generadores a gasolina. En el Parque Eólico esperamos apenas unos minutos, y abordamos la caja de una camioneta que llevaba mercadería al Cabo de la Vela. Bingo. Si bien el viaje fue como un subibaja, no sólo llegamos a destino, sino que compramos a los conductores piñas frescas a precio mayorista. Cabo de la Vela es una remota aldea de pescadores con un nivel tolerable de etnoturismo.




Nosotros acampamos plácidamente en la playa. Disfrutamos mucho nuestros días allí, y debo en realidad agradecer que el Parque Eólico se lleva la electricidad a Medellín y no aquí, porque si tuvieran electricidad estarían con los parlantes al máximo a toda hora, as dictated by Caribbean soul. Caminamos por la playa ancha y casi desierta, Lau recolectaba caracoles y leíamos el libro Barón Rampante de Italo Calvino. Las mujeres wayuu, distinguibles inmediatamente por sus mantas, que son en realidad vestidos livianas túnicas multicolores. Con el fondo de color arenisca de su entorno parecen flores, flores caminando por la playa. Una de nuestras caminatas nos llevó hasta el Faro, caminando entre espinos y añejadas osamentas de cabras. Desde allí observamos todo el Cabo de la Vela, considerado sagrado por los wayuu, quienes creen que aquí moran en gracia las almas de los muertos antes de despegar hacia la eternidad. O sea que fuera de la tercera dimensión que percibimos estábamos en un sitio con bastante… tránsito. Quizás por eso el viento era tan persistente. Allá arriba, nos dimos cuenta también que estábamos en el extremo norte de Sudamérica. Un año atrás estábamos en caminando hacia la Estancia Tunel por el Canal del Beagle, cerca de Ushuaia. En el medio ha acontecido tanto que no amagaré enumeraciones. También pensé que la Guajira sería buen escenario para otro libro de Federico Gargiulo. Presenta una geografía aislada, casi sin caminos, con escasas rancherías aisladas, algo muy similar a la Península Mitre de Tierra del Fuego en el otro extremo del continente.




De regreso a la playa, encontramos una bote de pesca algo raído y nos sentamos a conversar. “¿Seguimos viajando, monona?” “¿Y…vos qué decís?” Hay tantas geografías que a Lau y a mí nos llaman la atención, que nada nos cuesta entrar en un trance y soñar con Uzbekistán o Bután. Pero Sudamérica está primero, es una cuestión de coherencia ideológica. Necesitamos entregar nuestra voz sobre lo que estamos caminando en forma de libro antes de zarpar hacia cualquier otra parte. Viajar es como pescar, implica la misma incertidumbre, pero también la misma postura ante la vida, los pasos atentos e intencionados como redes. Y mientras imaginábamos la captura de futuras redes que aún no existen, llegó un barco… Un pescador de langostas con sus dos hijitas, llegaba desde Punta Gallinas a vender su captura del día. Con el agua a la cintura me acercamos, para un gratuito comercio de sonrisas con las dos princesitas wayuu.






Como los buses con turistas eran cada vez más frecuentes, decidimos ir a  ver a los wayuu en su entorno real, en las tantas rancherías que habíamos visto en la ruta. Para esto no hay método: al igual que cuando visité a los beduinos sirios, fue cosa de bajarnos en el primer camino de tierra que nos tentó, y comenzar a caminar. El camino pronto pasó a ser apenas una senda impalpable en el desierto, que zigzagueaba entre matas y espinos insistentemente mordisqueados por cabras. Cada tanto, pasaban en sentido contrario bicicletas, cuyas huellas nos habían indicado seguir. Nuestra esperanza era localizar a un hombre llamado Alberto Rodríguez, a quien habíamos conocido en Maicao, que habitaba algunas de las múltiples rancherías de la zona. Los niños en bicicleta que navegaban el desierto nos dieron direcciones que nos guiaron a un caserío donde terminó viviendo un homónimo. No era nuestro hombre, pero lo mismo sonreía desde su hamaca, como si fuera un capullo de una mariposa y pronto fuera a salir volando. La hamaca era, aparentemente, una especie de trono, pues el Alberto era el jefe de la ranchería. Junto a él estaba su mujer, ataviada con una manta rosada wayuu. La mujer no dejaba por un momento de tejer un chinchorro, hamaca artesanal que demora un mes y medio en completarse. El resto de los familiares ocuparon pronto unos troncos de árboles y se acercaron a la ronda. Aunque primero nos miraban con una detenida sonrisa sin pronunciar una palabra, como haciendo una digestión de la sorpresa, luego la mujer se puso de pie, como recordando de improviso un guión preestablecido, y nos preguntó –en un gesto de medición cultural del otro que me pareció fino - si bebíamos café.



La conversación no era fluida: los wayuu son gente adusta y no están muy acostumbrados al contacto con forasteros, pero demostrando un poco de interés por su cultura, empezaron a contarnos historias. Explicaron que en su sociedad se hereda el apellido materno, y que se dividen en clanes. Pero más allá de estas cuestiones de arquitectura genealógica, quedé fascinado por su relación con el desierto y con la ley. Los wayuu siempre estuvieron un poco al margen de todo Antaño montando a caballo sobre las infinitas estepas guajiras, hoy en viejas camionetas, armados por si las moscas, contrabandeando gasolina desde Venezuela para sobrevivir, el espíritu es el mismo, el de un pueblo que dibuja sendas en el desierto, como esperando hallar un destino que, hasta ahora, les es esquivo. Cowboys modernos de un desierto latinoamericano.

Mientras la luz del atardecer va caramelizando el desierto con su luz lateral, Roberto me cuenta de otra tradición interesante: la del palabrero. Cuando dos familias wayuu entran en litigio, la parte ofendida envía a un apaciguador que soluciona los problemas mediante la oralidad. A este acto se lo conoce como “llevar la palabra”  Como jueces, son mediadores en los resarcimientos por muertes de animales o personas. En una región donde los tiroteos son frecuentes, los palabreros tienen mucho trabajo, asegurándose que el clan agraviado reciba el arma con que se sometió el delito, y estimando la cantidad de  chivos, reses, y colares de oro y tuma que compensarán la muerte. Estos elementos, chivos, vacas, oro, son moneda de cambio en caso de muertes, pero también en esas magnitudes se expresan las dotes por casamiento. Con los años los palabreros ganan experiencia y –según dicen- seguridad, y recorren las costuras invisibles del desierto blandiendo su waraarat (bastón) y evitando las guerras entre clanes.


Como atardecía hicimos una pausa para armar la carpa. Roberto dictaba el acontecer familiar con su dedo índice desde la hamaca, como en “La Creación de Adán” de Michelangelo, y apunto a una especie de tinglado techado por troncos. Era idéntico a la estructura que me facilitaron en 2010 los huarpes del desierto mendocino. Me quedé por un segundo imaginando un parentesco entre estos dos pueblos habitantes de desiertos y criadores de chivos. La instalación de nuestra carpa fue todo un acontecimiento social. Desde rancherías cercanas llegaban en bicicleta para verla.  Entre ellos, muchos niños.



Los niños fueron un capítulo aparte. Al vernos, corrieron a las faldas de las mujeres, y desde allí nos observaban con un dedo en la boca y las piedras listas para correr. Laura, que es experta en socializar con estos diminutos humanos, empezó a dispararles besos en el aire y a hacerles muecas. Sólo entendimos por qué los niños nos tenían tanto miedo cuando vimos que agachado en una silla, el abuelo no dejaba de decirles en wayunaaki algo que no entendíamos pero cuyo significado era obvio. El viejo decía: ¡Arijuna, arijuna! (blancos) y luego chasqueaba la lengua en una onomatopeya  similar a la que se hace para imitar el trote de un caballo, pero el gesto de su mano llevada hacia la boca podía indicar sólo una cosa: ¡los blancos te van a comer!  Y si Laura amagaba a tender su mano al niño, y éste comenzaba a desprenderse de la falda de su madre, basta un ¡arijuna, arijuna tk, tk, tk! para que el niño se escabullera llorando, bufando y sacudiendo los brazos despavorido, cosa que asustaba sobre todo a las cabras que custodiaban la escena familiar ya con las últimas luces del alba. Sí habíamos encarnado o no alguna versión wayuu del cuco, no lo sabíamos, pero con Lau nos sentíamos como dragones, o alguna criatura capaz de infundir tan susto.





Por la mañana, conversamos con Roberto sobre cuestiones de la tierra. Yo le conté de que en Argentina también había comunidades, y que algunas incluso vivían del ganado caprino. Ese hombre se puso feliz, hubieran visto su sonrisa, cuando le hablé de los huarpes o de los descendientes de ranqueles que visité en Mendoza y La Pampa respectivamente. Y allí el hombre hizo una pregunta que me gustó:
-          ¿Y allí también la tierra es suelta?
Primero no caía, pero en un segundo comprendí que se refería a la propiedad colectiva de la tierra. Sí, le respondí, depende el caso, pero se está reconociendo de a poco. Entre los wayuu, nadie es dueño de la tierra, sólo de sus animales, identificados por marcas a fuego. Sobre esa tierra suelta seguimos caminando Laura y yo, otra vez siguiendo las huellas de bicicleta, para regresar a Maicao y empezar a pensar en nuestro viaje a Venezuela.

viernes 23 de diciembre de 2011

REPORTE FINAL: CUANDO LA COMPU LLEGÓ A LOS SHUAR (PARTE II)

Y después de tanto esfuerzo compartido, tantas horas frente a la máquina, tanta cadena de favores, finalmente la compu donada a través del Proyecto Educativo Nómada llegó a destino. Aquí va la segunda y última parte de esta travesía colectiva:




*Por Marcelo Maquez

Cuando finalmente llegué al puerto, bajo la mirada escrutadora de todos los Shuar que estaban ahí, me comunican que por el festejo de los 20 años de parroquización de San José, no habría canoas hasta el día siguiente. Intenté persuadir al pasero –así le dicen a quienes manejan las canoas- de que era de extrema urgencia y que necesitaba llegar a Tsunki ese mismo día. Sin éxito y tras 3 horas de conversaciones me dí por vencido. Fue entonces que ante mi insistencia me empezaron a preguntar por qué necesitaba llegar a Tsunki, cómo había llegado hasta ahí, y un sin fin de preguntas para nada buena onda. Decidí en ese preciso momento usar la carta ganadora (como Juan me había recomendado) de nombrar al padre Juan de la Cruz y decir que yo pertenecía a los salesianos de Don Bosco. ¿Carta ganadora? Ja! Eso los enfureció mas, porque Juan de la Cruz iría la semana siguiente a visitarlos entonces no tenía porque mandar alguien en su nombre. Cuando se me acababan las sonrisas estúpidas y los argumentos para no morir en el intento de entregar la laptop decidí que la verdad es más fuerte que la espada y la iba a utilizar, y dije “Voy a Tsunki por invitación de Pascual Yampis, soy amigo de Juan y Laura, dos maestros argentinos que estuvieron con él hace tres meses” Ninguna estampita, ni siquiera una foto abrazado a Dios hubiese surtido el efecto que tuvo esa frase. Nombrar a los creadores del Proyecto Educativo Nómada me convirtió, en segundos, de ser casi víctima de homicidio en una deidad. Se me acercó un hombre que decía ser el cuñado de Pascual y me explicó “Pascual está en San José, tuvo que venir para la festividad, él lo está esperando”. Increíble, la señal de celular había dejado de tener barritas en Mendez, pero que yo estaba ahí buscándolo llegó a los oídos de Pascual tan rápido como un sms. Me hicieron dejar la mochila más pesada en la tienda de una señora del puerto y me llevaron de vuelta a San José, adonde Pascual, tal cual lo había soñado, me estaba esperando. Llegué al lugar, saludé respetuosamente a todos los presentes (que vestían atuendos típicos y las caras pintadas como para un ritual) y acepté la chicha como para empezar la integración. Las miradas de desconfianza se habían transformado ahora en miradas de curiosidad, aceptación, y en algunos casos adoración.


Pascual después de un rato largo de mirarme sin hablar, se me acercó, me saludo y me dijo “Lo estaba esperando, yo soñé que usted iba a venir” y yo le respondí “Yo también soñé con usted”. A partir de ahí, me esperaba un día más en San José de Morona, pero esta vez, siendo parte de los festejos, y hablando con todo aquel que me viera pasar. Era el gringo que tenía un amigo Shuar, y encima todos sabían que llevaba algo para una comunidad. Algunos celosos y otros como expresión de deseo, me preguntaban por qué Tsunki y no Miasal, Tiwintza o Pankintsa. Me invitaban a sus comunidades, me pedían mi e-mail (aunque no supieran escribirme) y mi teléfono para que los visite más adelante. Definitivamente la suerte había cambiado.



Al día siguiente, gracias al cielo, pudimos abordar la canoa que me llevaría a Tsunki. Si creyeron que las complicaciones terminaban en haber logrado aceptación, bueno, se equivocaron. Seis horas de viaje en contra de la corriente rio arriba por el Mangoziza, rio famoso por sus anacondas, no son ni cerca de lo que uno llamaría un viaje tranquilo. Para colmo de males el rio estaba bajo, la canoa tocaba las piedras muy a menudo y tuve que bajar a empujar, repito en un rio ¡¡Con Anacondas!! 3 veces... Después de 4 horas de viaje, paramos en una suerte de comedor en el medio de la selva, y fue en ese preciso momento, mientras me contaban que en ese lugar era común ver a las tan temidas serpientes, que sobre la otra orilla, vi una posada tranquilamente, mitad del cuerpo bajo el agua, mitad sobre las piedras y la cabeza semisumergida. El frio que me corrió por la espalda, al ver tan imponente bicho, de color verdoso con manchas negras bien definidas y el diámetro de un desagüe, es difícil de describir. No tragué un bocado en todo el almuerzo. Terminado el recreo continuamos marcha otras 2 horas hasta Tsunki.

La felicidad que sentí de poner un pie en tierra firme otra vez es inenarrable. Todos me recibieron maravillosamente bien, llevaba caramelos, chupetines y ropa, era como papá Noel (Y eso que todavía no había entregado los libros ni la laptop). Me presentaron a los integrantes de la comunidad y llamaron a una reunión general para el día siguiente, donde anunciaría las buenas nuevas. El resto del día, me guiaron por la selva, a una laguna de caimanes, nos bañamos en el rio, me mostraron todo lo que cultivan y me agasajaron con una comida típica a base palmitos, mandioca, plátano y gallina –que mataron delante mío- que no podía rechazar. Me pusieron al corriente de cómo habían sido las cosas desde que Juan y Laura se habían ido y cómo los extrañaban. Lo tristes que se pusieron los niños cuando ellos se fueron, y también hablamos de la minería, la deforestación y los perjuicios que estas actividades causan en comunidades como Tsunki.



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La mañana siguiente en el lugar de uso común, juntaron a todos los de la comunidad, e hicimos la entrega de la laptop y los libros. Las caras de alegría, de incredulidad cuando les contaba el largo proceso que fue conseguir estas donaciones, cuanta gente participó, con dinero, ropa, un libro, recomendando alguien que podía ayudar... tanta información no entraba en sus cabezas. Y lo más importante, tenían una nueva herramienta que les permitiría educarse de otra manera y que el mundo no se los fagocite, tenían la tan esperada laptop. Las palabras de gratitud eran interminables. Los adolescentes no podían creer que tuvieran en sus manos una computadora, los niños no podían esperar a que fuera lunes y estar usándola en el colegio. Creo que ninguno de los que participamos en este proyecto soñábamos con dejar esa marca en la vida de tanta gente, con algo que, a priori, no modifica la vida de nadie.

Los libros fueron usados el día siguiente por Celestino, maestro de la escuela, encomendándoles tarea a los niños con ellos. (Gracias Betina Pucheta por gestionar la linda donación de tantos libros y ayudar a estos nenes con una herramienta tan importante!) Era maravilloso ver a todos los pequeños Shuar con los libros recién donados yendo para sus casas. Ni hablar de las caras de alegría cuando asistí a una clase y les enseñe algunas cosas sobre computación. Tal es así, que en señal de buenos augurios y agradecer las dádivas, nos cantaron y bailaron algunas canciones típicas Shuar. Querían también regalarnos artesanías y hacer un baile típico con los atuendos que históricamente usaron los Shuar, pero el tiempo no lo permitió. De cualquier manera, fuimos (hablo en plural porque todos Uds. viajaron conmigo) invitados a tomar chicha en casi todos los hogares de la comunidad. Nadie quería que nos fuéramos, pero sabiendo que eso sucedería de cualquier forma, insistieron en que volviésemos en un futuro no tan lejano. Debo decir, que ni  la iglesia, ni los españoles que los quisieron colonizar, ni los chilenos que los quieren ahuyentar con la minería, dejaron en la vida de esta gente tanta marca como hicieron Juan y Laura. Yo fui solo el mensajero, un privilegiado en esta historia, que sin las ayudas que recibí, entre ellas la invaluable participación y apoyo de Andrés Tarruella, no hubiese llegado hasta donde llegué.



Si hoy hubiera que reescribir la historia, y reinventar próceres, creo, sin temor a exagerar, que esta travesía que Juan y Laura empezaron hace tiempo figuraría en los libros. Esto de navegar por aguas que solo los indígenas conocen, de ir sin mapa a un lugar que no conocemos en el corazón de la selva, se asemeja mucho a lo que hicieron los exploradores en siglos pasados. Si pudiera transmitirles las palabras que los Shuar me dieron para Juan y Laura podrían entender porqué sostengo que son casi próceres para ellos. Pero a su vez, después de este viaje tengo otra certeza, nosotros no ayudamos a nadie, ellos nos ayudaron a nosotros. A entender cosas que escapan de nuestro alcance, a vivir de maneras que uno jamás hubiese imaginado, a tener otra percepción del mundo, de la naturaleza y de los efectos del progreso y de la globalización. Y por sobre todas las cosas, del respeto por la vida.

Antes de despedirnos, Pascual, en una de sus visiones de Ayahuasca, vio que Juan y Laura seguirían viajando mucho más y ayudando mucho más, y que yo, tal como sucedió en este viaje iba a seguirlos en ese camino con otra gente, ya estaba o que iría subiéndome a este tren que avanza a un ritmo que no nos damos cuenta, pero es muy firme. Por eso bastó una despedida austera pero emotiva, con una simple frase: Buenos Caminos!



REPORTE FINAL: CUANDO LA COMPU LLEGÓ A LOS SHUAR (PARTE I)

Aquí les dejo la primera parte de la crónica sobre la entrega de la computadora a la comunidad shuar, narrada por nuestro cómplice Marcelo, encargada de llevarla en persona hasta ese rincón tan bello de Amazonía.


* Por Marcelo Maquez

Sabía que no iba a ser fácil. El viaje se había gestado en 15 dias, y si bien soy un buen improvisador, y contaba con el antecedente que Lau y Juan habían estado en el lugar, mis únicas referencias eran los nombres de un río y de un cacique. 

Advierto al lector entonces, que no intento hacer un relato fantástico, ni emular el realismo mágico de Garcia Márquez, solo reflejar de manera fidedigna cada momento de esta aventura que arranco en Cuenca cuando Juan y Laura, mentores de este proyecto,
exponían los contenidos del Proyecto Nómada y conocieron a Pascual, el síndico Shuar de la comunidad Tsunki. 

Desde el momento en que abordé el bus que iba desde Cuenca a Mendez, a las 6 de la mañana, me costó mucho conciliar el sueño, estaba ansioso, había demorado mas de la cuenta en llegar hasta ahí, a causa de una intoxicación que me retuvo 2 dias en Guayaquil, sumado a la responsabilidad de llevar conmigo una mochila de casi 30 kilos, llena de donaciones -libros, ropa y una laptop- que decenas de personas habían hecho realidad. Era como si mi mochila no cargara donaciones, si no personas, era muy pesada, pero a la vez agradable de cargar. 

Además de todo esto, el bus era muy incomodo, y a pesar de ser de madrugada, la bachata sonaba a todo volumen. Era realmente una proeza, sin importar el cansancio, poder pegar un ojo, pero tenía que hacerlo. Cuando me di por vencido y acepté que la música no me iba a dejar dormir, que la luz del sol que ya asomaba sumado al calor agobiante de la selva, a las butacas que no se reclinaban y al garúa que entraba por las ventanas desvencijadas de un micro arcaico, fue justo en ese momento que caí fundido. 

Desperté llegando a Mendez, había dormido tan profundamente que tenía la sensación de haber roncado. Lo mas extraño de todo habia sido el sueño. En un mundo onírico que se desarrollaba al ritmo de bachatas y ronquidos, habia soñado que me encontraba con Pascual Yampis en San Jose de Morona, que no era necesario tomar la canoa e ir Tsunki para verlo. Lo raro es que no tenía ni registro de la cara de Pascual. Solo su nombre. Pero el sueño había sido muy nítido. 

A los pocos minutos el bus llegó a Santiago de Mendez, en el corazón de la provincia de Morona Santiago, y con un paisaje selvático ya bien definido, clima muy húmedo, un calor que rajaba la tierra. Como eran las 11 de la mañana, decidí desayunar yo también, y entonces averiguar como cuernos iba a llegar a San Jose de Morona. Acostumbrado a que en Ecuador nadie sabe responder lo que preguntás o todos te dan respuestas diferentes, no fue de sorprenderme que me dieran 15 versiones diferentes de un viaje que solo tiene una ruta posible. Finalmente opte por preguntarle al chofer del bus que acababa de dejar y él me dijo: “Después del desayuno, subite que te dejo en la Ye de Patuca (una Y que bifurca los únicos dos caminos asfaltados de la provincia) y de ahi tomás el bus a Puerto Morona.”



Así fue, me llevó hasta la Ye de Patuca, pero despues de 3 horas de esperar sin resultados, un policia caminero que controlaba la carga de los camiones que por allí pasaban, me advirtió que el próximo bus a San Jose de Morona pasaría por la noche. Decidido a no esperar 4 horas sentado en el medio de la selva, bajo la inclemente lluvia tropical que parecía decidida a no darme una tregua, empecé a hacer dedo. Todos, me paraban, a todos les interesaba saber que hacia un “gringo” en un lugar donde la población son exclusivamente Shuar y Colonos y que no tienen ningun atractivo turístico, para peor, se recibe bastante mal a los forasteros. Después de 7 horas de dedo, que incluyeron cruzar un río por un puente que amenazaba con caerse a pedazos y la pelea con un taxista que me levantó y luego quiso cobrarme, llegué, a las 8 de la noche y bajo un diluvio a San Jose de Morona.
Pensé que lo más difícil habia pasado, pero ¡Qué equivocado estaba! Me esperaban muchas mas trabas hasta poder entregar la laptop y los libros…. No voy a ahondar en detalles sobre este pueblo, solo basta decir que, tal vez, sea el lugar mas feo que me haya tocado visitar en toda mi existencia. Las casas despintadas, la calle que no contaba con veredas si no con un barranco de ripio de dos metros a cada lado, y la vegetación que se tragaba todo aquello que no fuera verde, no eran para nada llamativo. Parecía la obra a medio terminar de un pintor ofuscado con la vida.  En uno de los hoteles que describí me hospedé. Me llamó la atención que para ser un pueblo tan chico, en la frontera con Perú y casi inaccesible, hubiera tanta gente en la calle. Demasiada, mucho más de lo que podrían alojar los pocos lugares habitables que San Jose ofrecía.


La llegada a este páramo no fue lo que un turista soñaría, y aunque iba advertido que me mirarían con cara rara, los 10 minutos que tardé en conseguir lugar, bastaron para ser el centro de las miradas y comentarios (que no entendería porque, a pesar de saber español, entre ellos hablaban en Shuar). Ya todo el pueblo sabía que habia un gringo dando vueltas. Me encerré en la habitación del hotel –al que le faltaban 2 de los 4 postigos de sus ventanas y los dos que estaban no tenian vidrio- Y a pesar de ser las 9 de la noche me dispuse a dormir. La mala noche anterior en el bus, mas el interminable viaje para llegar hasta este lugar, habían sido suficiente desgaste. Además me tenía que levantar a las 4 AM el dia siguiente para poder abordar la canoa que finalmente me llevaria a Tsunki.

Dormir y Morona Santiago no parecen ser compatibles, ni bien apoyé la cabeza en la almohada, empezó a sonar a todo lo que da la canción “Alejate de mi”, de Camila mientras que un locutor anunciaba a toda voz el festejo de los 20 años de parroquización de San Jose de Morona, presagiando una noche a toda fiesta y musica. Como podrán imaginar, en un lugar de 300 metros no hay donde escapar del ruido, asi que me entregue a los festejos. Bah, los vi desde mi ventana, porque cuando intenté entrar a la fiesta no me dejaron por no ser Shuar. 

Cuando pensé que no podría escuchar ni un solo tema más de reggaeton o de bachata, miré el reloj y eran las 4:10 AM, agarré mi mochila y emprendí la marcha de media hora por la ruta, en la mas profunda oscuridad con la compañia de todos los ruidos de la selva, hacia puerto Keshpaim, donde tomaría la canoa. Uso bien el condicional tomaría, porque San Jose de Morona tenia preparado mas disgustos para mi...